Expediente Dèverov. Parte IV.

Expediente Dèverov.

Jose Barroso.

Parte IV

…Cocaína.

 

 

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Expediente Dèverov ©
Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

 

 

 

«Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier

 lugar en el que te encuentres».

Sun Tzu.

El Arte de la Guerra.

 

 

 

 

El despacho quedó en un tenso silencio con dos únicos ocupantes.

—Cuando Bush[1] ocupaba este despacho, no faltaba un buen whisky de malta en esos cajones, hijo —dijo Howard Gordon cuando se quedaron solos, señalando con la mirada a los cajones del escritorio del director Tom Ramírez.

Éste miraba la pantalla de su ordenador buscando la señal del circuito cerrado de televisión instalado en la habitación que ahora ocupaba la vicepresidenta Fain.

El director Ramírez necesitó aún unos segundos para responder a Howard Gordon.

Whisky…, sí. Claro. Algo puedo ofrecerle —dijo sin dejar de mirar la pantalla.

Abrió el cajón inferior de su escritorio, el destinado a contener carpetas de forma vertical, y sacó una botella de Glenrothes de veinte años de la que se había consumido algo menos de la mitad, junto con dos vasos bajos de un finísimo cristal.

Ramírez apartó al fin la mirada de la pantalla para servir el destilado escocés de malta. Algo más de un dedo en cada vaso.

Tomó el suyo con la intención de calentarlo entre sus manos y dejar que el whisky destilase su aroma antes de beberlo, pero cuando aún no había podido acercárselo al olfato, Howard ya había consumido el contenido de su vaso de un solo trago y volvía a tendérselo con la intención de que volviese a servirle.

Ramírez soltó su vaso con expresión incómoda en el rostro y sirvió una segunda copa al veterano espía. Este, por segunda vez, ingirió el líquido dorado de un solo trago y sin la más mínima ceremonia.

—Se supone que hay que degustarlo, señor Gordon —dijo el director Ramírez sin ocultar su incomodidad.

Howard Gordon evitó la mirada del director Ramírez al entender que su impaciencia alcohólica le había delatado.

Ramírez volvió su mirada de nuevo hacia su monitor donde podía ver a la vicepresidenta Fain hablando por teléfono.

La habitación contigua estaba pensada para alojar visitas más o menos ilustres y que estuviesen cómodas. Al entrar la vicepresidenta Fain pudo ver que sólo carecía de un sofá la pared que albergaba la puerta de acceso. Las otras tres tenían cómodos sillones en tonos rosáceos, que podían albergar hasta a catorce personas si se retiraban los abundantes cojines. Las paredes eran beige y cada una de ellas estaba decorada con un cuadro abstracto perteneciente a una misma serie y donde la pintura, en tonos rojizos y anaranjados, parecía haber sido administrada directamente con las manos del artista. Una mesa baja de madera ocre alargada y la interminable moqueta gris, completaban el escenario.

Fain llamó por teléfono a su asistente para que le subiese la maleta con mudas de ropa que llevaba en el coche. Habló con su ayudante sin perder la calma y supo que tendría unos minutos mientras pasaba todos los controles de seguridad del edificio.

Anna Fain, tomó asiento en el sillón más grande de la sala y que estaba directamente enfrentado a la puerta. Volvió a levantarse casi instantáneamente con cierto nerviosismo. Movió la mesa central de sitio, miró a su alrededor unos instantes y tomó con las dos manos uno de aquellos cojines rosados. Lo miró fijamente durante unos segundos y se lo pegó a la cara con todas sus fuerzas para poder ahogar un grito en él. Tuvo el cojín pegado a la cara unos veinte segundos y cualquier persona que hubiese estado presente apenas hubiese oído un maullido. Pero Anna Fain gritó con todas sus fuerzas y al despegar el mullido cojín de su cara, pudo observar que había transferido a la tela parte de su maquillaje. Las lágrimas le caían por la mejilla y su siempre perfecto flequillo, aparecía ahora pegado a su frente por el sudor.

 

Cruza todas las lineas rojas, rompe las reglas, ignora la ley..., y podrás llamarte espía. Lo contrario es ser un boy-scout. Expediente Déverov. Una novela por entregas, de Jose Barroso. Clic para tuitear

 

—No soy un cupo en el Gobierno —se dijo en voz alta.

«¿Amas de casa cincuentonas?», se preguntó antes de llevar de nuevo el cojín a su cara y ahogar un segundo grito.

En ese momento llamaron a la puerta. Fain pensó que debía ser su asistente con la maleta y la muda. Tiró el cojín contra un sofá, se colocó el flequillo, respiró hondo y se dirigió a la puerta para abrirla. Como había supuesto, era su ayudante.

La chica la miró algo extrañada al ver su aspecto, pero no se atrevió a preguntar. Le facilitó la maleta que había pedido y se mantuvo de pie y en silencio esperando nuevas instrucciones.

El director Tom Ramírez observaba la escena muda en la pantalla de su ordenador. Pudo ver como de repente, la vicepresidenta Fain, recuperaba la compostura, se colocaba el pelo y se levantaba para abrir la puerta. Una desconocida accedía a la estancia y tras unos instantes de cierta tensión, ambas se ponían a charlar entre sonrisas.

Ramírez probó por primera vez su whisky en un diminuto y fugaz sorbo. Ya tenía el olor incrustado en el paladar antes de que el líquido llenase su boca, pero no lo estaba disfrutando lo más mínimo. El nerviosismo evidente de la vicepresidenta le afectaba igual o más a él mismo.

Puso la botella a salvo de Gordon de nuevo en su cajón y aprovechó para coger disimuladamente un frasco anaranjado. Ramírez sabía que no debía abusar del diazepam y mucho menos ingerirlo junto con alcohol, pero se llevó el frasco al bolsillo de su pantalón y se disculpó con Howard para ir al baño. Para el trayecto se llevó el vaso con el whisky a medio consumir.

Una vez frente al espejo de su baño privado, Tom Ramírez extrajo dos pastillas blanquecinas con forma de rombo, las introdujo en la boca y las acomodó en el punto más cercano a su garganta que le fue posible. Al igual que había hecho Howard instantes antes, apuró el contenido de su copa de un solo trago para arrastrar el fármaco.

El conjunto atravesó con cierta dificultad su garganta y Ramírez necesitó medio vaso de agua para ayudar al proceso.

—El señor es mi pastor y nada me falta. En verdes praderas me hace descansar —se dijo en voz alta a modo de letanía aletargante.

Se miró al espejo, colocó el nudo de su corbata y respiró hondo. La imagen de la CIA y su propia gestión podían saltar por los aires con aquella situación. Ramírez era consciente de que la decisión que se tomase con respecto a Dèverov marcaría el resto de su carrera. Apoyó los puños sobre el lavabo y miró fijamente el reflejo de sus propios ojos en el espejo. Tras unos instantes, volvió a su despacho.

Howard Gordon golpeteaba la mesa del director Ramírez con sus uñas de forma nerviosa sin terminar de fijar la mirada en ninguna parte, hasta que vio al director de la CIA volver a la estancia.

Ramírez se dirigió directamente a su mesa, echó un vistazo a su monitor y volvió a sacar la botella de Glenrothes y a servir sendas copas con un ojo puesto en la vicepresidenta Fain, que se estaba cambiando la blusa.

Howard volvió a consumir el whisky de un solo trago y dejó el vaso con cierto desprecio sobre la mesa, evitando cruzar la mirada con el director Ramírez.

Alex Hilfiger y la agente Richardson habían compartido un silencioso ascensor hasta la tercera planta. Dana llevaba el voluminoso expediente HG307 en sus manos y, aunque durante el trayecto hasta su despacho no lo estaba leyendo, seguía ensimismada en él. Seguía dando vueltas a aquella historia e intentaba comprender las razones de Dèverov, sumando al puzle la historia que les venía contando Howard Gordon.

Nada más salir del ascensor se separaron. La agente Richardson salió de su ensimismamiento al recordar el estado en que estaba su escritorio. Hilfiger se dirigió al baño más próximo a su propio despacho.

Una vez allí, se aseguró de estar solo en la estancia abriendo una por una todas las puertas de los aseos situados frente a la línea de lavabos. Eligió el que le pareció el más limpio de ellos, se encerró en él y rebuscó en el bolsillo destinado a las monedas de su pantalón. Extrajo un pequeño frasco transparente con un tapón de rosca rojo, que contenía polvo y pequeñas piedras blancas. Lo abrió y deposito con cuidado parte de su contenido sobre su billetera de la que previamente había obtenido una tarjeta de crédito y un billete de cincuenta.

La usó para machacar las pequeñas piedras hasta que todo lo que había sobre la billetera era polvo. Limpió la tarjeta cuidándose de que el contenido cayese también sobre la cartera y terminó el proceso dibujando una línea fina y alargada con aquel polvo blanco.

Con la metodología bien estudiada y la pericia que da la experiencia, enrolló el billete con una sola mano, se llevó uno de sus extremos a la nariz y esnifó la cocaína con un movimiento rápido.

Instintivamente echó la cabeza hacia atrás y se frotó la nariz para minimizar el picor interno.

Desenrolló el billete, pasó el filo de la tarjeta por su lengua, sacudió la cartera, enroscó el tapón del frasquito y lo dejó todo en su lugar antes de salir del aseo. Justo en ese instante otro empleado de la agencia accedía al baño. Hilfiger le saludó con un movimiento de cabeza y se dirigió a un lavabo para lavarse la cara mientras seguía frotándose la nariz con cierta incomodidad.

Comprobó en el espejo que sus orificios nasales estaban limpios y se encaminó al despacho de la agente Richardson con la habitual sonrisa en su boca dormida.

La analista había descansado, al fin, tras recoger su escritorio y devolver al bolso todo su contenido. Pero rápidamente lo había dejado sobre una de las sillas para visitantes y había vuelto al expediente Dèverov.

Dana veía la posibilidad de un ascenso y de salir de aquel despacho si era capaz de interpretar de forma certera aquella situación. Distraídamente se había situado frente a las ventanas y continuaba leyendo con la máxima concentración cuando Hilfiger llamó a la puerta y accedió a la habitación sin esperar a ser invitado.

El veterano agente responsable de operaciones especiales de la CIA volvió a nombrar la distribución de los muebles mientras giraba la cabeza de un lado a otro.

—Curiosa distribución, agente Richardson.

Dana dudó unos instantes antes de acometer la explicación.

—No quería que desde el exterior pudiese verse el monitor —dijo perdiendo fuerza en su voz a medida que avanzaba la frase.

—No se ve a través de dos cristales polarizados —contestó Hilfiger con su seguridad habitual y acabando la frase con una sonrisa.

—¿Polarizados? —alcanzó a decir la agente Richardson como única respuesta.

—Si. La pantalla está polarizada y la ventana también. No puede verse a través de ellas. Olvide las tonterías de la academia, Dana.

—Pero… ¿el despacho del director Ramírez? —preguntó confusa.

—El despacho de Ramírez es un bunker con muros de hormigón de un metro de ancho que a su vez protege los servidores internos de la CIA que están justo debajo de él. Esa sala soportaría el impacto directo de un misil. No se ponen ventanas en un sitio así.

Dana Richardson apartó la mirada de su interlocutor al tiempo que notaba como se sonrojaba sin remedio.

Volvió a mirar por la ventana, hacia la puerta, a su camisa y al fin puso los ojos sobre el expediente que tenía en las manos.

—¿Por qué HG307? —dijo cuando encontró por fin un motivo con el que cambiar de tema.

—HG. Es el símbolo químico del mercurio —contestó Hilfiger sonriente.

—Lo sé —dijo ella asintiendo con la cabeza para reforzar lo evidente.

—En la mitología romana, Mercurio es el mensajero de los dioses.

Dama enarcó una ceja y ladeó levemente la cabeza sin comprender.

—Cuando se creó este programa, hace cincuenta años, alguien esperaba que estos agentes nos trajesen importantes mensajes —explicó Hilfiger al fin.

—Y nosotros somos los dioses —dijo la agente Richardson con tono sarcástico.

—Eso parece —sentenció Hilfiger permitiendo que se hiciese el silencio.

La agente Richardson volvió a abrir el expediente Dèverov por cualquier página y fijo los ojos en él.

—Debemos volver al despacho de Ramírez —la interrumpió Hilfiger—; deben estar esperándonos.

Ambos volvieron al pasillo y de ahí al ascensor. Como Hilfiger anticipó, fueron los últimos en volver al despacho del director Ramírez.

Howard Gordon estaba recostado sobre su butaca y mirando al techo, como si intentase dormir.

La vicepresidenta Fain estaba concentrada de nuevo en sus papeles. Dana Richardson observó que había cambiado su camisa lila por una blusa de color blanco crudo de seda abotonada a la espalda y con un gran lazo en el cuello.

El director Ramírez, el único que pareció reparar en ellos al acceder a su despacho, les recibió con una excesiva sonrisa y les invitó a sentarse señalando sus anteriores posiciones con cierta pesadez en su brazo derecho.

Mandaron colocar sendas mesas auxiliares delante de los sitios ocupados por la agente Richardson, Alex Hilfiger y Howard Gordon. Sobre cada una de ellas, una ensalada en bol de plástico aún precintado y unos sándwiches de sabores variados.

—Disculpen el menú. El comedor ya estaba cerrado, han recurrido a las máquinas expendedoras —se excusó el director Ramírez.

—Yo no tengo hambre —dijo Hilfiger apartando la mesa auxiliar a un lado.

Dana abrió la ensalada mientras Howard Gordon rebuscaba entre los sándwiches algún sabor reconocible. Tras descartar varias opciones y farfullar algo ininteligible, se decidió por un sándwich de cangrejo. Abrió, no sin dificultad, el precinto del alimento y se lo llevó a la boca.

La vicepresidenta Fain ni siquiera miró la comida que tenía delante. Siguió con la cabeza agachada sobre sus papeles unos instantes más hasta que pareció acabar lo que estaba haciendo y suspiró profundamente. Levantó la cabeza, miró uno por uno a sus acompañantes en aquel despacho hasta llegar a la figura de Gordon. Negó levemente con la cabeza y se decidió a continuar.

—Bien, Howard, ¿cuándo volvió a ver a Dèverov? —preguntó ignorando la pausa pactada para comer.

 

 

 

 

 

Praga. Antigua Checoslovaquia.

Principios de 1992.

 

Dimitri Dèverov había sido nombrado agregado militar de la embajada rusa en Checoslovaquia casi al mismo tiempo que Howard Gordon era enviado a Europa como máximo responsable de la CIA para el bloque de Europa del Este.

Rusia había ejercido una enorme influencia en la región, pero las diferencias culturales, el desmoronamiento del gobierno de Gorbachov, las intrigas internas y el aperturismo capitalista, estaban dando como resultados la pérdida de toda aquella influencia y la creación de nuevos estados. Estos países querían huir del yugo ruso y abrirse a la Europa occidental capitalista y a Estados Unidos. Y allí estaba la CIA para ayudar a cualquiera que renegase de su pasado soviético.

Ambos agentes habían intentado verse hasta en tres ocasiones en la capital checoslovaca, pero Dèverov había terminado por anular las reuniones o simplemente no había aparecido. En aquella fría tarde de enero tenía lugar el cuarto intento de verse y el primero que proponían al aire libre y en un lugar público.

Howard Gordon atravesó el puente de Carlos sobre el Moldava y empezó a ascender por las empinadas calles adoquinadas de la ciudad vieja, con dirección a la imponente catedral gótica de San Vito. El edificio dominaba toda la subida y su piedra negruzca contrastaba con los remates de cobre de su torre principal, a los que la oxidación confería una pátina verdosa. Howard rodeó el edificio sin acceder a él y se situó en la entrada sur, frente a la puerta dorada. Desde allí comenzó a escudriñar la espectacular fachada, sus adornos y remates. En opinión de Howard, el edificio era espectacular de principio a fin y suponía la guinda perfecta para la ciudad centroeuropea. Tras su tránsito alrededor de la catedral, accedió al impresionante edificio distraídamente.

Sus ojos estaban con San Vito, pero sus pensamientos seguían con Dèverov y no olvidó ni por un instante las dificultades que estaba sufriendo para verle y sus fallidas reuniones anteriores.

La elección del lugar y la hora de aquel encuentro le habían sorprendido. Howard prefería la comodidad de su hotel o el calor de una embajada. Ambos eran diplomáticos, al menos de cara al resto de la delegación, y un encuentro entre ellos no tenía por qué hacer sospechar a nadie. Pero Dèverov le citó en la calle y no ofreció posibilidad de negociación alguna. Llamó por teléfono desde una cabina a la recepción de su hotel, pidió que le pasaran con la habitación, le espetó el lugar y la hora sin ni siquiera saludarle y colgó el auricular sin esperar respuesta.

Ensimismado en sus pensamientos y con la mirada entretenida en el juicio final representado en uno de los mosaicos de la catedral, Howard Gordon no vio llegar a otro distraído viandante que se situó tras de sí, forzando su cuello para admirar la parte superior de la espectacular vidriera.

—Hola, Howard —dijo con toda tranquilidad sin bajar la mirada.

Gordon se dio la vuelta y dedicó media sonrisa al hombre de treinta y nueve años que tenía frente a sí. Dèverov comenzaba a acusar entradas en su frente, y sus ojos claros y sus gestos en general se habían endurecido. Había perdido completamente aquella imagen infantil que le facilitó la infiltración veinte años atrás. Vestía traje azul con chaqueta cruzada, camisa blanca y corbata celeste bajo una gabardina beige.

Para Dèverov, Howard apenas había cambiado. El agregado de la CIA mantenía su cabellera rojiza, una buena forma física y aquellas permanentes gafas de sol anaranjadas.

—Michael… —dijo Howard Gordon casi en su susurro sorprendido por la ausencia del niño al que recordaba.

—No debes llamarme así.

Howard Gordon asintió con la cabeza.

—Caminemos —dijo Dèverov dirigiendo ya sus pasos al exterior de la catedral de San Vito, aunque sin dejar de fijarse en cada una de sus espectaculares vidrieras.

—Ha sido difícil verte, hijo —inició la conversación Howard Gordon.

—Es complicado. Tengo algo dentro, Howard.

—¿Dentro? —preguntó Gordon sin comprender.

—A muchos militares y diplomáticos nos han instalado una especie de radio bajo la piel.

—¿Una radio? —preguntó el veterano agente sin salir de su asombro.

—Es un localizador. Transmite una señal de dónde estoy que recoge un satélite. —Dèverov se remangó la gabardina, la chaqueta y la camisa para mostrar una cicatriz de algo más de un centímetro en el antebrazo.

Howard Gordon se quedó mirando aquella pequeña marca con una ceja enarcada.

—No me atreví a ir a tu hotel y no podía entrar en vuestra embajada —explicó Dèverov.

—Hiciste bien —contestó Gordon sin dejar de mirar el brazo de su pupilo.

Los dos hombres caminaron unos instantes en silencio sin saber muy bien qué decir. Sus distraídos pasos les condujeron a la calle donde había vivido Kafka. Una súbita explosión de color que, en opinión de Howard, parecía sacada de un cuento para niños.

—Está sobrevalorado —dijo Dèverov.

—¿Kafka?

—Sí. Es un pobre hombre que contó cómo las mujeres no le hacían caso. Solo otros hombres sin éxito con las mujeres valoran su obra —opinó Dèverov.

Howard Gordon se quedó mirando a su protegido fijamente. Aquel chico apocado de la Academia Militar de Nueva York, al que tuvo que salvar la vida en Afganistán, había dado paso a un hombre duro y con sus propias opiniones. Howard no esperaba al hombre que tenía delante. En su mente, Dèverov debía seguir siendo aquel niño y la realidad era que casi no reconocía a Michael Adams.

—Bien, Howard. Corremos riesgos estando juntos, ¿para qué me has hecho venir?

Gordon sabía que tenía razón y no dilató más lo que debía contarle.

—Debemos dar otro empujón a tu carrera, hijo. Lo que voy a contarte es un secreto al alcance de unas pocas personas en la Administración Bush. Queremos que tú lo filtres al gobierno ruso y te lleves el mérito de evitar el desastre.

—¿Qué tramáis? —preguntó Dèverov muy serio.

—Vamos a meterle unos Tomahawk[2] por el culo a Sadam y debes evitar que los intereses rusos en Irak se vean perjudicados.

—¿Vais a bombardear Bagdad?

—Más bien pronto que tarde. No pudimos entrar hasta la cocina durante la guerra del golfo por miedo a las armas químicas, pero tampoco queremos dejarlo estar. El presidente Bush quiere acabar con la amenaza y ya estamos identificando objetivos.

—Las armas químicas…, pudisteis acabar con Hussein, con la guerra y esas armas, pero os retirasteis a las puertas de Bagdad —dijo Dèverov dando muestras de que no entendía aquella retirada.

—Hijo, perdimos la guerra en Camboya, en Vietnam y en Corea. No podíamos arriesgarnos a ser gaseados, dejar cien mil cadáveres americanos en las calles de Bagdad y tener que salir otra vez corriendo con el rabo entre las piernas.

Dèverov bajó la mirada al suelo y sonrió con cierto desdén.

—Solo los supervivientes pueden considerarse vencedores de una guerra —dijo el infiltrado sin mirar a Howard Gordon.

Los dos hombres apartaron incómodos sus miradas el uno del otro mientras continuaban caminando.

—¿Qué objetivos vais a atacar? —preguntó Dèverov tras un tenso silencio.

—Cualquier sitio donde pueda estar Hussein o que pueda molestarle. El problema es que hay intereses de empresas rusas, sobre todo petrolíferas y queremos que salgáis de allí antes.

—Entiendo, pero ¿vais a lanzar un ataque sin más?, ¿sin provocación previa?

—Ya trabajamos en una excusa. Vamos a montar un falso atentado contra Bush, pero eso no es lo importante. Lo importante es que salgáis de allí gracias a la información que tu suministrarás.

Dèverov asintió con la cabeza mientras seguían caminando distraídamente, dejaban atrás la zona de San Vito y comenzaban a descender la ciudad vieja.

Llegaron a un mirador desde el que se veía gran parte de la ciudad surcada por el Moldava. Howard sacó una purera del bolsillo interior de su americana y ofreció un Cohíba de contrabando a Dèverov.

—Es un bonito país —dijo Howard mirando al horizonte mientras dejaba salir de su boca el aroma del tabaco.

—Lástima que vaya a hacerse pedazos —reflexionó Dèverov.

—¿Qué tenéis sobre eso? —preguntó Gordon interesado.

—Que sepamos, es la primera vez que la parte pobre de un país pide independizarse de la rica. Eslovaquia se convertirá en un país muy pronto y nuestros informantes nos aseguran que no se disparará un solo tiro. ¿Y vosotros?

—Lo mismo. Chequia le dirá adiós con un pañuelo de terciopelo y no precisamente enjugado en lágrimas. Ambas partes están de acuerdo en separarse.

—No todo se arregla con Tomahawk, Howard —dijo Dèverov sonriendo y entre cierta tos por haber aspirado demasiado humo de su puro.

Gordon expiró aire a modo de suave carcajada y miró fijamente a su pupilo.

—A veces encuentras tu destino en el camino que tomas para evitarlo, Dimitri. La guerra es necesaria para mantener el orden y, de paso, para que los mapas se queden como están.

—Ese es el problema, Howard —comenzó Dèverov mirando fijamente a su superior—, un mapa es un dibujo, no un territorio. Deberíais dejar que sus habitantes decidan quién quiere que les gobierne.

—Hijo, ¿te han lavado el cerebro en el Ejército Rojo? —dijo Howard Gordon exagerando el tono de la pregunta y utilizando todo su sarcasmo.

Dèverov no contestó. Se limitó a sonreír con toda amabilidad y a volver a aspirar su cigarro mientras retomaba el camino de espaldas a la catedral. Howard le siguió inmediatamente, también con una sonrisa dibujada en el rostro. Necesitó algunos pasos arrastrando su cojera para ponerse a la altura de Dèverov y echarle el brazo por encima del hombro.

—Estás haciendo un gran trabajo, hijo. Si usas bien la información que te he contado hoy, conseguirás que te den acceso a la Duma.

—La Duma…, pensaba que queríais un militar, no un político —dijo Dèverov.

—Queremos influencia. Nos parece el siguiente paso lógico.

Dèverov asintió con la cabeza.

—Además ya te toca disfrutar un poco de tu misión. Cambiarás los cuarteles y las embajadas por un cómodo escaño forrado de piel en el parlamento —apostilló Howard.

Ambos volvieron al silencio intenso y ciertamente incómodo y a concentrarse en sus habanos. Se cruzaron con una pareja de turistas que se regalaba arrumacos y con un anciano jornalero praguense.  Cargaba sobre su espalda encorvada una importante cantidad de leña atada con una áspera y deshilachada cuerda.

—La vida en Europa del Este es dura hasta para los estándares de Europa del Este —dijo Dèverov mirando al anciano y pensando en voz alta.

Howard Gordon no estaba mirando al anciano. Acercó su cuerpo todo lo que pudo al de Dèverov y le dijo en un susurro.

—Nos están siguiendo, ¿son de los tuyos?

Dèverov bajó de la acera empedrada y cruzó la calle distraídamente para apagar su habano sobre la piedra del muro contrario y depositar sus restos en una papelera metálica. Al darse la vuelta, miró un instante hacia lo alto de la calle y volvió junto a Howard.

—No son rusos. Tenemos una delegación pequeña aquí. Conozco a todos los agentes.

—Bien. Debemos separarnos para comprobar a quien siguen —ordenó Howard.

—Mi embajada está muy cerca. Incluso sin esta compañía no es seguro que permanezcamos juntos.

—De acuerdo. Apretemos el paso y separémonos en la siguiente esquina. —Howard tiró su habano al suelo sin preocuparse por apagarlo y se lanzó a caminar rápidamente sin esperar la confirmación de Dèverov.

Había caído la noche completamente en Praga cuando los dos agentes tomaron caminos diferentes. Howard tan sólo se giró para ver la espalda de su protegido desaparecer por una esquina, mientras él tomaba toda la velocidad que su cojera le permitía y quitaba el seguro de la Smith & Wesson SW911 de su sobaquera.

Sin quererlo, accedió a una zona muy abierta y ajardinada. Pensó en evitarla, pero llegó a la conclusión de que en un espacio así podría ver con más nitidez si era él el perseguido. En lo más profundo de su ser, y a pesar del peligro, deseaba ser el que estaba en peligro y que Dèverov pudiese continuar con su misión.

En el centro de aquel pequeño parque había una estatua de Antonín Dvorák —Howard creía recordar que era compositor—, pero en aquella situación le hubiese valido cualquier trinchera. Se situó tras el monolito de piedra y bronce intentando recordar si el homenajeado era músico o escritor. Sacó su arma y se asomó tímidamente buscando la esquina que acababa de doblar.

Allí estaban los dos desconocidos. El objetivo era él.

Ambos se habían visto algo sorprendidos por el repentino cambio de ritmo y momentáneamente habían perdido a Howard. Conocedores de a quién se enfrentaban, extremaron las medidas de precaución y se vieron tentados de sacar sus armas. Tan sólo el hecho de estar en el centro de la ciudad les disuadió. Podrían provocar un escándalo antes de dar con Gordon.

El agente de la CIA, seguro ya de ser el blanco de los desconocidos, no dudaba en llevar su arma en la mano y echó a correr en dirección contraria a sus dos perseguidores.

A final del parque casi es atropellado por un taxi que, por suerte, estaba libre. Howard Gordon aguantó la incomprensible reprimenda del taxista y se convirtió en su inesperado cliente al tiempo que le gritaba que arrancase.

El taxista no entendía a Howard, pero puso el vehículo en marcha nada más verse encañonado por el arma del agente. Salió rápidamente de la plaza y Gordon se giró en el asiento para ver como sus perseguidores echaban a correr tras él.

El taxi ganó unos cien metros a los dos desconocidos y giró en dos ocasiones sin un destino definido hasta que Howard gritó al taxista:

—¡¡Stop!!

El coche frenó en seco haciendo que chirriasen las ruedas. Howard volvió a encañonar al conductor mientras se bajaba del taxi y se pegaba a una pared.

El taxista, al verse libre de la amenaza, volvió a arrancar con toda la rapidez que le concedían sus pies y abandonó el lugar a toda velocidad. Justo en ese momento los dos desconocidos doblaban la esquina y volvían a establecer contacto visual con la matricula que habían memorizado.

Howard se deshizo en la oscuridad de un callejón y pudo ver pasar corriendo a sus dos perseguidores. Les había dado esquinazo momentáneamente, pero sabía que la treta no surtiría efecto mucho tiempo. El tráfico detendría al taxi y los dos extraños volverían sobre sus pasos.

Howard Gordon evitó las calles más transitadas temiendo que tendría que disparar si volvían a encontrarle. En su opinión los espacios públicos no iban a ser un impedimento para aquellos hombres. Siguió avanzando alejándose del centro más comercial de la ciudad con dirección a la embajada, pero la suerte se situó del lado de sus perseguidores.

Al doblar la esquina de la calle Saská, se encontró frente a frente con los dos desconocidos. No había un solo transeúnte más en la calle, por lo que ninguno de los tres dudó en sacar sus armas.

Howard disparó tres veces y vio como alcanzaba a uno de ellos, que también había disparado. De repente se quedó sin respiración y un violento golpe le tiró al suelo de espaldas. Perdió el arma y se le nubló la vista.

Cuando empezó a recuperar la visión, buscó desesperadamente la Smith & Wesson SW911 que había soltado en su caída. Pudo ver como uno de sus perseguidores buscaba las constantes vitales del que había sido alcanzado. Miró a su alrededor y de repente localizó su arma en el suelo a apenas un metro de él. Alargó su brazo derecho pero un dolor atroz en el pecho le hizo encogerse y desistir.

Cuando volvió a abrir los ojos, el asaltante superviviente se había levantado y se aproximaba hacia él con su pistola en la mano apuntando al suelo.

Howard volvió a fijar la vista en su propia arma al tiempo que notaba como conseguía que el aire volviese a fluir dentro de sus pulmones. Tosió con fuerza e intentó volverse, pero su atacante ya estaba encima de él.

El hombre, algo más joven que Howard, completamente calvo, muy delgado, de tez oscura y vestido de negro, observó a Howard uno segundos con desprecio. Miró a su alrededor y no pudo encontrar sangre, por lo que volvió a mirar a su víctima a los ojos.

—Chaleco antibalas —dijo con un fuerte acento árabe.

Howard no le miraba. Intentaba estirar de nuevo el brazo para alcanzar su arma.

—En la cara no llevas chaleco —dijo el asaltante al tiempo que elevaba cuarenta y cinco grados el ángulo de su brazo para dejar de apuntar al suelo y hacerlo directamente a la frente de Howard Gordon.

Éste dejo de buscar con que defenderse un instante y miró fijamente al hombre que iba a matarle esperando el desenlace final.

Lo siguiente que oyeron ambos fue un coche entrando en la calle a toda velocidad y frenando casi encima del sicario. El árabe tan sólo tuvo tiempo de volverse ligeramente para ver cómo era embestido y lanzado a varios metros por encima de Gordon. Cayó al suelo en un golpe seco mientras sus piernas dibujaban ángulos imposibles.

El coche se detuvo con el paragolpes delantero a la altura de la cadera de Gordon, que no sufrió daño alguno a pesar que quedar tumbado debajo del vehículo. Sin embargo, el agente de la CIA seguía sintiéndose en peligro y consiguió estirarse lo suficiente para alcanzar su Smith & Wesson SW911 y apuntar sosteniendo el arma con las dos manos al hombre que se bajaba del coche. Los faros del vehículo le mantenían cegado, pero reconoció la voz del conductor.

—Howard, ¿estás bien? —dijo Dèverov ignorando que su mentor le estaba apuntando con su arma.

Gordon bajó lentamente su pistola, conservándola en la mano derecha, y se llevó la otra mano al pecho. Respiró hondo y buscó con la mirada al asaltante que acababa de ser atropellado.

—Vamos, te ayudaré a salir de ahí —dijo Dèverov tomando a Gordon por las axilas y arrastrándolo para sacarlo de debajo del coche.

Howard acusó de nuevo el dolor en el pecho. El chaleco había soportado la bala, pero había debido romperle algo al repartir el impacto.

Dèverov le puso de pie y le apoyó en el coche.

—¿Puedes conducir? —preguntó Dèverov.

Howard intentaba recuperar el oxígeno y la compostura.

—Tenemos que salir de aquí —contestó el veterano agente.

—Sí, pero no juntos. El coche está limpio, lo he robado hace unos instantes. ¿Podrás conducir hasta tu embajada?

—Hemos disparado varias veces. La policía no tardará —contestó Howard aún aturdido.

Dèverov asumió que el veterano agente de la CIA no le estaba entendiendo y cargó con él como pudo para subirle en el coche. Al sentarle, su pecho golpeó levemente el volante y Howard ahogó un grito por el dolor.

—Howard, escúchame.

Gordon fijó la vista en su pupilo y le sonrió agradecido.

—Estas a dos calles de tu embajada. Conduce hasta la puerta, yo no puedo llevarte sin revelar mi identidad y también tengo que salir de aquí —dijo Dèverov precipitadamente.

Howard Gordon asintió con la cabeza. Puso una mano en el volante y con la otra empujó a Dèverov suavemente hacia el exterior del coche.

El infiltrado dio un paso atrás esperando que Howard arrancase el coche, pero éste no lo hizo.

—¿Te duele? —preguntó Dèverov viendo el gesto desencajado de su mentor.

—Solo cuando respiro.

Howard mantenía una mano en el volante del vehículo y con la otra se presionaba el vientre. El dolor le hizo agachar la cabeza hasta apoyarla contra la piel del volante. Consiguió respirar hondo y volvió a recostarse contra el respaldo de su asiento.

—Mira quiénes son —ordenó en un susurro.

Dèverov se acercó al cuerpo del desconocido que acababa de atropellar y registró su americana hasta dar con la documentación. Miró con interés el pasaporte que tenía en sus manos y volvió junto a la ventanilla donde esperaba Gordon.

—Libaneses —dijo elevando la voz por encima del motor en marcha—. ¿Has estado haciendo amigos en Beirut últimamente?

—Tengo amigos en todas partes —dijo Howard Gordon cuando ya ponía el vehículo en movimiento con dirección a su embajada.

Dèverov se dio la vuelta rápidamente y abandonó la calle en dirección contraria a la que tomaba el vehículo que acababa de robar.

Howard Gordon pudo ver por el espejo retrovisor como Dèverov giraba la esquina de la calle sin que hubiese aún presencia policial. Condujo torpemente hasta la embajada y cuando estuvo seguro de que había sido visto por el personal de seguridad, detuvo el coche e intentó bajarse de él. Tan sólo consiguió perder el conocimiento y caer a la calle como un peso muerto mientras el motor del coche permanecía arrancado, pero ya estaba a salvo.

Los miembros de seguridad de la embajada se acercaron a él con las armas desenfundadas hasta reconocerle. Inmediatamente le introdujeron en suelo estadounidense.

 

 

Continuará…

 

 

Expediente Dèverov es una novela por entregas de Jose Barroso.

Expediente Dèverov ©

Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra en cualquier medio, formato o plataforma, sin el consentimiento expreso del autor.

Corrector y asesor lingüístico: Victor J. Sanz.

Diseño de portada: Jose Barroso.

 

[1] George Bush (padre) fue director de la CIA. en el año 1976 antes de ser presidente de los EE. UU. de 1989 a 1993.

[2] Misil de largo alcance de fabricación norteamericana.

By | 2019-10-06T11:19:35+00:00 octubre 18th, 2019|Expediente Deverov|0 Comments

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