La imperfecta República perfecta.

La imperfecta República perfecta.

Roma fue fundada como una monarquía. Era la forma más común de gobierno, pero no nos dejemos engañar por los dulcificados relatos mitológicos. En los primeros años, el poder se alcanzaba mediante el uso de la fuerza y tras el consiguiente asesinato del predecesor. La comunidad que se instaló y comenzó a medrar dentro de las siete colinas, estaba compuesta por delincuentes, ex convictos, esclavos fugados o libertos indeseables. En algún momento esta sociedad consiguió cierta preeminencia bélica en su área de influencia y se jerarquizó en torno a reyes. El primero de ellos fue Rómulo que, sin ir más lejos, asesinó a su hermano para perpetuarse en el cargo.

Curiosamente, fue esta monarquía violenta e inestable la que sentó las bases de la posterior República. Rómulo fundó el senado como órgano consultivo. Una institución que fue ganando importancia, hasta hacerse completamente con el poder tras la expulsión de Tarquinio «el soberbio» en el año 509 antes de nuestra era.

El senado se convirtió en la base de la República y llegó a conseguir un funcionamiento sorprendentemente efectivo, contrapesado con la otra gran institución romana; la asamblea de la plebe.

La imperfecta República perfecta. Breve historia de 500 años de política romana con lecciones que deberíamos aprender en la actualidad. Clic para tuitear

El número de senadores varió a lo largo de la historia entre los 100 y los 700 miembros. Casi siempre escogidos entre la oligarquía romana, aunque también se podía acceder a él mediante determinados sacerdocios o por méritos militares. La diferencia más importante con respecto a la política moderna era la ausencia de partidos políticos, al menos hasta sus últimos años.

La política romana era individualista. Había alianzas, corrientes ideológicas, apoyos familiares y multitud de intereses cruzados, pero aquellos hombres que se presentaban a las elecciones, lo hacían en representación de sí mismos; en ningún caso eran la cabeza visible de un grupo más o menos homogéneo con ideas preconcebidas. Por lo tanto, el éxito político era personal, nunca colectivo. Esta forma de entender la política obligaba a un dialogo continuo en el senado y a debates concienzudos cuando se quería sacar una medida adelante. No había mayorías organizadas, por lo que se hacía imprescindible el consenso, la negociación y la capacidad de cesión desde las posturas iniciales.

La máxima magistratura romana era el cónsul, que era un cargo electo con una duración de un año, y además colegiado. Se elegían dos cada año, lo que ofrecía pocas posibilidades de aferrarse al poder. Hubo diferentes limitaciones para volver a presentarse al cargo, por lo que la mayoría de cónsules, tan solo lograron esta magistratura una vez en su vida. Hay excepciones, como Cayo Mario, que fue cónsul siete veces; o Fabio Máximo, cinco veces cónsul.

La república contaba con un puñado de cargos relevantes para situaciones específicas que pueden resultar curiosos:

—Príncipe del senado: empecemos por aclarar que “príncipe” viene de “primero”, no tiene nada que ver con la realeza. Este cargo se correspondería con la presidencia del congreso actual. Se encargaba de los turnos de palabra, de certificar las votaciones o de la fidedignas de las actas. No era un cargo exactamente electo, pues se accedía a él siendo el más preeminente entre los miembros del senado, tras estudiar sus logros, cargos ostentados y la rectitud moral de su carrera.

—Interrex: en caso de fallecimiento o deposición de los cónsules, esta figura se convertía en la máxima autoridad de la República, aunque con la única misión de convocar elecciones. Además, tenían vetado el acceso a la carrera electoral, por lo que no podían aprovecharse de su momentáneo poder.

—Dictador: seguramente la magistratura peor interpretada debido al significado actual del término. El dictador era un senador democráticamente elegido por sus iguales para resolver una crisis. Estaba por encima de la ley, sus decisiones y leyes no eran debatidas y no podían ser sancionadas tras su mandato, aunque sí derogadas. El nombramiento tenía una duración de seis meses, periodo tras el cual devolvía el poder al senado. Con este cargo también hay excepciones; Lucio Cornelio Sila fue nombrado dictador por dos años y a Julio César se le concedió el honor de forma vitalicia unas semanas antes de su asesinato. César ya había sido dictador antes en varias ocasiones, la primera de ellas tan solo durante once días.

Este sistema, aunque ciertamente oligárquico y manchado por un exceso de belicismo y la esclavitud, funcionó durante 500 años. Fue precisamente la organización de los senadores en torno a los primeros partidos políticos lo que acabó con la institución. En torno al año 70 a.n.e. la cámara sufrió una fuerte polarización entre conservadores y reformistas. No fue un proceso inmediato, sino más bien una lenta transformación que acabó desembocando en dos facciones: los «optimates», los más conservadores; y la extraña amalgama de intereses que arrastraban y acabaron liderando los miembros del Primer Triunvirato; Julio César, Pompeyo y Craso. La alianza entre estos tres hombres comenzó siendo secreta, muy al contrario que la facción optimate, que se jactaba de votar como un solo hombre. La polarización política provocada por la irrupción de los partidos, acabó provocando una guerra civil. Para ello tuvieron que desaparecer hombres moderados como Hortensio y Craso, entrar en escena peligrosos populistas radicales como Publio Clodio y Catón “el joven”; y darse un buen número de cambios de bando, como los casos de Cicerón y el propio Pompeyo. La guerra acabó ganándola unos de los hombres que siempre había abogado por la República, intentando renovarla, mejorarla y defendiendo sus virtudes: Julio César. Sin embargo, algo cambió en él cuando accedió al poder y sus últimos meses de mandato no hicieron más que sentar las bases de lo que sería el Imperio.

Son muy pocas las ocasiones en la historia en las que un cambio tan profundo tiene fecha —y casi hora— de partida. Pero sí que ocurre en el caso del fin de la República y comienzo del Imperio. El 27 de noviembre del año 43 a.n.e. el senado promulgó la Lex Titia, por la que renunciaba a la mayoría de sus prerrogativas en favor de la alianza formada por Octavio, Marco Antonio y Lépido, el conocido como Segundo Triunvirato. Tras este día, el senado jamás volvió a recuperar el poder y acabó uno de los imperfectos periodos democráticos más perfectos de la historia.

 

 

 

By | 2018-12-23T11:23:00+00:00 diciembre 23rd, 2018|Perlas|0 Comments

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