Expediente Dèverov. Parte III.

 

 

Expediente Dèverov.

Jose Barroso.

Parte III

…John Wayne!!

 

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Expediente Dèverov ©
Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

 

 

«Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier

 lugar en el que te encuentres».

Sun Tzu.

El Arte de la Guerra.

 

 

Alrededores de Kunduz. Afganistán.

Año 1986.

 

La unidad del teniente de primera Dèverov permanecía acampada y en estado de máxima alerta, con la humeante ciudad de Kunduz como tétrico telón de fondo.

Empezaba a caer la noche y tras cuatro días de intensos combates, los hombres necesitaban descansar y alimentarse. Dèverov había conseguido convencer a su coronel de que debían sacar a los apenas doscientos hombres que les seguían del frente de batalla y darles aquel pequeño descanso. El coronel dividió la unidad en cuatro grupos y se fueron turnando para alejarse del frente y descansar.

Realmente, en Afganistán no había un frente claro ni unos territorios que pudiesen considerarse de cada bando. Las revueltas, emboscadas, tiroteos y pequeñas y grandes batallas, se desencadenaban en cualquier valle, llanura o calle. Los afganos, mejores conocedores del terreno y capaces de adaptarse a las durísimas situaciones que estaba deparando aquella guerra, habían convertido aquel conflicto en un infierno para el poderosísimo Ejército Rojo.

Ni sus helicópteros, ni su superioridad numérica, ni sus carros de combate blindados, estaban aportando victorias al bando ruso. Por el contrario, los afganos se habían revelado como un enemigo feroz, inteligente, imaginativo y temible.

Lo que debía haber sido un paseo destinado a anexionar la totalidad del territorio afgano a la gran Unión Soviética, sin apenas hostilidad por parte de sus habitantes, se estaba convirtiendo en una trampa mortal para los rusos. El poderoso Ejército Rojo estaba sufriendo su primera derrota desde el duro correctivo infligido por los nazis en la batalla de Minsk.

Dèverov sabía que perdían la guerra y se preocupaba por mantener a sus hombres con vida sobre el terreno, contra el fanatismo ciego de los generales que movían las piezas desde Moscú y que no eran capaces de entender cómo unos salvajes atrincherados en cuevas les estaban derrotando.

Cuando terminó de caer la noche, Dèverov apostó una decena de guardias e invitó al resto de hombres a intentar dormir a pesar del acompañamiento de disparos más o menos lejanos. Todos estaban ya acostumbrados a dormir en periodos cortos y a pasar del sueño a la máxima alerta en segundos.

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Los hombres se distribuyeron de forma desigual por el improvisado campamento mientras Dèverov se unía a las labores de vigilancia en el que sería el primer turno.

Para mantenerse despierto y alerta comenzó a recontar provisiones. Los afganos estaban envenenando buena parte de los pozos que salpicaban aquel desierto y fuera de los núcleos urbanos el agua estaba muy racionada. La ausencia de líquidos reducía notablemente la ingesta de alimentos, pero aun así estaban cortos de provisiones y las caravanas de suministros eran continuamente asaltadas. En ocasiones por combatientes afganos y otras veces por masas de mujeres y niños a los que los soldados se negaban a disparar. Sendas hordas eran igual de feroces.

El Estado Mayor ruso dejó de lanzar suministros desde sus aviones tras comprobar que la mayoría caían en manos enemigas y ambas circunstancias unidas habían provocado falta de alimentos, munición, medicinas y en última instancia, de motivación.

Dèverov salió de su ensimismamiento al oír un ruido a su derecha y lo siguiente que pudo ver fue el inconfundible cañón de un AK-47 apoyado sobre su entrecejo. Levantó las manos lentamente mientras enfocaba a su asaltante desde detrás del fusil. Pudo ver como varios de los guardias estaban siendo empujados y amontonados mientras un importante número de asaltantes accedía sin restricción alguna al campamento.

Cuando se hubieron posicionado, efectuaron varios disparos al aire que despertaron a la totalidad de los hombres, que se vieron encañonados y desarmados al instante. La unidad de Dèverov había caído prisionera.

Los afganos identificaron a los dos mandos principales de la unidad, les esposaron y les colocaron a la cabeza del grupo. El resto fue obligado a colocar las manos sobre la cabeza y emprendieron una incierta y silenciosa marcha a través de la noche afgana.

Al amanecer, varios de los soldados rusos habían desfallecido. Los afganos no dudaron en cercenar las gargantas que aquellos que no podían seguir, ahorrando así estruendo y balas. En una de aquellas tétricas paradas, Dèverov pudo observar que la treintena de sus hombres que aún les acompañaban, casi doblaban en número al enemigo. Pero estaban desarmados, intimidados, cansados y desmotivados. Los hombres avanzaban como sonámbulos y acataban las órdenes de sus captores sin mostrar la más mínima resistencia.

Los afganos apenas permitieron dos paradas para descansar y repartieron algo de agua entre sus prisioneros. En las horas centrales del día se encontraron con otro destacamento talibán, también formado por unos veinte hombres, que se llevó consigo la totalidad de las armas y suministros rusos.

Antes de partir estuvieron discutiendo qué hacer con Dèverov y con su coronel, pero finalmente decidieron que continuarían con el resto de sus hombres.

Al anochecer de aquel infernal día de marcha, llegaron a lo que debía ser un campamento afgano.

Apenas unas casas de adobe y ramas dentro de un recinto con una muralla de un metro de alto. En el centro habían excavado el que podría haber sido el hueco de una piscina y lo habían cubierto con una jaula de madera. Los rusos fueron empujados al interior sin miramientos. El salto, de más de dos metros de altura, torció algún tobillo y desencajó un par de hombros. El destacamento ruso, con sus dos mandos, quedó hacinado en aquel caluroso espacio y se les dejó sin comida y sin agua.

A pesar de las duras condiciones y de la incierta situación, Dèverov pudo observar que muchos de sus hombres dormían profundamente. Ser prisioneros era la primera certeza de la que disfrutaban aquellos soldados en meses y, a pesar de la situación, aquella sería la primera noche en mucho tiempo en la que no tendrían que temer por sus vidas.

A la mañana siguiente los afganos les suministraron varios cubos de agua sucia que los prisioneros bebieron sin preocuparse por las consecuencias. Incluso Dèverov y el coronel se vieron obligados a beber bajo las duras condiciones de aquel desierto. Todos temían que el agua estuviese envenenada, pero no tenían otra opción.

Pronto pudieron comprobar que no era así y que los afganos mostraban cierta humanidad al suministrar con frecuencia aquellos cubos de agua a sus prisioneros. Al medio día los cubos en vez de agua contenían unas gachas blanquecinas calientes. Era el primer alimento en día y medio, y los soldados las devoraron.

Tras aquella comida, llegaron más soldados afganos. Hubo alguna discusión acalorada entre los que parecían llevar la iniciativa. Los soldados rusos no entendían el dialecto local y no llegaban a comprender lo que estaba pasando, pero desde su confinamiento se veían continuamente señalados por los líderes talibanes.

Finalmente parecieron llegar a algún entendimiento y se acercaron hasta el borde del foso en el que estaban los prisioneros. Ambos buscaban algo entre gritos hasta que uno de ellos señaló al coronel de la unidad. Éste tragó saliva con dificultad y buscó a Dèverov con la mirada.

Los talibanes abrieron la jaula de madera y apuntaron con sus AK-47 a la totalidad de los hombres. Entre un incesante vocerío amenazador hicieron señas al coronel para que saliese de la jaula. Tras ello volvieron a asegurar la salida.

El militar fue conducido al interior de una cabaña.

Los gritos no tardaron en resonar en todo el poblado. Los soldados cautivos entrecruzaban miradas de pánico y desolación.

Cuando al fin se hizo el silencio todos temieron por la vida del coronel. Sin embargo, pronto tuvieron una nueva preocupación. El grupo de captores se acercaba de nuevo al foso para seleccionar a otra víctima. Esta vez eligieron al segundo al mando: Dèverov.

El teniente de primera fue golpeado en el vientre nada más salir de la jaula, haciendo que sus piernas se doblasen y cayese de rodillas al suelo. Se llevó los brazos a la zona del impacto, pero sus captores le obligaron a levantarse y le sostuvieron las manos a la espalda mientras era empujado hacia el interior de la cabaña que hacía las veces de sala de torturas.

Al acceder, Dèverov pudo ver una sola estancia con interior de adobe y un único ventanuco al exterior en la pared que quedaba a la derecha de la puerta.

El coronel estaba sentado en una silla con las manos atadas a la espalda y un saco en la cabeza. Su cuerpo estaba volcado hacia adelante y tan sólo sus ataduras impedían que se precipitase al suelo. Dèverov dedujo que no estaba muerto, sino inconsciente, por la sangre que manaba de varias heridas.

Una silla de madera desvencijada a un par de metros del coronel esperaba a Dèverov. El resto del mobiliario lo componían una mesa de madera y un estante situado a un metro del suelo en la pared de la ventana. Tras de sí quedaba el hueco de una arcaica chimenea que permanecía apagada.

Dèverov fue atado a la silla del mismo modo que el coronel y quedó a merced de su torturador.

Era un talibán de apenas treinta años. Robusto pero delgado. Muy moreno, con barba desaliñada y ojos oscuros. Se había desprendido de la túnica marrón que solía cubrir su torso y tan sólo llevaba puesto un pantalón beige polvoriento. Además de eso, se había cubierto los puños con una áspera tela que debía ser blanquecina antes de impregnarse con la sangre del coronel.

Los secuaces de aquel hombre se aseguraron de haber dejado a Dèverov bien atado y se apartaron para dejarle hacer.

—No quiero saber nada en particular —comenzó a decir en un ruso arcaico pero entendible—. Voy a causarte dolor hasta que me digas algo lo suficientemente interesante como para que me detenga y vaya a contárselo a mis superiores.

El talibán y Dèverov mantuvieron una mirada tensa y desafiante.

—Me llamo Dimitri Dèverov. Teniente de primera del cuarto batallón de infantería del tercer ejército.

El primer golpe cayó sobre el pómulo derecho de Dèverov y apenas lo vio venir. Quedó aturdido unos instantes y le costaba enfocar la mirada. Para cuando se recuperó, ya estaba recibiendo una serie de golpes en el abdomen que le dejaron sin respiración hasta que la silla que le sostenía se fue al suelo.

Dèverov buscó aire como pudo entre tos y aspiraciones de polvo. Dos de los captores le hicieron recuperar la verticalidad mientras el agente infiltrado terminaba de normalizar su respiración. Pensó que debía tener algo roto, pues le dolía el pecho al respirar hondo.

El torturador estaba esperando delante de su víctima y también respiraba con agitación. Cada toma de aire hacía que se marcasen sus pectorales y las venas del cuello. A Dèverov le pareció más temible que la primera vez que le vio, pero volvió a revelar la única información que estaba autorizado a dar.

—Me llamo Dimitri Dèverov. Teniente de primera del cuarto batallón de infantería del tercer ejército.

El talibán sonrió complacido.

El siguiente golpe fue directo a la mandíbula del militar. Dèverov esta vez no tuvo tiempo de recuperarse ni de respirar. Un sinfín de golpes impactaron contra su cara sin darle tiempo a volver a reaccionar o pedir clemencia.

El torturador se detuvo para tomar aire y se alejó unos pasos para ver su obra.

Dèverov estaba consciente, pero sólo las ataduras le hacían permanecer en posición vertical. Presentaba cortes en toda la cara y escupía sangre con profusión.

—Me llamo Dimitri Dèverov. Teniente de primera…

El talibán no dejó esta vez que acabase la frase. Desde la distancia que había tomado, armó con todas sus fuerzas su rodilla derecha en un movimiento circular y la descargó sobre la cara de su víctima.

Dèverov cayó hacia atrás sin conocimiento.

Lo siguiente que notó fue algo frío que recorría su cara. Uno de los captores le palmeaba la cara suavemente para hacerle volver en sí. Incluso aquellos suaves golpes le estaban provocando un intenso dolor y sacudió la cabeza con fuerza para detenerlos.

Dèverov se dio cuenta de que tenía impedida la visión con un ojo. Con el sano pudo ver que el coronel había recuperado también la consciencia y le estaba mirando.

Los golpes le conferían un aspecto terrible y Dèverov pensó que no debería ser muy diferente al suyo. El coronel estaba ensangrentado y había perdido varias piezas dentales. Posaba los ojos en su segundo al mando, pero su mirada parecía vacía, perdida.

El infiltrado de la CIA fue consciente de nuevo de la realidad de la situación y se dirigió al artífice de su lamentable estado.

—Me llamo Dimitri Dèverov. Teniente de prime…

—Síííííí, sí, sí. Del tercer ejército. Ya lo sé —interrumpió el talibán.

Ambos hombres sostuvieron la mirada ignorando al coronel cuya mente parecía confusa aún.

—No voy a negar que sois duros ante el dolor. Pero a ver cómo se os da soportar el de los demás —amenazó el torturador.

El talibán se volvió hacia el estante que estaba sus espaldas y tomó entres sus manos un viejo revolver con tambor de seis balas. Se lo mostró a sus dos víctimas y espetó divertido:

—¡¡John Wayne!!

El talibán mostraba una sucia dentadura detrás de su incómoda sonrisa y comenzó a girar el tambor del arma con cierto nerviosismo.

Dos de sus compañeros irrumpieron en la estancia con uno de los muchachos más jóvenes del destacamento de Dèverov. El chico venía aterrado y le habían atado las manos por detrás de la nuca.

Lloraba y por su aspecto ya había recibido algún golpe. Los talibanes hicieron que se posicionase de rodillas y cerraron la puerta tras él. Se colocaron a ambos lados y sonrieron al ver al torturador con el revólver en las manos.

Éste sacó una bala de un bolsillo y se aproximó al nuevo invitado mientras colocaba la bala en el tambor del arma.

Dèverov le siguió con la mirada. El coronel permanecía ausente y no era consciente de lo que estaba pasando.

El talibán giró el tambor con todas sus fuerzas y encañonó la sien de su nueva víctima. El joven soldado ruso intentó apartar la cabeza, pero recibió un par de bofetadas y un tirón del pelo que le hicieron permanecer quieto y en silencio. Tan sólo se oía su llanto ahogado.

El torturador, fiel a su estilo, no hizo pregunta alguna. Apretó el gatillo y el clic del tambor vacío sonó en toda la estancia hasta que fue ahogado por un grito de Dèverov.

—¡¡¡No!!!

El torturador sonrió ante la reacción de Dèverov y miró al coronel buscando algún gesto, pero continuaba en las nubes.

Volvió a girar el tambor del arma y a encañonar al joven.

Clic.

Se había salvado por segunda vez y comenzó a reír de forma nerviosa. La espontánea risa del joven soldado contagió a sus captores. Los tres rieron también ante la mirada furiosa de Dèverov.

El torturador se alejó al fin del muchacho y se colocó frente al coronel. Le dio un par de bofetadas para recabar su atención.

—¿Quieres contarme algo ahora?

El coronel sintió el peligro y mostró el miedo en su mirada, pero continuaba ido. El talibán se dio por vencido con aquel hombre y se acercó a Dèverov.

Acarició el rostro del militar con el cañón del revólver y esperó alguna reacción.

—Me llamo Dimitri Dèverov. Teniente de primera del cuarto batallón de infantería del tercer ejército —dijo, aunque esta vez mirando a su joven compañero.

El talibán llevo el cañón del arma hasta su propia frente y sonrió a Dèverov mientras negaba con la cabeza. Se giró y volvió hacia el soldado, que permanecía arrodillado en la estancia. Una vez más giro el tambor del arma y apuntó desde delante y sin que ésta llegase a tocar la piel del soldado. El chico fijó su mirada en el cañón del arma que tenía frente a sus ojos y pudo ver todo su mecanismo moverse antes de oír el clic que volvía a salvarle la vida. Pero ver el arma de frente en vez de sentirla en su sien tuvo otro efecto en el joven soldado. No pudo aguantar la presión de sus heces y dejó escapar el contenido de sus intestinos sin poder hacer nada por evitarlo.

El talibán pudo notar en la cara del soldado que algo había pasado antes de percibir el pestilente olor. Al comprender la situación sufrió un ataque de furia y volvió a encañonar al chico. Esta vez con el arma tocando la frente.

Apretó el gatillo una vez. Dos. Tres veces.

La tercera se vio seguida del estruendo del disparo. El contenido del cráneo del joven militar se vio desparramado entre la puerta que estaba a su espalda y las ropas de los dos captores que le sostenían. El cuerpo se golpeó contra la madera primero y se precipitó al suelo después.

El coronel reaccionó al disparo con un sobresalto, pero su mirada indicaba que seguía sin saber lo que estaba ocurriendo.

Dèverov miró el cadáver del chico y después al talibán que le había asesinado. Contuvo la rabia y permaneció en silencio.

—Traed a otro —dijo a sus compañeros.

—Nos quedaremos sin rusos antes de que anochezca —contestó uno de ellos.

Los tres miraron a Dèverov, que no había entendido la corta conversación de sus captores, pero volvió a decir su frase:

—Me llamo Dimitri Dèverov. Teniente de primera del cuarto batallón de infantería del tercer ejército.

—No va a funcionar —opinó el tercer captor—. Deberíamos informar.

El torturador asintió lentamente con la cabeza y salió de la cabaña disgustado.

Los dos talibanes sacaron el cadáver y unos instantes después uno de ellos volvió para tapar la cabeza de los dos rusos con sacos.

Dèverov pudo oír como abandonaba la cabaña e intentó hablar con su coronel.

No obtuvo respuesta. Poco después, sus heridas le vencieron y volvió a perder el conocimiento.

Cuando despertó había caído completamente la noche. Había bajado la temperatura y no percibía la más mínima luz a través del saco. Oía voces, pero no reconoció la de su torturador. Al fin le apartaron el saco y le ofrecieron agua.

Bebió con ganas y al acabar le amordazaron. Inmediatamente volvió a ser cubierto con el saco justo después de ver que el coronel seguía a su lado. Pudo notar como volvían a quedarse solos.

Cuando volvió a oír abrirse la puerta y notó que alguien se le acercaba tenía serias dudas sobre el tiempo que llevaba allí.

Al fin percibió como le liberaban la cabeza de aquel saco apestoso.

Dèverov tenía un ojo totalmente amoratado y cerrado por la hinchazón, los labios y la nariz rota, un pómulo reventado y sangre seca en toda la cara y en la boca.

—Uff, hijo, te han dado bien —dijo en su idioma una voz reconocible para el agente infiltrado.

Dèverov debió acostumbrarse a la luz, enfocar con el único ojo que tenía visión en aquel momento y abandonar cierto aturdimiento para poder hablar.

Vio a un hombre de algo menos de cincuenta años vestido con pantalón caqui, camisa blanca de lino, guerrera de camuflaje en tonos beige y gafas de sol con cristales anaranjados.

—¿Howard? —preguntó aturdido tanto por la situación como por lo completamente inesperado de la visita.

—Te alegras de verme, ¿eh? —dijo Howard Gordon mirando a su alrededor en aquella cabaña.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Dèverov.

—Hemos puesto mil millones de dólares para que Afganistán gane esta guerra, alguien tenía que venir a vigilar lo que se hace con el dinero.

—¿Mil millones?

—Síííí… —dijo Gordon alargando exageradamente la palabra—. A algunos congresistas les gusta cómo están los mapas ahora mismo. Creen que gastaríamos más en cambiar los libros de texto.

—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Dèverov sin salir de su aturdimiento.

—Los afganos nos informan de los prisioneros que capturan a cambio de nuestra ayuda. Tu nombre se nos facilitó hace dos días y quise venir a verte —explicó Gordon mientras buscaba algo con lo que desatar a su agente.

—¿Los afganos sabían que yo era de la CIA?

—No, no lo sabían. No sabemos exactamente en quién podemos confiar y era mejor mantener el secreto.

En ese momento el coronel, que también estaba amordazado en aquella cabaña, emitió algunos sonidos guturales desde el interior del saco que le cubría la cabeza. Dèverov se volvió hacia él y se alegró de que continuase vivo.

—Es mi coronel, tienes que ayudarle.

—No, hijo, no puedo ayudarle. Tan sólo puedo ayudarte a ti y al resto de tus hombres.

Dèverov dibujo una expresión interrogante en su desfigurado rostro.

—Vais a conseguir huir de este campamento y tu unidad va a salir casi intacta gracias a ti. —Howard sonreía abiertamente a Dèverov al desvelar aquella información.

—¿Vamos a abrirnos paso a tiros? —preguntó el infiltrado.

—¡¡Ou, ou, ou!! ¿Quieres provocar una puta guerra santa, hijo? Todo «talibanlandia» sabe que estamos aquí. Vamos a colocar aquí y allá unos cuantos cadáveres de estos gilipollas con toalla en la cabeza y te convertiremos en un héroe.

Dèverov tragó saliva con dificultad antes de preguntar:

—¿Qué pasa con él? —dijo refiriéndose al coronel.

—Él no va a sobrevivir —contestó Howard con seguridad.

—Tienes que buscar la forma de sacarle de aquí, Howard. Es un buen hombre —contestó Dèverov antes de escupir sangre al suelo de tierra de la choza.

—Por mí como si camina sobre las aguas.

Howard se apartó la guerrera con la mano izquierda y con la derecha sacó una pistola Smith & Wesson SW911 de la sobaquera. Quitó el seguro mientras hacía el movimiento y descerrajó tres tiros sobre el saco sanguinolento que cubría la cabeza del coronel. El cuerpo se precipitó hacia atrás y cayó al suelo como un plomo estando aún atado a la silla.

Dèverov miraba a Howard horrorizado con su único ojo sano.

—El mérito de una fuga así siempre se lo llevará el rango más alto de la unidad y necesitamos que ese honor sea tuyo, hijo —explicó Howard mientras devolvía el arma a la sobaquera.

Un soldado con uniforme norteamericano, aunque sin bandera o insignia alguna, entró en la cabaña.

—¿Todo en orden? —preguntó a Howard ignorando por completo al cadáver y al hombre que seguía atado a la silla.

—Sí, todo bien —le contestó Howard—. ¿Tienes una navaja?

El recién llegado sacó una navaja con mango negro de su cinto y se la tendió a Howard mientras cruzaba la mirada por primera vez con Dèverov.

—Estás destrozado, chico —dijo como único saludo.

Howard Gordon cortó las cuerdas que mantenían atado a Dèverov a la silla y mientras éste se masajeaba las muñecas se dirigió al recién llegado.

—¿Los rusos os han visto?

—No —contestó el soldado mientras tomaba su navaja y la devolvía al cinto.

—Pegad unos tiros al aire para completar la farsa, pero no os paséis.

—A sus órdenes —dijo el desconocido abandonando la estancia.

Dèverov se puso de pie trabajosamente y se encaminó hacia un cubo con agua. Bebió hasta saciarse y se dio la vuelta con lentitud bajo la atenta mirada de Howard.

—Era un buen hombre, y amigo mío —dijo Dèverov mirando el cadáver del coronel.

—Era un enemigo. No olvides tu misión.

Dèverov guardó silencio.

—Bien. Tienes un destacamento completo del ejército ruso a veinte kilómetros al norte de aquí. La zona está infestada de talibanes, pero os dejarán pasar. Por si tienes algún héroe en tus filas, vamos a dejaros con pocas armas y aún menos munición —explicó Howard.

—Entendido —dijo Dèverov recuperando la compostura.

—Tu historia es que conseguiste soltarte y les atacaste después de que mataran a ese —Howard señalo al coronel con la barbilla—. Después esperaste a que el resto de enemigos acudiese a la cabaña, y los mataste según fueron llegando.

En el exterior se oyeron varios disparos.

—Hemos colocado unos cuantos cadáveres en la puerta. Llevan varios días muertos, pero supongo que ninguno de los tuyos se parará a hacerles una autopsia —continuó Howard.

—Mis hombres no me preocupan, pero ¿se lo creerán en el Estado Mayor? —preguntó Dèverov.

—Estáis perdiendo esta guerra, hijo. Nadie está más necesitado de héroes que el bando perdedor. Querrán creerte.

Dèverov asentía con la cabeza lentamente.

—Te colocarán unos galones nuevos en ese hombro y, con un poco de suerte, te retirarán del frente —auspició Howard Gordon distraídamente.

—Puede salir bien —dijo Dèverov pensativo.

—Lo hará. Pasarás unas semanas en el hospital, te pondrán la nariz en su sitio y serás un héroe.

En ese instante Dèverov se llevó las manos a la nariz sintiendo un dolor agudo que le hizo lagrimear inmediatamente.

—No tenemos más tiempo, hijo. Tengo que llevarme a mis hombres de aquí. Danos unos minutos para alejarnos y libera a tu unidad —dijo Howard mientras se dirigía a la puerta.

—Me alegro de verte, Howard —dijo Dèverov como despedida.

—No vuelvas a dejarte coger —le contestó Howard Gordon ya desde el exterior de la cabaña.

 

 

 

Langley. Virginia. EE. UU.

Despacho del director Tom Ramírez.

En la actualidad.

 

—¿Mató con sus propias manos y a sangre fría a un oficial ruso desarmado? —La vicepresidenta Fain se había echado las manos a la cabeza y miraba a Howard Gordon horrorizada.

—El mayor talento para los negocios del siglo XX dijo una vez: «El propósito de la guerra es la paz» —dejo caer Howard como respuesta y justificación al acto que acababa de confesar.

Todos permanecieron en silencio digiriendo la información y buscando al autor de la cita. Finalmente fue el director Ramírez quien se aventuró:

—¿Steve Jobs?

—No. Pablo Escobar —contestó Howard con tono de evidencia en su respuesta.

—Ohh —espetó Fain asqueada—, seguro que sabe usted mucho sobre la guerra contra la droga. —Fain utilizó todo el desdén del que era capaz de dotar a sus palabras.

—Sé que ganó la droga —contestó Howard echando más leña al fuego.

—La cuestión aquí es que funcionó. No estamos juzgando un crimen de hace treinta años. ¿Ascendieron a Dèverov? —dijo Hilfiger intentando retomar el asunto de aquella reunión.

—Hicieron mucho más que eso. No sólo le ascendieron a teniente coronel, le dieron una medalla al valor, le retiraron del frente como esperábamos, le exhibieron en Moscú y gracias a sus conocimientos de francés, por los que nadie se preguntó, entró en el cuerpo diplomático ruso —expuso Howard volviendo a su tono de satisfacción habitual cuando exponía lo bien que había salido uno de sus planes.

—Es una etapa en la que informa con profusión y mucha regularidad —apuntó la agente Richardson sin levantar la mirada del expediente.

Dana había seguido aquel relato con atención y estaba igualmente horrorizada por el acto de Gordon, pero intentaba concentrarse en la situación actual.

—Sí. Las cosas iban bien. Rusia abandonaba el comunismo a pasos agigantados. Dèverov pudo permitirse comprar un apartamento en el edificio donde vivía y poco después compró también el contiguo. Los reformó y se hizo una sola vivienda con ambos. Tenía acceso a mucha información y ésta nos llegaba a raudales. En aquel momento pensábamos que estábamos en el culmen de su misión —dijo Howard mirando a la agente Richardson.

—No ha llegado a explicarnos cómo nos llegaba la información —dijo la vicepresidenta Fain.

—Desde el primer momento de la infiltración, acordamos que cuando necesitase contactar se dejase ver con una prenda roja. La que fuese.

—Una prenda roja en Rusia, muy discreto —apuntó el directo Ramírez.

—Sí —continuó Howard Gordon—. En esta época, Dèverov acostumbraba a pasear frecuentemente por el parque Izmáilovski. Nuestros agentes tenían controlados los accesos y cuando vestía algo rojo sabíamos que iba a dejarnos información en el buzón del edificio.

—¿En el buzón? ¿no era arriesgado? —preguntó la agente Richardson.

—En realidad no. Era un edificio inmenso y los buzones estaban al final del pasillo de acceso, detrás de la escalera. Dèverov se dejaba ver con su prenda roja y esa noche bajaba discretamente al buzón. Nuestros agentes estaban esperando en la calle. Cuando veían movimiento en el portal sin que nadie llegase a salir, accedían al edificio. Teníamos llaves del portal y del propio buzón. La información estaba sin vigilancia apenas unos segundos —explicó Howard.

—¿Nunca hubo problemas? —peguntó Fain intentando encontrar errores.

—Alguna vez la comunidad cambió las llaves del edificio. Dèverov fingió perder su juego de llaves en el parque Izmáilovski y por su puesto las recogimos nosotros. Después denunció al KGB que podrían haberle robado aquel juego de llaves.

—¿Y qué ocurrió? —insistió Fain.

—El KGB se limitó a cambiar la cerradura de acceso a su vivienda, cuya llave en realidad nunca habíamos tenido —contestó Howard sonriente.

—¿Nunca sospecharon de él? —preguntó el director Ramírez.

—Hijo —comenzó Howard tomándose su tiempo para meditar la respuesta—, en Rusia todo el mundo sospechaba de todo el mundo. Y el hecho de que durante un periodo no sospechasen de alguien, le convertía en mucho más sospechoso poco tiempo después. Seguro que sospecharon de Dèverov, pero no más que del resto del cuerpo diplomático o miembros de la Duma.

—¿Sospechó usted que era nuestro agente? —intervino Hilfiger sonriendo.

Ramírez lanzó una mirada de desprecio al director de operaciones especiales de la CIA y se volvió hacia la vicepresidenta Fain.

—Hay que tomar decisiones, señora vicepresidenta. ¿Qué hacemos con ese hombre? —dijo el director Ramírez sin esperar el incendio que provocarían sus palabras.

—¡¡¿Decidir qué hacer?!! ¿Es que cabe alguna duda de que hay que traer a ese hombre a su patria? —exclamó Hilfiger con un evidente tono de indignación.

—Es más complicado que eso, Hilfiger. ¿Imagina las implicaciones diplomáticas que esto va a tener? —contestó Fain—. Necesito saber por qué lo hace y por qué ahora.

—No podemos dejarlo allí. ¡¡Es nuestro hombre!! —insistió Hilfiger.

—¿Cómo sabemos que sigue siendo nuestro hombre? —preguntó la agente Richardson sin dirigir la pregunta a nadie, pero haciendo que todas las miradas se volviesen hacia ella—. Ese hombre ha vivido en Rusia casi toda su vida. Cuando cometió pequeños hurtos, le alimentaron y le trataron bien. Rusia le dio una carrera, le condecoró, le permitió vivir bien. Usted nos ha contado que adquirió propiedades, se acomodó. Ascendió en la escala social, disfrutó del poder… —dijo la agente Richardson exponiendo su argumento.

El silencio provocado por su exposición se vio súbitamente interrumpido por un Howard Gordon atronador y sulfurado.

—¡¡Ese hombre es el mayor héroe de la historia de este país y no le permito que dude de su lealtad!! —gritó Howard Gordon poniéndose de pie trabajosamente y acercándose con el dedo índice amenazante a la agente Richardson.

Hilfiger, aunque de acuerdo con Howard, le levantó también y se colocó delante de la agente Richardson para minimizar la amenaza que suponía el veterano agente. Tomó a Gordon por los hombros y lo devolvió a su butaca haciéndole andar de espaldas.

Howard respiraba alterado.

—Hay que tomar una decisión —obvió la vicepresidenta Fain mirando al director Ramírez.

—¡¡¿Y la va a tomar usted?!! —volvió a la carga Howard Gordon—. Exijo que el presidente sea informado.

—El presidente debe quedar al margen de operaciones encubiertas, señor Gordon. Los asuntos de la CIA se llevan desde vicepresidencia —explicó Fain con la poca paciencia que le quedaba.

—¿Y eso por qué? —insistió Howard mirando fijamente a la vicepresidenta.

—El presidente no puede estar implicado en lo que no conoce, Howard. Es un cortafuegos eficaz —explicó Tom Ramírez adelantándose a Fain y procurando usar un tono más conciliador que el que esperaba de ésta.

—¿Me está diciendo que una decisión que ustedes mismo reconocen que es de un calado vital para el país va a quedar en manos del cupo femenino del gobierno? —preguntó Howard Gordon elevando su tono de indignación.

—¿El cupo femenino? —dijo Fain indignada—. ¿Qué ha querido decir?

—Mírese, señora vicepresidenta. Cincuentona, con un aspecto físico del montón y sin haber destacado jamás en nada. Ocupa usted esa silla para que el ama de casa media estadounidense se identifique con su figura y el partido gane votos, no por sus méritos, y esta situación la supera —atacó Howard Gordon sin medir las consecuencias.

Fain estaba petrificada ante las palabras del ex agente y fue el director Ramírez quien salió en su defensa.

—Howard, por Dios, ¡le exijo un respeto hacia la vicepresidenta!

—Y ahora habló la cuota hispana —Hilfiger habló entre dientes, pero en un tono lo suficientemente alto para que sus palabras fuesen oídas por todos.

Howard se volvió hacia él asintiendo con la cabeza y con las cejas enarcadas mientras Ramírez contenía sus ganas de asesinar allí mismo al agente.

—Vamos a calmarnos todos —dijo al fin el director Ramírez tras un tenso silencio—. Llevamos varias horas aquí. Vamos a hacer un descanso. Pediré que nos traigan algo de comer y después continuaremos.

Ramírez miraba con ferocidad a Hilfiger hasta el final de su frase, cuando buscó el apoyo de la vicepresidenta Fain a su propuesta de receso.

—Necesito una sala donde hacer unas llamadas —dijo ella como confirmación.

—Puede usar la habitación anexa a este despacho —señaló Ramírez.

La agente Richardson recordó el contenido de su bolso esparcido sobre su mesa y ello le provocó cierta incomodidad. En cualquier caso, necesitaba alguna excusa para salir del despacho de Ramírez y reducir también el nerviosismo de los últimos minutos. Hilfiger salió tras ella.

 

 

Continuará…

 

 

 

Expediente Dèverov es una novela por entregas de Jose Barroso.

Expediente Dèverov ©

Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra en cualquier medio, formato o plataforma, sin el consentimiento expreso del autor.

Corrector y asesor lingüístico: Victor J. Sanz.

Diseño de portada: Jose Barroso.

 

By | 2019-10-06T11:19:40+00:00 octubre 11th, 2019|Expediente Deverov|0 Comments

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