Expediente Dèverov. Parte II.

 

 

 

 

Expediente Dèverov.

Jose Barroso.

Parte II

…los estirados de West Point.

 

 

 

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Expediente Dèverov ©
Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

 

 

 

 

«Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier

 lugar en el que te encuentres».

Sun Tzu.

El Arte de la Guerra.

 

 

 

Langley. Virginia.

Finales de la década de los 60.

 

Howard Gordon estaba a punto de macharse. Eran casi las 18:00h y llovía con fuerza sobre Langley.

El agente estaba sopesando si tomar una copa en los alrededores de aquella oficina o hacerlo en su desierto domicilio, cuando sonó el teléfono de su despacho. Tuvo que decidir si atender una inoportuna llamada o dejar que, fuese quien fuese, esperase al día siguiente, pero cogió el auricular de baquelita blanquecina y se lo llevo al oído.

—Gordon —dijo como única respuesta.

—Howard, soy Dóminic.

Howard se alegró de oír la voz de su amigo tanto como de que no fuese la centralita de Langley o algún superior.

—¿Qué hay, Dóminic?, ¿qué puedo hacer por ti?

—Soy yo quien tiene algo para ti. Tengo un pescadito que puede interesarte.

—¿Uno de tus chicos?

—Sí, un cadete. Debes venir a verlo.

—Pensaba ir a emborracharme, pero si sigues teniendo ese whisky en la academia bien puedo ir allí.

—Esa es otra razón para que vengas, Howard.

—Tengo tres horas de coche.

—El chico no se va a mover de aquí.

—De acuerdo. Espérame —dijo Howard Gordon antes de colgar el teléfono.

Howard Gordon tomó su gabardina y descartó el paraguas por pensar que tan sólo se mojaría en el trayecto hasta el parking. Cerró la puerta de su despacho tras de sí y arrastró su cojera hasta el coche.

Las tres horas convenidas fueron más bien cuatro y eran casi las 22:00 h cuando Howard atravesaba las puertas de la Academia Militar de Nueva York, en el condado de Cornwall. No había dejado de llover en todo el trayecto.

Los cadetes que hacían guardia le permitieron el paso nada más identificarse y le saludaron con gesto militar. Desde la mirada de Howard Gordon, no debían llegar a los quince años.

En el interior de la academia, el sargento Thomson, de diecinueve años, se dirigía al dormitorio de uno de los reclutas. El soldado Adams, un niñato débil, enclenque y excesivamente madrero, en opinión de Thomson.

El sargento llamó a la puerta de la habitación un par de segundos antes de acceder a ella sin ser invitado.

—Cadete Adams.

El crío, que estaba ya acostado, se levantó de un salto y adoptó posición de firmes junto a su cama sin decir palabra.

—El coronel Wilson requiere su presencia —dijo Thomson con aire marcial.

—¿Ahora mismo, señor? —contestó Adams con los ojos muy abiertos.

—Inmediatamente, cadete. Póngase un atuendo adecuado y acompáñeme.

El cadete Adams se vistió con el pantalón de chándal y sudadera gris con el escudo marcial de la academia estampado en el pecho en un tono azulado, y siguió a Thomson como en un desfile.

En su despacho, Dóminic Wilson y Howard Gordon degustaban un whisky de malta mientras recordaban su destino en Vietnam. Ambos consideraban que se habían salvado la vida mutuamente en varias ocasiones en aquella selva salvaje. Se congratulaban de haber salido con vida de aquel infierno en el que cayeron muchos de sus compañeros y amigos, y cada vez que se reencontraban, el inicio de la conversación les devolvía a aquella jungla.

Howard regresó con una grave lesión en una pierna tras caer en una trampa. Llegó a temer por su vida por cómo se infectaban sus heridas. Su experiencia militar y su facilidad para tratar con los hombres le valieron un rápido reclutamiento por la CIA. Era un puesto, a priori, alejado de la acción, que le convirtió en una especie de cazatalentos de agentes. Pero Howard lo consideraba bien pagado y con futuro, además le permitía decir a todo el mundo que pertenecía a la agencia, pues su posición no requería de una especial discreción.

Dóminic aún permanecería en Vietnam unos meses más hasta llegar su licenciatura. Volvió al país y encontró un trabajo vinculado de alguna forma a la vida castrense en aquella academia militar para jóvenes, lo que le convirtió en coronel casi sin proponérselo.

Su amistad y sus experiencias juntos, pudieron prolongarse después de la guerra gracias a que Dóminic conseguía suministrar un par de veces al año el tipo de jóvenes que Howard necesitaba.

—¿Cuál es su historia? —preguntó Howard mirando el líquido dorado de su vaso.

—El chico debió romper algún plato en casa, no lo sé, y sus padres pensaron que le vendría bien algo de disciplina. Creo que podían permitirse mandarlo con los estirados de West Point, pero esto estaba más cerca de casa, de modo que lo inscribieron aquí —explicó Dóminic.

—¿Problemático?

—Todo lo contrario. Aplicado, buen estudiante y con facilidad para los idiomas. Lleva bien la disciplina y su único problema es que parece más joven de lo que en realidad es.

—¿Qué edad tiene?

—Diecisiete, pero podría pasar por un chico de catorce. Es lo que le ha causado algunos problemas aquí.

—¿Abusan de él?

—Lo intentan, pero sabe defenderse.

—¿Y qué te ha hecho llamarme?

—Sus padres fallecieron la semana pasada en un accidente de tráfico, y además es hijo único. Pensé que era carne de CIA. Aquí no podemos criar eternamente a un chico así.

—Puede valer —confirmó Howard pensativo mientras daba un lento sorbo a su copa.

—Ahora le verás —dijo Dóminic al tiempo que llamaban a la puerta de su despacho. El coronel se levantó y se puso la chaqueta que había descansado sobre el respaldo de su silla hasta ese momento.

Howard sonrió a su amigo de forma cómplice al observar cómo le gustaba mantener las formas con aquellos muchachos a los que ahora comandaba.

—Pase —dijo al fin Dóminic alzando la voz.

El sargento Thomson accedió a la estancia acompañado de un crío en chándal. Ambos quedaron en posición de firmes y en silencio ante el coronel Wilson y su acompañante.

—Puede retirarse, Thomson —dijo Dóminic Wilson.

El muchacho se dio la vuelta con un movimiento robótico y abandonó la estancia incómodo por no poder enterarse de lo que se estaba cociendo con Adams.

—Descanse, cadete Adams —dijo el coronel de la base.

El chico abandonó la posición de firmes para entreabrir levemente las piernas y cruzar sus brazos tras su espalda. La mirada seguía perdida en ninguna parte.

Howard Gordon observó al chico mientras pensaba que verdaderamente aparentaba trece o catorce años. Delgado, algo enclenque, ojos claros, flequillo rubio sobre la frente y pecas en la nariz. Tenía un aspecto frágil y sobre todo bisoño.

—Lamento tu pérdida, chico —comenzó Gordon—, es un golpe durísimo.

El cadete Adams giró su cabeza hasta encontrarse con los ojos de quien le estaba hablando. Su mirada era lacónica, pero no permitió que se le quebrase la voz.

—Gracias, señor. Hago lo que puedo.

—¿Qué tal estás en la academia, hijo?

—Procuro adaptarme, señor —dijo Adams inseguro y temeroso de que una valoración negativa molestase al coronel Wilson.

—¿Quieres salir de aquí? —preguntó Howard Gordon.

El cadete Adams miró primero a quien le hacía la pregunta y después al coronel.

—Contesta hijo —dijo el coronel—, contesta con sinceridad.

—¿Se refiere a retomar mi vida civil, señor?

—No es eso exactamente lo que te estoy ofreciendo. Y piensa que tu vida tal y como la conocías…, bueno, tus padres han fallecido —dijo Gordon entes de apurar su copa, aprovechando el silencio.

—¿Te gustaría ingresar en la CIA, cadete? —preguntó Dóminic Wilson sin rodeos.

Adams miró extrañado a su coronel y después a Howard Gordon.

—¿La CIA? —acertó a preguntar como única respuesta.

—Entiendo que te sorprenda la propuesta y no tienes que contestar ahora mismo. Pero buscamos agentes con determinadas características y tú podrías ajustarte a ellas —explicó Howard.

—¿Huérfanos? —preguntó Adams con cierto descaro, sabiendo que su recién adquirida condición le eximiría de reprimenda alguna.

—Entre otras cosas —contestó Howard Gordon, pasando por alto el origen capcioso de la pregunta.

—Adams, no tiene usted que contestar ahora. Regrese a su habitación y avise a su oficial superior de que quiere hablar conmigo cuando tome una decisión —dijo Dóminic Wilson para acabar el encuentro.

—No, no es necesario —dijo Adams volviéndose y mirando fijamente a Howard Gordon—, acepto su oferta —concluyó sin muestra alguna de emoción en su rostro.

La primera cualidad del espía perfecto es no haber deseado nunca ser espía. Expediente Dèverov. Una novela por entregas, de Jose Barroso https://jose-barroso.es/expediente-deverov-parte-ii Clic para tuitear

*

 

Michael Adams ingresó en Langley con sólidos conocimientos de francés y nociones de ruso. Disciplina, ganas de aprender y prácticamente nada que perder. A los conocimientos que recibiría un chico normal de su edad, se añadieron clases de defensa personal y manejo de distintas armas, además de un fuerte aleccionamiento patriótico.

Howard Gordon se mantuvo cerca de su recluta durante todo su proceso de formación y en cierta forma interpretó el papel de padre los siguientes dos años. Tanta cercanía casi le impide percatarse de que, a sus diecinueve años, Adams estaba perdiendo aquel aire infantil que le caracterizó en la academia militar.

Howard tuvo que adelantar sus planes de infiltración a pesar de que le hubiese gustado que el chico siguiese perfeccionando su acento ruso.

—Ha llegado el día. Tenemos una misión para ti, Michael —dijo Howard a uno de sus principales protegidos en presencia del director de la CIA, Helms.

Adams mantenía una actitud completamente formal y un gesto adusto por no encontrarse a solas con Howard. Aun así, el chico respiró aliviado y no pudo ocultar su sonrisa.

—Vas a ir a Rusia, hijo —dijo Helms observando el aspecto ciertamente infantil del muchacho que tenía enfrente.

—Rusia… —acertó a decir Adams sonriente y sin ocultar que era su sueño.

—Eres el tercer agente que enviamos allí y sin duda el más joven. Pero el proceso de infiltrado que hemos ideado para ti requiere de tu juventud y sobre todo de tu aspecto actual —empezó a decir Howard Gordon.

—¿Mi aspecto actual?

—Joven, casi aniñado —explicó Helms.

—Entiendo —dijo Adams mientras asentía.

—Vas a viajar como tripulante en un carguero hasta Barcelona. Allí cambiaras de embarcación, pero continuarás por una ruta marítima hasta Estambul. No hagas amistades, pasa desapercibido y, si puedes, no hables nuestro idioma. Usa el francés y el ruso —dijo Howard.

—Entendido —dijo Adams sin ocultar cierta emoción.

—En Estambul pasarás hacia el Mar Negro con dirección a la ciudad rusa de Donetsk. La zona está vigilada, pero hay un importante flujo de contrabando. Nadie hace demasiadas preguntas y la mayoría de ellas se responden con un fajo de billetes. No esperamos que tengas complicaciones.

—No en esta parte de la misión —intervino Helms.

—No las habrá —afirmo Adams.

—En Donetsk —continuó Gordon— te encontrarás con nuestro agente en la zona, que te llevará en coche hasta la ciudad de Serov, en la estepa rusa. Allí debes conseguir ingresar en su orfanato. Sólo admiten ingresos hasta los dieciocho años, por eso es importante tu actual aspecto.

—Entiendo —dijo Adams.

—Y del orfanato al ejército —dijo Helms interesado en resumir y acortar aquella charla.

—¿El ejército? —preguntó Adams confundido.

—Sí, el ejército. La salida natural para muchos de los niños que acaban en los orfanatos rusos y no son adoptados. Tu misión es infiltrarte en el ejército rojo y esperar oportunidades para prosperar. Nos informarás desde dentro —concluyó Howard Gordon.

—Señores, yo les dejo solos para comentar los detalles de la misión —dijo el director Helms—, eres un orgullo para este país, hijo —dijo a modo de despedida al abandonar la estancia.

—Rusia… —repitió Adams con una sonrisa en sus labios cuando se quedaron solos.

—La principal amenaza para nuestro país, Michael.

Ambos se observaron unos segundos en silencio.

—A partir de ahora estarás solo —continuó Howard Gordon.

—Empieza la acción —dijo Adams que casi no le estaba escuchando.

—Aquí tienes los detalles de tu misión incluyendo tu nueva identidad —dijo Howard facilitándole una carpeta azul con el anagrama de la CIA—: Dimitri Dèverov, acostúmbrate a ese nombre.

Michael Adams tomó la carpeta que contenía los pormenores de su misión y su nueva identidad sin ocultar su expectación y entusiasmo.

 

*

 

Dèverov llegó a Donetsk sin mayores complicaciones tal y como le habían asegurado en Langley. Hizo su trabajo, confraternizó lo imprescindible con sus diferentes compañeros de tripulación y para cuando llegó a la ciudad rusa, un océano, dos mares, tres barcos y varios trayectos en coche, habían hecho que se perdiese totalmente su origen. Su ruso mantenía un importante acento, pero nadie podría relacionarle con su país.

En Donetsk le esperaba Alexander Boikalov, el hombre de la CIA en la estepa rusa. Boikalov era menudo y seco como un palo, tanto físicamente como en su trato personal. Pelo escaso y cano peinado hacia adelante, pómulos marcados, labios finos y vestido de riguroso negro con jersey de cuello alto de lana. En el viaje de dos mil kilómetros en coche hasta Serov apenas dirigió la palabra de Dèverov más que para decirle que iban a parar a comer o a dormir.

Tras tres días de caminos, carriles y alguna carretera, vieron el núcleo urbano de Serov. Una ciudad de unos cuarenta mil habitantes y ciertamente industrializada.

Boikalov, del que Dèverov pensaba que también debía tener una identidad falsa, condujo hasta las puertas de la ciudad y pidió a su acompañante que se bajase del coche y accediese andando.

—Nadie debe vernos juntos —dijo en un perfecto ruso.

—¿Se quedará en la ciudad?

—Sí, hasta que confirmes que llegas al orfanato. Después tendré que moverme para no levantar sospechas, pero acudiré frecuentemente. Si necesitas contactar ya sabes qué hacer, pero no lo hagas si no es absolutamente imprescindible.

—Entendido —dijo el joven bajándose del coche y notando ya en su cara cierta calidez primaveral.

Dèverov cogió su minúsculo equipaje y se alejó del vehículo con dirección a la ciudad.

La mejor forma de llegar al orfanato sin levantar sospechas era cometer algún pequeño delito. Algo cuyas consecuencias no le enviasen a una prisión real, pero tampoco pasase como una travesura infantil. Dèverov optó por robar comida en el mercadillo semanal de Serov y dejarse coger con la doble intención de alimentarse e iniciar su misión.

Esperó al día de mercado tratando de desaliñar su aspecto. Su primer objetivo fue un destartalado puesto de fruta cuyo regente tenía pinta de poder correr tras él. Dèverov no observó la más mínima precaución o disimulo. Se acercó, tomó una manzana en cada mano, mordió una de ellas y echó a correr. En cuanto vio que el tendero le perseguía ralentizó su ritmo hasta dejarse atrapar. El comerciante tiró a Dèverov al suelo, se puso a horcajadas sobre él y cargó su puño con todas sus fuerzas con dirección al rostro del chico. Pero se detuvo.

El comerciante observó unos instantes al ratero y pensó que no era más que otro crío desorientado y hambriento.

El tendero se puso de pie, ayudó a Dèverov a incorporarse y buscó con la mirada las dos piezas de fruta que el ladrón había soltado con la caída. Las cogió, les quitó el polvo frotándolas contra sus propias ropas y ante la mirada indiferente de los viandantes de aquel mercado las tendió hacia el pequeño delincuente.

—Sal de mi vista —dijo en un áspero ruso estepario acompañado de un movimiento de cabeza que indicaba la dirección contraria a los puestos ambulantes.

Dèverov tomó las frutas desconfiado y temeroso. Había evitado el primer golpe, pero no confiaba lo más mínimo en las intenciones del tendero ruso. Comenzó a andar hacia atrás con una manzana en cada mano manteniendo la mirada de aquel repentino buen samaritano. Cuando obtuvo la distancia suficiente se dio la vuelta y echó a correr de nuevo. Salió a las afueras de Serov dándole vueltas a su estrategia. Consideraba que era acertada, pero quizás se había precipitado. Su aspecto era el de un joven algo desaliñado, pero no el de un ladronzuelo huérfano e indigente. Tendría que empeorar su apariencia para causar rechazo.

Justo a las afueras de la ciudad, encontró un puente de piedra sobre el rio Kakva y se instaló allí durante dos días. Consiguió encender fuego por las noches y alimentarse rebuscando en la basura. El siguiente día de mercado, siendo ya consciente de su mal olor y con un aspecto bastante peor que cuando llegó a Serov, volvió a pasearse entre los puestos para repetir su estrategia. Esta vez, además de una misión que cumplir, tenía hambre.

El objetivo elegido, en vez de uno de los puestos ambulantes, fue una panadería situada en las calles aledañas. El establecimiento no tenía género en el exterior, pero sí había colocado fuera del mostrador sobre una mesa baja, su preciado producto recién sacado del horno. Dèverov salivó abundantemente nada más oler el pan. Entró al establecimiento, se acercó a la mesa en silencio, tomó una hogaza caliente y oscura, la troceó con las manos y se la llevó a la boca. Era el primer bocado caliente que probaba desde que dejó a Boikalov. Lo disfrutó tanto que casi olvida que debía salir corriendo.

Sin embargo, apenas pudo iniciar la carrera. El panadero le había visto entrar y le había flanqueado disimuladamente junto a la puerta del establecimiento.

—¿Vas a pagar eso, chico? —le dijo en tono neutro.

Dèverov se detuvo en seco sin llegar a salir de la tienda y miró a su oponente mientras aún masticaba.

—No tengo dinero. Tengo hambre —acertó a decir con el fruto de su hurto aún en la boca.

El panadero le miró de arriba abajo.

—¿De dónde eres? —preguntó de nuevo el panadero.

—Del este —dijo un Dèverov al que se le aceleraban las pulsaciones y no sabía si salir por fuerza de la tienda o dejar correr los acontecimientos.

—¡Stina! —gritó en tendero sin dejar de mirar al muchacho.

Una mujer rubia, regordeta, de mejillas sonrosadas, salió de la trastienda con las manos empolvadas y una mirada interrogante.

—Atiende aquí afuera —ordenó el panadero.

Tomó a Dèverov por los hombros y le acompañó a la trastienda con suavidad. El muchacho mostró una mínima resistencia, pero acompañó a la víctima de su hurto al interior. Algo le hacía confiar.

En la trastienda, el panadero cortó algo de cerdo salado e invitó a Dèverov a introducirlo en el pan. El chico comió la hogaza entera sin apartar la mirada del panadero.

—Necesitas un baño —le dijo cuando acabó de comer.

Dèverov asintió con la cabeza sin disimular su sorpresa. Una vez más el tendero le tomó de los hombros y le acompañó al interior de su vivienda. Allí le condujo a una austera estancia donde medio barril de madera hacía las veces de bañera junto a una letrina. El joven agente quedó muy sorprendido de la ausencia de muebles de baño o alguna otra comodidad. El panadero calentó agua y dejó solo al chico en el paupérrimo baño unos minutos.

Al salir, Dèverov había mejorado bastante su aspecto a pesar de las ropas sucias. El tendero le esperaba con otras dos hogazas de pan envueltas en un papel grisáceo.

—¿A dónde te diriges? —preguntó al que ahora era su invitado.

—Moscú —improvisó Dèverov aún sorprendido y avergonzado.

—Tienes un acento raro.

Dèverov se encogió de hombros.

—Ten cuidado, chico. O acabarás desangrado en un callejón. Ahora lárgate de aquí.

Dèverov asintió con la cabeza y salió a través de la panadería sin comprender demasiado bien qué había pasado.

De regreso al puente que le servía de hogar pensó que debía reconsiderar su estrategia. Debía ser más agresivo.

Tan sólo dejó pasar una noche. No necesitó rebuscar en la basura y su aspecto no era malo del todo a pesar de la ropa sucia. Se encaminó hacia una cantina situada frente a la estación de la Milítsiya, la policía local rusa. Accedió al local y se sentó en la barra tranquilamente.

El camarero se acercó con desgana y mirada de pocos amigos.

—¿Qué quieres? —preguntó sin ningún tacto.

—Café y tostadas con cerdo dulce y queso —contestó Dèverov con tranquilidad.

El camarero se le quedó mirando unos instantes y después miró a su alrededor posando su mirada en varios de los clientes de la cantina. Se dio la vuelta y comenzó a preparar la comanda.

El joven se abrazó a la taza de café caliente y consumió las tostadas con rapidez. Apuró la bebida, respiró hondo y se levantó como un rayo para salir corriendo. Como imaginaba, la cantina estaba poblada casi exclusivamente por policías que no habían dejado de observarle ni un instante.

Lo siguiente que sintió fue un golpe en la cabeza, después se precipitó contra el suelo.

Dimitri Dèverov despertó sobre la fría piedra de una celda gris, con sangre seca en la cabeza y un fuerte dolor en el hombro izquierdo. Percibió un olor intenso y avinagrado proveniente de la propia celda. Se incorporó con lentitud apoyándose en un camastro que colgaba de la pared y carecía de colchón. Se dio cuenta de que aquella minúscula cama y el ventanuco de apenas veinte centímetros de la pared, conformaban toda la decoración de una celda con dos paredes de ladrillo y otras dos enrejadas. La luz que entraba por el ventanuco apuntaba a que ya caía la tarde y se estaba orinando.

Su celda era la primera de un conjunto de seis, alineadas de tres en tres y separadas por un angosto pasillo rematado con una puerta de madera algo desvencijada. El resto de celdas estaban vacías.

Cuando sólo la luna arrojaba algo de luz dentro de la celda, Dèverov oyó abrirse una puerta y un haz de luz amarillenta iluminó a un policía entrando al pasillo que daba acceso a su celda.

El uniformado le observó unos instantes antes de dirigirse a él.

—¿Qué edad tienes? —le dijo al fin.

—Quince —dijo Dèverov con un hilo de voz.

—¿Cómo te llamas?

—Dimitri Dèverov.

El policía se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí mientras Dèverov se levantaba del camastro y se agarraba con fuerza a la reja de su celda para empezar a gritar.

—¡¡Sáquenme de aquí!! ¡Necesito ir al baño!

Sus palabras fueron ignoradas y la puerta no volvió a abrirse.

Era noche cerrada y la temperatura había bajado drásticamente. Aquel habitáculo en el que estaba recluido no disponía de mantas o prenda de abrigo alguna, por lo que Dèverov yacía acurrucado en posición fetal sobre el duro camastro. El frío y las ganas de orinar le impedían dormir. Finalmente se vio obligado a descargar su vejiga en un rincón de su celda. No veía el vapor que desprendía su propia orina al salir de su cuerpo, pero sí percibió el calor en sus manos. Cuando terminó se las llevo a las axilas para intentar retener algo de aquel calor y volvió a su camastro.

La relajación en su entrepierna le permitió al fin dormir un poco a pesar del frío.

La luz de la mañana le hizo despertar. Estaba helado, tiritaba, se encontraba débil y le dolía la cabeza. Se llevó una mano hasta la sangre seca que permanecía mezclada con su pelo y palpó la herida de la que había manado. Sintió un intenso dolor en el cráneo que le hizo olvidar momentáneamente el frío.

Se levantó titubeante y se acercó a la reja. Comprobó su robustez y se concentró en cierto ajetreo que se oía al otro lado de la puerta.

—¿Hay alguien? ¡Socorro! —gritó con poca convicción pues era perfectamente consciente de que los policías de fuera sabían que estaba allí.

Nadie contestó.

—Necesito ayuda —insistió mientras miraba la puerta de madera que daba acceso al recinto.

Tenía sed, hambre, frío y aquel permanente dolor de cabeza. Tan sólo una de aquellas incomodidades podía ser combatida dentro de la celda y Dèverov optó por hacer algo de ejercicio para entrar en calor. De paso esperaba que el ruido hiciese que alguien reparase en él.

Comenzó a saltar abriendo y cerrando brazos y piernas, y una tenue sensación de calor empezó a invadirle, pero estaba débil y un mareo le hizo volver a su camastro.

Desconocía qué hora sería, pero el ventanuco de la pared arrojaba algo más de calidez a la estancia. Dèverov pensó que debían ser ya las horas centrales del día. No pudo aguantar más y volvió a orinar en la misma esquina de la noche anterior. Esta vez mientras lo hacía se preguntaba si no estaría desperdiciando un importante líquido que pronto le haría falta. El fuerte olor y el color amarillento oscuro del orín le hicieron desistir inmediatamente de beber sus propios fluidos corporales. Aún no estaba tan desesperado.

Pudo oír como el ajetreo del exterior de las celdas se diluía y volvía a recuperarse sin que nadie accediese a los calabozos a interesarse por él. Cuando notó que caía la noche, Dèverov empezó a preocuparse de verdad. Sería su segunda noche allí y ni siquiera le habían ofrecido agua. Debía pensar en cómo salir de aquella celda por sus propios medios.

Su cuerpo se adaptó a la ausencia de agua dejando de orinar y por suerte las necesidades mayores no habían hecho acto de presencia por el momento. Volvió a acurrucarse en el duro camastro hasta que le venció el sueño mientras intentaba idear un plan de escape.

No fue la luz sino el ruido de la puerta de madera abriéndose lo que despertó a Dèverov a la mañana siguiente. Un policía uniformado accedió al calabozo y le miró con cara de asco mientras abría la puerta de su cautiverio.

—Nos vamos —dijo sin expresión en el rostro.

—Agua, por favor —fue la única y suplicante respuesta.

— Ya te darán agua en el sitio al que vas. Levántate y date la vuelta.

Dèverov obedeció lentamente y notó como era esposado. De inmediato, el policía le empujó hacia la salida bruscamente. El muchacho estuvo a punto de trastabillarse y golpear con su cabeza la celda de enfrente, pero consiguió mantener el equilibrio in extremis.

Fue conducido a través de la estación de Milítsiya, donde los funcionarios fueron totalmente indiferentes a su estado o a sus súplicas para que le diesen agua. En el exterior esperaba un furgón. Dèverov fue introducido en la parte trasera, donde sólo había un banco metálico. Mantuvieron las esposas en sus muñecas y cerraron las puertas tras él. No había ventanas por lo que quedó en una completa oscuridad.

A una distancia prudencial, el agente Boikalov observaba la escena y se disponía a seguir aquel furgón.

El trayecto apenas duró unos minutos, sin embargo, pudo notar como el vehículo abandonaba las calles y carreteras asfaltadas para tomar algún tipo de carril o camino de tierra bastante más irregular. Al fin, el transporte se detuvo y se abrieron las puertas.

Dèverov necesitó unos instantes para que sus pupilas se adaptasen a la luz antes de poder leer unas letras de forja ennegrecida que recordaban a las fotos que había visto de la entrada de Auschwitz, sólo que en este caso el texto escrito era:

«домой для детей-сирот»[1].

Dèverov no pudo evitar sonreír al pensar que lo había conseguido.

El policía que le acompañaba le tiró sus pertenencias a la cara y le empujó al interior de un recinto situado a las afueras de Serov. Altos muros coronados con un alambre de espino oxidado, daban paso a una zona que posiblemente fue ajardinada el día de la inauguración. A unos pocos metros del muro había un único edificio con aspecto de colegio, numerosas faltas en su pintura, tres plantas y un fuerte enrejado en todas y cada una de sus ventanas. Tras él se intuían varias hectáreas de terreno cultivado.

En la puerta esperaban dos hombres también uniformados que pegaron la frente del muchacho a la pared para retirar las esposas y devolvérselas al policía. Dèverov quiso llevar sus manos hacia adelante para masajearse las muñecas, pero uno de los guardias se las tomó rápidamente y las mantuvo en la espalda al tiempo que le empujaba haciendo que su frente chocase bruscamente con la pared.

—Quieto —le dijo como único saludo.

Dèverov casi no se atrevía a respirar. El policía se despidió y le introdujeron en el edificio cerrando las puertas tras él con atronador sonido metálico de cerrojos y pestillos.

Fue conducido a un baño común donde casi le arrancaron la ropa sin mediar palabra. Dèverov se encontró desnudo ante los dos fornidos guardias que le empujaron contra una pared de azulejos blancos y enchufaron una manguera de agua fría contra él. La presión era fuerte y le hizo dar un par de pasos atrás, pero Dèverov sólo pensaba en ahuecar las palmas de sus manos para poder beber. Los guardias le dejaron hacer antes de lanzarle jabón y pedirle, con la misma rudeza que venían usando, que se frotase.

Dèverov, saciada su sed, obedeció al instante.

Le lanzaron una toalla de pequeñas dimensiones a la cara y le dieron una nueva instrucción:

—Sécate muy bien.

Dèverov no supo a qué se debía aquella orden, pero decidió obedecer para evitar problemas. La respuesta vino cuando le lanzaron desinfectante en polvo a puñados. El polvo blanco le cubrió la cara, le entro en los ojos, se le mezclo con el cabello y se repartió con más o menos fortuna por el resto de su cuerpo. Dèverov aprendería en los siguientes días que aquel desinfectante provocaba quemaduras en contacto con el agua.

Como única prenda de vestir le suministraron una especie de bata marrón sin mangas. Un agujero para la cabeza, dos para los brazos y una caída recta hasta las rodillas. El tejido era muy fino para Rusia central, y tremendamente áspero. Uno de los guardias le tomó de la axila y le hizo caminar a su lado mientras el otro recogía la ropa y calzado de los que se había despojado minutos antes, junto con la pequeña bolsa con el resto de sus pertenencias.

El desinfectante que le había entrado en los ojos le estaba haciendo llorar profusamente y casi no veía los pasillos por los que era conducido, sin embargo, cierta sensación de calor le hizo entender que accedía a la zona administrativa del edificio.

Al fin, llegaron a un despacho y el guardia le sentó en una silla que crujió peligrosamente bajo su peso. Dèverov consiguió aclarar su mirada y observó la austeridad de la estancia. Paredes verde quirófano, mesa apolillada, una ventana de cristal verdoso, dos estanterías torcidas por el peso de unos pocos libros polvorientos, un archivador metálico y un retrato enmohecido de Nikita Kruschev.

Al otro lado de la mesa una mujer leía unos folios amarillos como si no hubiese accedido nadie a la estancia. Era la directora del orfanato, Olga Paulova.

Tenía el cabello oscurecido con un tinte probablemente aplicado por ella misma, labios muy finos y ojos azules. Debía tener entre cincuenta y sesenta años, y cuando al fin dirigió los ojos hacia el muchacho que tenía enfrente, Dèverov pudo comprobar que su mirada era gélida.

—Seamos claros desde el principio —comenzó con voz serena y autoritaria—, nadie adopta a un niño de quince años.

Paulova hizo una larga pausa buscando alguna reacción en su interlocutor. No la obtuvo.

—Estarás aquí hasta la mayoría de edad y no vas a estar de vacaciones. Si quieres comer tendrás que trabajar, si quieres ropa tendrás que pagarla y si quieres algún privilegio tendrás que ganártelo.

Dèverov asintió lentamente como respuesta.

—Si huyes serás considerado un delincuente y tu próximo destino será una cárcel de adultos con bastantes menos comodidades que aquí. Estás obligado a ir a clase tres días a la semana y a trabajar los otros cuatro. Se te asignaran tareas para que puedas ganarte tu derecho a la comida y todo lo demás. Esta semana comerás y te daremos mantas porque empezaremos confiando en ti, pero igual que te doy esos privilegios puedo quitártelos, ¿entendido?

—Sí, señora.

—¿Sabes leer y escribir?

—Sí, señora.

Paulova se levantó para acceder al archivador y sacó una ficha preimpresa.

—Tienes un acento raro, ¿de dónde eres?

—De Buylesan, una aldea en la frontera con Mongolia junto al lago Toroy —contestó Dèverov con la lección bien aprendida.

—¿Comerciantes de ganado?

—Sí, señora.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Paulova mientras comenzaba a anotar información en la ficha.

—Mi madre murió y mi padre nos abandonó. A mi hermana la adoptó una familia del pueblo. Yo me quedé solo y pensé en llegar a Moscú para buscar trabajo.

—¿Andando desde Mongolia?

—Casi siempre, señora.

—Dimitri… —Paulova levantó la mirada de la ficha que estaba rellenando y fijó los ojos en Dèverov—, tendrás que mentir mejor para sobrevivir aquí.

Dèverov mantuvo la mirada y el silencio.

—Todos los ladrones que llegáis aquí contáis la misma historia. Me da igual si no quieres contarme la verdad, pero no me tomes por idiota.

Dèverov bajo la mirada al suelo, inseguro.

—Rellena ahora lo que sepas de esto —concluyó Paulova tendiendo la ficha al muchacho―. Seguiremos hablando.

Dèverov consignó los mínimos datos posibles en aquella ficha que tenía perfectamente memorizada y se recostó sobre la silla al acabar.

—Bien. Puedes irte —dijo Paulova.

—¿Cuándo me darán mi ropa? —preguntó Dèverov al salir.

—Cuando esté desinfectada —contestó ella sin levantar la mirada de la mesa.

Dèverov fue asignado al equipo de agricultura. Rápidamente descubrió que aquellos campos tras el edificio principal eran un patatal, pues no crecía otra cosa, del que se alimentaba el propio orfanato y cuyos excedentes se vendían en el mercado de Serov. Además de la paupérrima asignación estatal y las donaciones que estaban obligados a hacer los padres que adoptaban a algún chico, aquel patatal era la única fuente de ingresos de la institución.

El segundo día de estancia, a Dèverov le fue devuelta su ropa y pudo usar al fin algún calzado. Le tocaba trabajar los campos y cuando se dirigía a ellos fue asaltado por tres chicos que aparentaban su edad y llevaban ya años en el orfanato.

—El nuevo —dijo uno de ellos mientras los otros dos le rodeaban.

Dèverov calculó sus posibilidades intentando que no le arrinconasen.

—Bonitos zapatos —dijo otro de los chicos.

El joven agente de la CIA miró un instante al suelo, pero elevó su mirada justo cuando vio venir un puño hacia él. Instintivamente esquivó el golpe con una de sus manos mientras con la otra atrapaba la laringe de su atacante, dando muestras de su excelente adiestramiento. Sin embargo, sabía que no podía ofrecer pistas de su entrenamiento y de su verdadera identidad.

Aunque vio venir el golpe de otro de sus atacantes, permitió que impactase contra su cara y aprovechó el momento para soltar la garganta del primer agresor e irse al suelo. Allí se protegió la cabeza con los brazos y se dispuso a recibir la tunda.

Los tres chicos patearon al supuestamente indefenso recién llegado hasta que se aburrieron.

Desde la ventana de su despacho, Paulova observaba la escena en silencio con una taza humeante de café en la mano. Dejó hacer a los atacantes confiando en que no se excediesen y al fin los vio irse entre muestras de euforia. Inmediatamente pudo observar como Dimitri se movía dolorido y terminaba incorporándose mientras se palpaba las costillas, un brazo y la nariz. Al instante apareció uno de los guardias del orfanato.

—¿Te has caído, chico? —preguntó socarrón.

El guardia pudo ver la nariz sangrante del muchacho y le llevó a la enfermería.

Dèverov cambió la cama de la habitación común donde le habían situado, por una en la enfermería durante tres días. Probablemente tenía una costilla fisurada, aunque sólo le ofrecieron un vendaje y esporádicamente, algún analgésico.

El tercer día le obligaron a abandonar la enfermería y le indicaron que debía incorporarse a la rutina. Por suerte le tocaba clase, y no trabajar en el patatal, por lo que tuvo unas horas más de recuperación.

Sin embargo, tras las clases, al intentar acceder al comedor, uno de los guardias le prohibió el acceso.

—Debes ir al despacho de Paulova, acompáñame.

Dèverov no estaba especialmente hambriento y obedeció de buen grado.

En el despacho, la directora Paulova le esperaba de pie fumando un cigarrillo junto a la ventana.

—Me han dicho que no has trabajado los últimos días, Dimitri —dijo ella sin rodeos al tiempo que expulsaba el humo por entre sus labios.

—He estado… —Dèverov quiso excusarse, pero fue interrumpido.

—Pensé que te habían quedado claras las normas de este sitio. Para comer hay que trabajar. Tienes que ganarte tus privilegios.

—He estado en la enfermería —pudo explicarse al fin.

—Sí, y al salir has decidido irte a clase en vez de a trabajar.

—Era lo que me tocaba hoy, señora.

—Pues entonces hoy no te toca comer —dijo Paulova volviéndose hacia él antes de dirigirse a su mesa.

Tomó asiento con decisión y extrajo de entre unas cuantas la ficha de Dèverov.

—¿Cómo te llamas?

—Di… Dimitri Dèverov, señora.

—¿De dónde eres?

—De una aldea junto al lago Toroy, cerca de Mongolia.

—¿Dónde están tus padres?

Dèverov no contestó a la última pregunta y sostuvo la mirada a Paulova.

—¿Tienes hambre? —preguntó ella.

—No mucha.

—Mejor para ti. Puedo hacer mucho más cómoda tu estancia aquí si me das respuestas, pero no con esa actitud… Ahora puedes ir a trabajar o a tu habitación. Lo que prefieras. —Paulova soltó la ficha de Dèverov con desprecio sobre la mesa y le hizo un gesto con la mano para que saliese de su despacho.

Dèverov sabía lo que debía hacer y se dirigió al patatal a pesar del dolor en sus costillas.

Por el camino se encontró con dos de sus agresores de la anterior ocasión. Dèverov se puso inmediatamente en guardia, pero los dos chicos no mostraron una actitud ni mucho menos hostil.

—¿Estás bien? —preguntó uno de ellos.

Dèverov no confió en el carácter amigable de la pregunta y no contestó

—Tranquilo —dijo el otro atacante con tono tranquilizador—, no vamos a hacerte daño.

—Fue sólo una bienvenida —dijo el primero de ellos.

—Teníamos que saber de qué pasta estabas hecho.

—¿Y quedasteis satisfechos? —preguntó Dèverov.

—Tú no te has chivado y la bruja te ha dado su particular bienvenida. Todos contentos —dijo el más robusto de los dos.

—¿La bruja? ¿Paulova? —acertó Dèverov.

—Le gusta enseñar las normas de este sitio de la forma más dura posible. Tranquilo, mañana te dejará comer.

—Es un alivio —dijo Dèverov queriendo seguir su camino a los campos.

Los dos atacantes le acompañaron y comenzaron a explicarle las normas no escritas del orfanato. Se alejaron del edificio central lo suficiente para no ser vistos y, antes de volver, incluso regalaron a Dèverov un analgésico robado de la enfermería.

En los siguientes días, Dèverov fue amonestado por las nimias razones y llevado al despacho de Paulova por cualquier circunstancia por insignificante que ésta fuese. Allí, las mismas preguntas y las mismas respuestas.

La sexta semana, Dèverov se dio cuenta de que llevaba al menos nueve días sin pasar por el despacho de Paulova. Aquella mañana buscó una pelea en el comedor a la hora del desayuno. Estampó una bandeja metálica contra la frente de un chico provocando más estruendo que daño al agredido, e inmediatamente fue conducido al despacho de Paulova.

La directora, al verle, se levantó y se dirigió al archivo para buscar su ficha. Por primera vez desde que llegó allí, aquella ficha con sus datos no estaba sobre la mesa apolillada de Paulova.

—¿Estás buscando problemas, Dimitri?

—No, señora. Ha sido un accidente.

—Pues vamos a tener que evitar los accidentes. Hoy y mañana no accederás al comedor. A ver si el hambre te hacer ser más cuidadoso.

—Sí, señora.

Paulova se disponía a repetir la batería de preguntas habituales al muchacho, pero cerró la ficha de Dèverov abruptamente y la devolvió al archivador sin mediar palabra.

—Puedes irte.

Dèverov salió del despacho con media sonrisa. Se dirigió a su habitación y se cambió la sudadera gris que llevaba por un jersey rojo roído que había llevado consigo entre sus escasas pertenencias. Tras ello se dirigió al patatal.

 

*

 

El agente Boikalov accedió en mitad de la noche con facilidad y absoluto silencio al minúsculo piso de la directora Paulova. Era un edificio pobre y antiguo de las afueras de Serov, lo único que podía permitirse un funcionario público de bajo rango como ella.

En opinión de Boikalov, la cerradura de la puerta la hubiese abierto un niño de ocho años. Accedió a una estancia donde lo único agradable era la temperatura, y que servía de salón y cocina. Al fondo había una puerta de un blanco amarillento entreabierta. Al empujarla, las bisagras chirriaron y Paulova despertó de su sueño, aunque sin alterarse. Buscó una posición mejor en su cama sin abrir los ojos y no vio como el agente de la CIA se acercaba a ella con total sigilo con una Luger P08 Parabellum con un silenciador artesanal en sus manos.

Finalmente aquella presencia hizo reaccionar a Paulova, que abrió los ojos para ver como recibía un disparo en el esternón y otro en la frente.

Boikalov guardó su arma aún caliente y se dispuso a revolver un poco la estancia, abrir cajones y provocar el desorden haciendo para ello el mínimo ruido posible.

 

 

 

 

Langley. Virginia. EE. UU.

Despacho del director Tom Ramírez.

En la actualidad.

 

—No lo entiendo, ¿porque mataron a Paulova? —preguntó incómoda la vicepresidenta Fain.

—En realidad la mató la burocracia rusa —comenzó Howard Gordon ante la incredulidad de Fain—. Durante la segunda guerra mundial murieron veinte millones de rusos dejando una importante cantidad de viudas incapaces de mantener a sus hijos o directamente a niños huérfanos. Los orfanatos se convirtieron en instituciones importantes y bien dotadas de las que después se surtía el ejército. Habían pasado treinta años desde la guerra y su importancia había decaído mucho, así como sus asignaciones estatales, pero persistía algo que no había cambiado: la ley de expedientes limpios.

—Explíquese —dijo el director Ramírez.

—Aquellos orfanatos se llenaron de niños después de la guerra y las bombas nazis no hacían distinciones. Igual llegaban niños de familias acomodadas que pobres aldeanos o los hijos de un general. Las autoridades rusas instauraron la ley de expedientes limpios, por la que borraban los antecedentes de los chicos que ingresaban en aquellas instituciones. Todos debían ser tratados por igual y sus expedientes no debían contener datos anteriores a su fecha de ingreso. Las únicas personas que podían ofrecer un testimonio sobre el pasado de los chicos eran los directores de los orfanatos y por lo que recordasen de ellos. Dèverov pasaría tres años en aquel infierno perfeccionando su acento y mezclándose con los demás chicos. La única persona que podía atestiguar su pasado confuso y recordar su extraño acento era la directora Paulova. Una vez que supimos que el expediente estaba en el archivador, solo había que eliminarla y dejar que un nuevo director llegase al centro.

—Pero era una mujer inocente —dijo Fain asqueada.

—Estábamos en guerra y era el enemigo. No era inocente —contestó abruptamente Howard Gordon.

La vicepresidenta negó con la cabeza y volvió recostarse con brusquedad sobre el respaldo de su silla.

—Encontraron una fisura en la burocracia rusa —dijo la agente Richardson pensativa y sin ánimo de juzgar el acto.

Howard Gordon sonrió y asintió con la cabeza complacido y con un atisbo de sonrisa en su rostro.

Mientras, el director Ramírez le miraba entre asqueado y horrorizado.

—Desconozco los protocolos de la CIA en los setenta, pero me parece deleznable. Esa mujer distaba mucho de ser un enemigo de este país —dijo el director Ramírez visiblemente incómodo con lo que acababa de oír, mientras se santiguaba.

—Y todo ello sin olvidar que prácticamente abandonamos a un chico a su suerte en territorio hostil. No tenía edad para pedir un whisky en un bar, pero sí para morir por su país —dijo la vicepresidenta Fain continuando la reprimenda a Gordon.

—Creo que se les olvida que el plan salió bien. Ese «chico» —dijo Howard Gordon remarcando sus palabras— ha llegado a lo más alto de las instituciones rusas, nos ha suministrado información durante cuatro décadas y ha influido decisivamente en la derrota de nuestro principal enemigo —Howard acabó la frase alzando en exceso la voz.

—No podemos negar que el plan tuvo éxito —remarcó Hilfiger.

—¿Y si no hubiese sido así?, ¿y si lo hubiesen matado en aquel orfanato o se hubiese perdido en el escalafón militar? —preguntó Fain buscando errores en la estrategia de infiltración seguida por Howard Gordon.

—En el peor de los casos contábamos con conseguir un elefante blanco, señora vicepresidenta —contestó Gordon sin mirarla.

—¿Un elefante blanco? —preguntó Tom Ramírez haciendo suya la cuestión que todos tenían en mente.

—En la India anterior a la colonización inglesa, era un inmenso honor poseer un elefante blanco. Solo los más adinerados podían permitírselo. La cuestión es que su posesión llevaba aparejada la obligación de exhibirlo ante el público y agasajar a aquellos que acudían a verlo. Con el tiempo, cuando un noble quería dañar la economía de un rival en sus negocios, le regalaba un elefante blanco. Los costes de mantenimiento eran tan altos que muchos acababan arruinados. Era un regalo envenenado —explicó con tono paternalista Howard Gordon.

—Como poco hubiese sido un estorbo —apostilló Hilfiger.

—Exacto. Pero fue mucho más que eso —dijo Gordon mirando a Hilfiger desde detrás de sus cristales anaranjados.

Todos en el despacho del director Ramírez miraron a Gordon en silencio unos instantes. El ex agente se mostraba pletórico y exultante por su obra. La agente Richardson fue la primera en apartar su mirad de Gordon y volver a sus papeles.

—Bien. Volvamos al orfanato —dijo la vicepresidenta Fain intentando pasar página del asesinato de la directora—. ¿Qué ocurrió después?

—Dèverov tenía el adiestramiento necesario y una misión. Dos valores importantes para sobrevivir en una situación así. Pronto se convirtió en el líder de aquel lugar. Los más jóvenes le respetaban y los mayores le temían. Logró perfeccionar su acento hasta parecer uno más, y la llegada del nuevo director, unos meses después, sirvió para enterrar su pasado como esperábamos —continuó relatando Gordon.

La agente Richardson intentaba prestar atención al relato de Howard Gordon al tiempo que estudiaba el copioso expediente HG307. Pasaba páginas, leía de forma vertical, volvía atrás, enarcaba las cejas, miraba a Gordon inquisitivamente y volvía a leer.

—Hay varios periodos sin información en aquella época, ¿a qué se deben? —intervino Dana Richardson que notaba al fin seca su camisa y había ganado seguridad.

—Dèverov informaba a través de Boikalov. Era su único contacto con la CIA y éste no podía estar constantemente a las puertas del orfanato. Pasaban meses sin verse y tampoco consideramos relevante la información que pudiera suministrarnos en aquellos años —explicó Gordon.

La joven agente oía, pero no miraba a Gordon.

—Dejaron solo a nuestro agente —dijo el director Ramírez buscando la aprobación de la vicepresidenta Fain a sus palabras.

Ella le miró, pero no hizo gesto alguno. Mantuvieron un segundo la mirada y se volvió hacia Gordon.

—¿Afectó la llegada del nuevo director? —preguntó Fain ignorando a Ramírez.

—El nuevo director era un funcionario apocado amante de los formalismos y la burocracia. Pensó que podía convertir aquella institución en un hotel rentable y se concentró en la economía y en sacar partido del espacio de que disponía, pero apenas mantenía contacto con los chicos que tenía a su cargo. Su llegada fue un golpe de suerte.

—Nuestro chico pudo moverse libremente —intervino Hilfiger.

Howard Gordon hizo un gesto de aprobación con la mirada.

—¿Cómo llegó al Ejército Rojo? —preguntó la agente Richardson sin levantar la mirada del expediente que mantenía sobre sus muslos.

Tom Ramírez y la vicepresidenta Fain asintieron al unísono con la cabeza dando por buena la pregunta y mirando inquisitivamente al ex agente.

—Los militares se nutrían constantemente de los internados, orfanatos y reformatorios rusos. Cada pocos meses hacían alguna campaña de reclutamiento en estos centros. Dèverov tuvo la prudencia de no alistarse a la primera ocasión cuando ya tenía oficialmente la edad suficiente —empezó Gordon hasta ser interrumpido por Ramírez.

—¿Por qué no salió de allí en cuanto tuvo ocasión?

—Para evitar a algunos otros chicos de su edad que le conocían. Todos querían salir de allí a la primera oportunidad. Dèverov les animó a alistarse e incluso fingió hacerlo él mismo, pero nunca entregó la solicitud. Esperó a una segunda fase de reclutamiento, evitó que se le viese ansioso y cuando llegó a su acuartelamiento no tenía un solo acompañante de su orfanato —explicó Howard Gordon con cierto halo de orgullo en sus palabras.

—Volvía a estar solo —dijo el director Ramírez.

—Solo y con su pasado perfectamente enterrado —apostilló Gordon.

—Suerte para aquellos chicos, usted no hubiese dudado en matarlos a todos —dijo la vicepresidenta Fain con una expresión de asco dibujada en el rostro.

Gordon esquivó la mirada de Fain para no tener que darle la razón. Él hubiese arrasado el orfanato y toda la ciudad de Serov si con ello infiltraba a su agente, pero no esperaba que la vicepresidenta entendiese las motivaciones de la CIA durante la Guerra Fría.

—Bien. Ya le tenían donde querían y con una buena tapadera. ¿Cómo logró ascender en el ejército? —preguntó el director Ramírez intentando rebajar la tensión al tiempo que reforzaba los aspectos positivos del trabajo realizado por su organización.

—Dèverov había vivido bajo un ambiente marcial desde que tenía trece años, primero en la Academia Militar de Nueva York, donde le recluté. Después en la propia CIA, y más tarde en aquel orfanato que, desde luego, no era Disneyland. Encajó bien desde el primer día, era disciplinado, estaba acostumbrado a las órdenes, a los uniformes y a la vida castrense en general. En un mes le eligieron como sargento de su unidad y pasó sin dificultades el periodo de adiestramiento —continuó Gordon.

—¿Dónde le enviaron? —preguntó Hilfiger.

—A Moscú —contestó Gordon.

—Un golpe de suerte —opinó Hilfiger.

—No exactamente. Había cierta permisividad a la hora de elegir destino. En general se respetaban los deseos de los reclutas para garantizar que se reengancharan. La mayoría prefería estar cerca de sus familias y, en el caso de Dèverov no le hicieron preguntas. Él pidió Moscú y se lo concedieron sin cuestionar su motivación.

—¿Boikalov le siguió allí? —preguntó Fain que seguía francamente incómoda aquel relato.

—No, en Moscú teníamos una pequeña infraestructura que podía encargarse mejor de Dèverov. Boikalov se quedó en el este —dijo Howard Gordon continuando su relato.

—Informar desde un recinto militar sería bastante más complicado, ¿cómo lo consiguieron? —preguntó Dana Richardson.

—En cuanto acabó la etapa de formación, los soldados podían elegir entre vivir en su acuartelamiento o en el exterior. La mayoría compartía pisos fuera. Dèverov optó por no compartir, claro. Necesitaba cierta privacidad y su salario como sargento le permitía algún pequeño lujo como este. Alquiló un estudio en un inmenso edificio de apartamentos al oeste de Moscú, cerca del parque Izmáilovski. Desde allí no fue difícil mantener el contacto.

—Howard, lo que no entiendo bien —dijo la vicepresidenta Fain con verdadero interés por la historia casi por primera vez— es cómo hicieron ascender a Dèverov en el ejército y en el partido comunista. Había miles…, millones de soldados. ¿Cómo consiguió destacar hasta llegar a la Asamblea Federal?

—Como imaginará, la CIA tuvo que prestar bastante ayuda. Un poco más tarde tuvimos un importante golpe de suerte.

 

 

Continuará…

 

 

Expediente Dèverov es una novela por entregas de Jose Barroso.

Expediente Dèverov ©

Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra en cualquier medio, formato o plataforma, sin el consentimiento expreso del autor.

Corrector y asesor lingüístico: Victor J. Sanz.

Diseño de portada: Jose Barroso.

 

[1] Hogar para niños huérfanos.

By | 2019-10-06T11:19:44+00:00 octubre 4th, 2019|Expediente Deverov|0 Comments

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