«La mujer del César, además de serlo…» el origen de una frase mítica.

«Mulier Caesaris non fit suspecta etiam suspicione vacare debet»

«La mujer del César no solo debe serlo, sino también parecerlo». Una de las sentencias atribuidas a Julio César que ha llegado hasta nuestros días con diversas modificaciones y que no siempre usamos con corrección.

Tradicionalmente, se cita a Plutarco como el encargado de transcribir y legar la frase a la posteridad en su obra «Vidas Paralelas» (Julio César 50. 125), pero existen otras versiones y además anteriores al sabio de Queronea.

Estudiemos brevemente el contexto:

En Roma existía una creencia cargada de secretismo y profesada únicamente por las mujeres, el culto a la «Bona Dea». Estaba estrechamente relacionado con las cosechas y la fecundidad, y era tan secreto, que prácticamente todo lo que sabemos sobre él, se lo debemos a este episodio. Se celebraban dos fiestas en su honor, una en abril, con el inicio de la primavera, en la que se solemnizaba el renacer de la diosa; y otra en diciembre, donde la Bona Dea era enterrada para esperar su resurrección. En estas dos fiestas, cargadas de alcohol y cierta depravación, no podía haber presencia masculina. Ni siquiera esclavos, cuadros en las paredes o mosaicos donde se representasen hombres. Era una fiesta exclusivamente femenina a todos los niveles. Cicerón —uno de los autores que se hace eco de esta historia—, cuenta que para la celebración de la Bona Dea hacía venir desde la frontera norte de Roma un escuadrón de guerreras germanas para servir de escolta a su mujer.

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Con este nivel de respeto y misticismo, no es difícil imaginar que la irrupción de un hombre —disfrazado de mujer—, en esta celebración, fue todo un escándalo en Roma. El iluminado fue Publio Claudio Pulcro (92-42 a.n.e.), que más adelante se haría adoptar por la rama plebeya de su familia y pasaría a ser «Clodio» en vez de «Claudio». El tal Publio no solo consiguió colarse en la celebración haciéndose pasar por tañedora de lira, es que, además, fue sorprendido in fraganti manteniendo relaciones sexuales con Pompeya Sila, la segunda esposa de Julio César.

Aquella profanación, además de los hechos que nos ocupan, tuvo dolorosas consecuencias: la supersticiosa Roma dio por seguro que todas las mujeres embarazadas tendrían que abortar, pues el fruto de sus vientres serían serpientes en vez de niños. Para ello, las embarazadas consumieron centeno crudo durante tres días. No es el propio centeno, sino su parásito, el clavíceps purpúrea, el que provoca el aborto. La sociedad romana no conocía al parásito, pero sí que el consumo de centeno crudo tenía devastadoras consecuencias para el feto. Además se prohibió el consumo de los frutos de todos los árboles de la ciudad, que se convertirían en venenosos; se dio por hecho que las cosechas del año siguiente serían catastróficas y se debieron cambiar todos los días festivos del calendario durante medio año.

Publio Claudio fue acusado de impiedad y traición al estado por estos hechos, aunque en un juicio cargado de falsos testimonios y sobornos, salió absuelto.

Pero volvamos con Julio César y su adúltera esposa. A la mañana siguiente de producirse el incidente —parece que César no quiso irrumpir en la fiesta inmediatamente por no provocar una segunda presencia masculina en los ritos de la Bona Dea—, Pompeya Sila fue inmediatamente repudiada por su esposo. Este proceso era sencillo, bastaba la frase «Tuas res tibi habeto et vade», literalmente: Coge tus cosas y vete. Y aquí viene la primera versión de la famosa frase; Aurelia, la madre de César, advirtió a su hijo sobre lo inoportuno de divorciarse de la nieta del difunto dictador Sila e hija adoptiva de Mamerco, que por aquellos tiempos ostentaba un cargo parecido a presidente del senado. En definitiva, era una mujer perteneciente a una poderosa familia cargada de ancestros ilustres y Aurelia consideraba que divorciarse de ella podría ser peligroso para los intereses de su hijo. Una vez expuestos estos argumentos, César hubiese contestado a su madre: «La mujer del César además de serlo, tiene que parecerlo». Dando a entender que la chica podría ser enormemente noble y tener una magnifica alcurnia, pero no era esa la imagen que había ofrecido de sí misma y por lo tanto no era digna de seguir siendo su esposa.

La segunda versión de esta historia está íntimamente relacionada con los mismos hechos y la profanación a la Bona Dea. Con el divorcio de César, se habría hecho más que pública su relación con Servilia Cepionis, su amante de toda la vida y madre del Bruto que acabaría hundiendo su daga en el cuerpo del dictador en los Idus de Marzo del año 44.

Se desconoce en qué momento comenzaron a ser amantes, pero Servilia habría permanecido casada con dos hombres durante esta relación, primero con el padre del mencionado Bruto y después con Silano. La relación adúltera era más o menos pública, pero acabó de confirmarse cuando César recibió una notita amorosa de su amante en plena reunión senatorial y Catón, su enemigo político —¡y hermano de Servilia!—, le exigió que la leyese en voz alta al creer que formaba parte de una conspiración contra Roma. César no leyó la nota, se la tendió a Catón para que la leyese el mismo. Hay varias versiones sobre su contenido, pero en todas ellas se habla de una insinuación sexual explicita de Servilia hacia Julio César. El ridículo de Catón fue histórico pero hubo otro daño colateral, y es que el propio Silano también estaba presente y sufrió la humillación pública de saberse engañado por su esposa ante 400 testigos y varios escribas oficiales levantando acta. A partir de este episodio, Silano vivió apenas un año más. Falleció en los primeros compases del año 61 a.n.e. La profanación de la Bona Dea acababa de producirse y Publio Claudio aún no había sido juzgado, pero de un plumazo, los dos amantes se encontraron él soltero y ella viuda. Para Servilia, la ocasión perfecta para casarse al fin con su amor de toda la vida. Cuando planteó la cuestión, la respuesta de César habría sido: «La mujer del César además de serlo, tiene que parecerlo». Dando a entender que no podía tomar nupcias con una mujer que había sido adúltera y toda Roma era consciente de su infidelidad. A pesar de que el centro de ese adulterio era precisamente el propio Julio César. Ni que decir tiene que Servilia no se lo tomó muy bien.

Ambas versiones de la historia son plausibles y no necesariamente excluyentes, aunque lo normal es que César no usase la frase en las dos ocasiones. En cualquier caso, la sentencia fue pronunciada en la intimidad, con pocos testigos y ningún cronista oficial presente, por lo que no podemos corroborar su autenticidad en ninguno de los dos casos.

By | 2018-07-15T08:33:12+00:00 julio 15th, 2018|Perlas|0 Comments

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