Expediente Dèverov. Parte I.

 

Expediente Dèverov.

Jose Barroso.

Parte I

…provocar una distracción.

 

Puedes descargar Expediente Dèverov parte I aquí:  Dèverov I

Expediente Dèverov ©
Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

 

 

«Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier

 lugar en el que te encuentres».

Sun Tzu.

El Arte de la Guerra.

 

 

Oeste de Moscú. Parque Izmáilovski.

En la actualidad.

 

«Todas las banderas, enseñas, escudos, himnos y símbolos que alguna vez han representado a una nación, un territorio, a una simple región o un grupo de hombres, han caído. Todas. Y el día en que cayeron fue un buen día. La gente salió a las calles a celebrarlo», pensaba Dèverov mientras el gélido aire de aquel atípico mes de marzo le golpeaba el rostro durante su lento paseo entre la alameda principal del parque Izmáilovski. El invierno había sido duro y la primavera no lo estaba siendo menos. Las nieves aguantaban en los alrededores de Moscú, y aquel parque, por su extensión, permitía una visión prácticamente blanca a ras de suelo, jalonada por el típico color rojizo de los edificios de mayor altura que dominaban en el horizonte.

Con sesenta y dos años cumplidos, Dimitri Dèverov peinaba su escaso y cano cabello con raya a un lado. Tenía unos intensos ojos azules y la figura algo más encorvada de lo que le gustaría, aunque ello disimulase su irreductible barriga.

Vestía traje azul festoneado con su inseparable pin de la Federación Rusa, camisa blanca, corbata roja y un abrigo azul marino que le llegaba hasta los tobillos y que llevaba abierto para poder meter las manos en los bolsillos del pantalón. Cualquiera de los runners que deambulaban a su alrededor hubiese pensado que su indumentaria era escasa para los dos grados del atardecer moscovita, que pronto descenderían hasta los ocho  bajo cero, pero Dèverov quería dejarse ver así. Era necesario y el frío era lo de menos.

Como presidente de la Asamblea Federal, le costaba salir a la calle sin escolta, pero sus paseos por el parque Izmáilovski se habían hecho frecuentes durante más de treinta años para su equipo de seguridad y, dentro del amplio recinto, le dejaban hacer. Dèverov dirigió sus pasos distraídamente hasta la orilla del Serebrianka, alzó la mirada y giró la cabeza de lado a lado, respiró profundamente y dijo en voz alta:

—La suerte está echada.

Se giró sobre sus talones casi de un salto con sorprendente agilidad. Se aseguró de que ninguno de los miembros de su equipo de seguridad estaba cerca y, con la certeza de que le habían dejado pasear tranquilo una vez más, intentó cruzar la mirada con varias de las personas que había a su alrededor. Primero uno de aquellos runners de irrenunciables auriculares blancos. Una madre de mejillas sonrosadas que paseaba a su bebé en un carrito bajo toneladas de mantas. Un anciano de mirada perdida y bastón. Una pareja que caminaba abrazada por la orilla del río…; nadie reparó especialmente en él. Dèverov retomó su paseo en dirección opuesta a la que había llegado, alcanzó las puertas de forja rematada con apliques dorados que daba acceso al parque y divisó el Mercedes Benz negro que usaba como coche oficial. Sus guardaespaldas arrojaron al suelo empedrado los cigarrillos que consumían. Uno de ellos le abrió la puerta trasera mientras el otro se dirigía a su posición como chófer.

—¿A su residencia, señor?

—No, al Kremlin. —Dèverov pensó en Shoigulev, el ministro de defensa, debía encontrarse con él

El vehículo arrancó dejando atrás una pequeña estela de gas blanquecino y se incorporó al saturado tráfico de la ciudad como uno más.

 

 

Es cierto que la historia la escriben los ganadores... pero basándose en las mentiras que más les benefician. Expediente Dèverov, una novela por entregas de Jose Barroso. https://jose-barroso.es/expediente-deverov-parte-i Clic para tuitear

 

 

 

Langley. Virginia. EE. UU.

Sede central de la CIA

Dos días después.

 

Un despacho en la tercera planta, en una esquina del edificio con un total de cuatro ventanas orientadas al este y al sur. Todo un fracaso en opinión de los recién licenciados.

En la academia corría el rumor de que el despacho del director de la CIA estaba justo en el centro del edificio, en la planta baja y carecía totalmente de ventanas para evitar el espionaje. Lo cierto es que ninguno de los reclutas que llevaba a cabo su formación en Langley había estado ni había visto siquiera remotamente el despacho del director Ramírez, pero la historia era persistente y en gran medida convincente. Cuando los reclutas culminaban su formación, la ubicación y número de ventanas de sus despachos pesaban como una losa en la mentalidad de los nuevos agentes: a más ventanas, menos futuro.

El despacho que Dana Richardson ocupaba desde hacía dos años gozaba de una orientación e iluminación natural tales, que la agente Richardson casi se da por despedida de la agencia el primer día que accedió a él. Tuvo la precaución de cambiar de sitio todo el mobiliario para que la pantalla de su ordenador no fuese visible desde el exterior, lo que la obligó a acomodarse contra la única pared que carecía de aquellas ventanas o puerta de acceso. El conjunto acabó dando una sensación extraña. Cualquiera hubiese colocado su escritorio frente a la puerta y de espaldas a las cristaleras, pero la agente Richardson casi hacía chocar la puerta de acceso a su despacho contra el escritorio y dejaba un gran espacio entre éste y las ventanas, ocupado tan sólo por la impresora multifunción inalámbrica.

En la pared que quedaba a su espalda había colgado únicamente su título enmarcado como analista de la CIA. El resto del mobiliario lo componían dos sillones de cortesía frente a su mesa y una estantería semivacía a la derecha de la puerta.

La agente Richardson había cumplido los veintiséis años. Tenía media melena castaña con la que jugueteaba constantemente. Ojos celestes, piel clara y labios carnosos y rojizos. Con 1,65 de estatura y 52 kilos de peso, llegaba por los pelos a la envergadura mínima exigida para entrar en la academia. En opinión de sus compañeros e instructores, Richardson era muy atractiva, lo que le había abierto muchas puertas durante la adolescencia, pero no hacía más que crearle problemas desde su llegada a Langley. Sus compañeros decían que era demasiado guapa para ser lista, y sus superiores la consideraban demasiado llamativa para pasar desapercibida. Un perfil así sólo podía tener un destino en la CIA: analista de datos.

Dana Richardson tenía asignados una cincuentena de agentes de los que no conocía sus identidades. Su trabajo consistía en leer sus informes, analizar la información y separar lo irrelevante de aquello que podía tener alguna utilidad, e informar de esto último.

Los agentes no tenían una cadencia fija para hacer llegar sus informes a Langley. Lo hacían en función de su grado de infiltración, de sus posibilidades de comunicarse sin ser descubiertos y de su destino. Normalmente tenían a alguien sobre el terreno a quien transmitir sus pesquisas y éste último era quien enviaba la información encriptada a Langley.

Había días en que Richardson no tenía nada nuevo que analizar y días en los que llegaban juntos veinte reportes.

El ochenta por ciento de los informes eran pequeños diarios de los agentes en los que hablaban más de sus miedos, frustraciones y soledad, que del ambiente político o económico del lugar donde cumplían misión. Dana Richardson, en aquellos dos años analizando información, se había convertido casi en una terapeuta que ponía de manifiesto cuándo un agente parecía demasiado quemado en su puesto, o del momento en que les afectaban más sus miedos internos que los peligros reales que parecían acecharles. El destino de toda aquella información, que ella tan sólo volcaba en la intranet de Langley, era un misterio para la agente Richardson. Desconocía si alguien leía sus informes y si alguna vez se tomaban medidas ante sus advertencias. Desconocía sobre quién informaba, a quién informaba o si había más analistas procesando los mismos datos. Cada analista de la CIA era un compartimento estanco en sí mismo para que una posible filtración pudiese ser rápidamente detectada y contenida.

Aquel día no iba a ser diferente.

Dana comenzó a leer los nuevos informes que parpadeaban en la pantalla de su ordenador, con una mano en el teclado y la otra dibujando un tirabuzón en su cabello.

Un agente informaba desde Berlín de sus serias sospechas de que su coartada como limpiador de la embajada había sido descubierta. «Debe tener cierta edad», pensaba la agente Richardson; pues los achaques sobre dolores en las articulaciones eran continuos. Dana decidió informar de que el agente o bien había sido verdaderamente descubierto, o quería que le descubriesen.

Otro hablaba de su soledad desde su puesto avanzado en algún desierto en Oriente Medio, de que consideraba inútil su trabajo y de su frustración. Para Dana era un destino de castigo. Sólo había información sobre el consumo de agua en aquel infierno, sobre las temperaturas y sobre encuentros puntuales con comerciantes de camellos.

El tercer informe de la mañana era una escueta solicitud de jubilación desde un país sin identificar. Alguien se había cansado de quejarse veladamente y había decidido pasar a la acción. El agente solicitaba formalmente una extracción de su puesto de infiltrado. La solicitud era casi una exigencia.

Dos informes irrelevantes sobre hábitos de líderes australianos.

La enésima amenaza de revueltas en Venezuela con militares vendiéndose al mejor postor e ideales cambiantes en función de las encuestas electorales.

La identidad de la amante de un líder griego junto con su número de teléfono y la ubicación de su nidito de amor. Era el hotel más caro de Mitilene y el político en cuestión parecía estar usando un avión del ejército para visitar a su amante a costa del erario griego. El agente recomendaba hacer pública la información para dejar caer al líder heleno, cercano a las posiciones de la izquierda europea. La agente Richardson estuvo de acuerdo y suscribió la recomendación.

Dos letras y tres números sin aparente sentido como identidad del remitente, descartar la mayor parte de la información, cortar y copiar las partes sensibles y demasiado tiempo para mirar por la ventana o dar paseos hasta la máquina de café del pasillo. Dana consideraba pésimas todas las opciones que ofrecía aquella máquina, pero había terminado acostumbrándose a ella.

No era lo que la agente Richardson había soñado al entrar en la academia.

Cuando acabó de subir la información que había considerado relevante, la agente empujó su mesa para hacer que las ruedas de su silla la separasen de ella, se puso en pie y se dirigió al aseo. Llevaba un traje pantalón negro con camisa blanca abotonada hasta el cuello. Sobria, elegante y disimulando sus ya de por sí leves curvas.

En el baño se cruzó con otra agente que salía. La recordaba de la academia. «Lovato quizás, ¿o era Sadman?», pensó Richardson.

Dana se colocó ante el gran espejo situado sobre los lavabos, repasó sus labios brevemente con un lápiz extraído de su bolso, se colocó la melena, tiró de su americana entallada hacia atrás, entró a uno de los urinarios y al salir repitió todo el proceso.

Iba a volver a su despacho, pero decidió hacer una parada en la máquina de café. Seleccionó un corto de café con mucha leche y sacarina, colocó su bolso a la altura del codo y se dirigió a su cubículo removiendo distraídamente la mezcla mientras sentía en sus dedos el calor a través del vaso de plástico. Al llegar, la puerta entreabierta le deparó una sorpresa: alguien la esperaba sentado en uno de los dos sillones de cortesía al otro lado de su mesa.

La agente Richardson no pudo evitar pensar que aquella persona estaba estrenando el mueble. Puso su rictus más profesional y entró con decisión en su propio despacho fingiendo cierta sorpresa.

El movimiento de la puerta y la irrupción de la agente hicieron volverse lentamente a Alex Hilfiger, director de operaciones especiales de la CIA. Hilfiger tenía cincuenta y dos años, aunque apenas aparentaba cuarenta. No demasiado alto, musculado, pelo corto castaño, profundos ojos verdes, nariz rota y una perfecta sonrisa que dedicaba ahora a Richardson sin decir palabra. Vestía de manera informal con un pantalón chino beige y una camisa blanca con el cuello desabrochado.

Alex Hilfiger era una leyenda viva en Langley. Aunque nada era oficial, se decía que en el año 2000 trabajaba como infiltrado en Berlín y que había conseguido detener un atentado islamista contra el presidente Clinton matando él solo a nueve hombres y deteniendo a otros cinco. La policía alemana dudó de aquella pequeña masacre y consideró a Hilfiger parte de la célula terrorista. El agente fue detenido y confinado en dependencias policiales de dudosa legalidad para ser interrogado. Tras las primeras horas, la policía comenzó a usar más que palabras, cayeron los primeros golpes, amenazas y el asunto acabo en tortura. Hilfiger tan sólo reveló su condición de agente infiltrado y pidió que se comprobase con la embajada. La policía necesitó dos semanas y una batería de coche para hacer aquella comprobación, que resultó ser cierta. Cuando le devolvieron a la embajada en un mar de disculpas diplomáticas, el agente había perdido once kilos y varias piezas dentales. Presentaba marcas de esposas en las muñecas y las pinzas de batería de coche en los dedos de los pies. Necesitó ayuda para bajarse del coche policial y tres semanas en un hospital, pero no perdió la sonrisa.

Probablemente había mucho de exageración en aquella historia, pero Hilfiger tuvo que ser extraído por desvelarse su identidad para los servicios secretos de medio mundo. Acabado para el trabajo de campo, volvió a Langley convertido en leyenda, y la abrupta jubilación de su antecesor le brindó el puesto perfecto para alguien que lo había sido todo en el mundo del espionaje.

Con ese indemostrable currículum, Alex Hilfiger miraba a la agente de arriba abajo sin mover un músculo y con su perfecta sonrisa dibujada en la cara.

—¿En qué puedo ayudarle? —dijo Dana Richardson, mientras depositaba el café sobre la mesa, giraba su silla para tomar asiento e intentaba contener las cosquillas de su estómago.

—¿Sabe quién soy?

—Sí, señor Hilfiger.

—No, mi nombre no. A lo que me dedico aquí —Hilfiger hablaba rápido, pero marcando cada frase con breves silencios.

—Tengo entendido que es usted el supervisor de los agentes infiltrados que están…

—Sí, sí, eso —interrumpió Hilfiger sin dejar de sonreír—. ¿Desde cuándo está en la agencia, Richardson?

—Desde hace dos años, señor.

—¿Siempre ha sido analista? —preguntó Hilfiger permitiendo que por primera vez su sonrisa diese paso a una expresión interrogante.

—Sí, señor.

—¿Conoce al director Ramírez? —volvió a preguntar el veterano agente refiriéndose al director de la CIA, Tom Ramírez.

—No personalmente, señor.

—Deja de llamarme señor, Dana. Alex o Hilfiger es suficiente.

—Sí, señor.

Hilfiger la miró enarcando una ceja divertido.

—Sí, agente Hilfiger —corrigió la agente Richardson.

—Como quiera —comenzó a decir su interlocutor—. Hoy va a conocerle.

—¿A Ramírez?

—Sí, nos reunimos con él en una hora. Estamos esperando a la vicepresidenta. Necesito que descargues todo lo que tengas sobre HG307 y lo lleves a la reunión.

—¿La vicepresidenta?

—Sí. La vicepresidenta Fain.

—¿También voy a reunirme con la vicepresidenta?

—¿Siempre procesas así de rápido la información? —dijo Hilfiger como respuesta―. ¿Tendrás los archivos?

—Sólo los de los dos últimos años, no puedo ver información anterior a mi incorporación.

—Sí, sí puedes. He ampliado tus privilegios en la red interna antes de venir aquí.

—Entonces si los tendré, se…, Alex —contestó Dana titubeante.

—¡Fantástico! —dijo Hilfiger levantándose y dirigiéndose a la puerta—. Bonito despacho —dijo al salir.

—¿Llevo los archivos al suyo? —preguntó Dana cuando Hilfiger ya no estaba allí.

—No, yo vendré a por usted en un rato —dijo el agente alejándose por el pasillo.

HG307, Dana sabía que había procesado algún informe sobre este agente ese mismo día, pero no recordaba haber consignado ninguna información capaz de provocar una reunión con Ramírez y la vicepresidenta Fain.

Tecleó su clave de seguridad y el dichoso código HG307 en el área de búsqueda. Efectivamente, como dijo Hilfiger, había nuevas opciones en su ventana de navegación, entre ellas una llamada «Histórico». Dana Richardson eligió esa opción y comenzó a cargarse un inmenso archivo de un tamaño de once gigabytes. El primer documento databa de principios de los años 70. Entre informes del agente, de sus superiores, aportaciones de diferentes departamentos y anotaciones de los analistas de datos, había más de setecientos documentos. En los últimos veinticuatro meses, los que Dana Richardson llevaba con el expediente asignado, tan sólo aparecían veinticuatro escuetos informes que detallaban una absoluta ausencia de novedades. Uno al mes, y parecían calcados. «El informe de alguien que no quiere informar», pensó Dana mientras pulsaba la opción de imprimir y volvía a introducir su clave de seguridad. Langley guardaba un registro de todo documento impreso, aunque fuese la lista de la compra.

La impresión completa tardaría unos minutos y Dana se dedicó a buscar entre aquellos primeros informes la identidad de HG307 o el significado de aquel código.

Entre los expedientes asignados a la agente Richardson había varios AI, SO y RP, todos ellos seguidos de tres dígitos. Pero sólo un HG. Dana había intentado en muchas ocasiones asignar palabras a aquellas iniciales: ¿Agente Infiltrado?, ¿Archivo Inseguro?, ¿Relaciones Públicas?, ¿Segundo Orden? Nada tenía un sentido claro ni era totalmente descartable.

En cuanto a la identidad de HG307, alguien se había ocupado de tachar y/o borrar su verdadero nombre y su tapadera como infiltrado, de todos y cada uno de los documentos donde podía aparecer.

La agente Richardson dejó hacer a la impresora y volvió a su ordenador. En aquella interfaz que le ofrecían sus nuevos privilegios en la red había una opción denominada «Identidades». La pulsó y se abrió una ventana de búsqueda similar a la que le permitía acceder a los expedientes. Tecleó HG307 y el sistema quedó detenido unos instantes. Después apareció un reloj de arena en la pantalla. Cinco segundos después sonó su odiada Blackberry. Era un número del interior del edificio. Al descolgar reconoció la voz de Hilfiger.

—¡Dana! —dijo con la habitual alegría de su voz—, no puedes acceder a la identidad de HG307 en la red, está protegido por una orden PS5. Si tecleas su clave salta una alarma de seguridad en Langley, el Pentágono y la Casa Blanca.

—¿La Casa Blanca? —preguntó Dana titubeante.

—No te preocupes, ahora te informo. ¿Tienes los expedientes?

—Se están imprimiendo, agente Hilfiger.

—Bien. No te separes de ellos —dijo antes de colgar el teléfono sin despedida alguna.

Dana se quedó sosteniendo el teléfono junto a su oído y mirando el reloj que seguía vaciando su arena digital en la pantalla de su ordenador. De repente el monitor se fue a negro, el sistema le pidió su clave de inicio y volvió a la pantalla principal.

«Una clave PS5 —pensó Dana—, significa que sólo la Comisión de Secretos del Congreso tiene acceso ilimitado al expediente».

La agente Richardson alzó la vista justo para ver como la bandeja de la impresora se desbordaba por la acumulación de papel impreso y varios de ellos comenzaban a caer al suelo. Se levantó de un salto para recogerlos y con el movimiento derramó lo que quedaba de su café sobre la mesa y de ahí a su pantalón y su camisa.

—¡¡Mierda!! —exclamó en voz alta aprovechando que estaba sola.

Buscó clínex en su bolso mientras veía como la bandeja de la impresora seguía escupiendo documentos que iban a parar al suelo. Del bolso salieron un monedero, un cargador, varios tampones, dos frascos anaranjados con pastillas, un bolígrafo, la acreditación del parking, un pen drive, dos juegos de llaves, una muda de ropa interior metida en una bolsa, un reloj de pulsera sin correas y, al fin, un paquete de pañuelos de papel con un par de unidades algo arrugadas en su interior. Dana dejó todo el contenido esparcido sobre su mesa e intentó empapar el café de su camisa mientras controlaba de reojo los documentos en el suelo. En ese instante entró Hilfiger.

—Dana, ¿ha montado una fiestecita aquí sin mí?

—Lo siento, señor.

Hilfiger había pasado de largo y se afanaba ya en recoger documentación del suelo.

—Habrá que ordenar un poco todo esto antes de subir —dijo sin retirar su mirada de los papeles.

—Inmediatamente, señor —le respondió Richardson mientras se dirigía a él con restos de café en los dedos.

Hilfiger la detuvo.

—Mejor desordenado que con manchas de café. Vaya al baño e intente sofocar ese incendio. Si no lo consigue, abróchese la chaqueta durante la reunión —el tono de Hilfiger había dejado de ser amigable—. La vicepresidenta ha llegado. Dese prisa.

Dana Richardson se giró sobre el leve tacón de sus zapatos y salió de su despacho sin decir palabra.

En el baño consiguió disimular totalmente la macha del pantalón y ganar gran parte de la batalla a la camisa, pero con el cerco de la macha de café no había nada que hacer. Por el contrario, la humedad ascendió por su camisa hasta conseguir que transparentase su ropa interior. Richardson se tapó los ojos con ambas manos mientras negaba con la cabeza y se dirigía al secador de manos para intentar situarse debajo. Era inútil. Abrochó los dos únicos botones de su chaqueta y se dirigió a la puerta sin perder más tiempo.

En el exterior esperaba ya Hilfiger con casi un palmo de documentos metidos en una carpeta marrón que sostenía trabajosamente bajo la axila.

Hilfiger volvió a mirarla divertido reparando en la repentina transparencia de la camisa de la agente Richardson.

—Creo que no era nuestra intención provocar una distracción, Dana.

—Muy gracioso —dijo Richardson con tono incómodo mientras cruzaba los brazos sobre sus pechos y bajaba la mirada al suelo.

Hilfiger indicó que le siguiera con un leve movimiento de cabeza sin perder la sonrisa de los labios.

Se dirigieron al ascensor y bajaron dos plantas sin decir palabra. Hilfiger iba pensativo y Dana evidentemente nerviosa.

—Tranquilícese. Hable sólo cuando se le pregunte y ponga el teléfono en silencio.

Las puertas del ascensor dieron paso a un vestíbulo enmoquetado con el escudo del país. Dos secretarias frente a frente y un miembro del personal de seguridad ante una puerta de roble de dos hojas con pomos dorados. Las paredes estaban formadas por piezas de hormigón prefabricadas con las juntas muy marcadas.

Una de las secretarias pulsó un minúsculo botón en el auricular que tenía en el oído y dijo.

—Hilfiger está aquí.

Esperó unos instantes, se levantó y les indicó que la acompañasen a la puerta. El miembro del equipo de seguridad se apartó y la secretaria separó las dos hojas de la puerta corredera.

—Pasen.

Y cerró las puertas tras ellos.

Ambos pudieron observar el grosor de casi un metro de las piezas de hormigón al acceder a la estancia.

El despacho del director Ramírez era amplio, con estanterías cargadas de libros en las dos paredes laterales, al fondo una mesa con dos pantallas y tras ésta una bandera que llegaba a tocar el suelo. Tal y como se decía en la academia, no había ventana alguna. Fotos con el presidente y una mesa baja con dos sofás de piel blanca contrapuestos a la derecha de la sala, completaban la decoración. De forma perpendicular a la mesa de Ramírez se habían colocado las dos sillas que normalmente estarían delante de la mesa y frente a éstas, había otra mesa y una silla que nada tenía que ver con el conjunto de muebles de la habitación. En esta segunda mesa estaba la vicepresidenta Fain mirando unos papeles que la mantuvieron concentrada cuando los dos visitantes accedieron a la estancia. Ramírez hablaba por teléfono y les pidió con un gesto que tomaran asiento en las dos sillas frente a la vicepresidenta.

Ambos se acercaron casi levitando y en silencio.

El director Ramírez terminó su conversación, manipuló unos instantes su Blackberry y tomó asiento en su silla. Era hijo de inmigrantes cubanos, hecho que explotaba frecuentemente en campaña, vestía traje oscuro, camisa celeste y corbata roja. Lucía un abundante cabello peinado hacia atrás, ojos oscuros y piel tostada. Ni podía, ni quería ocultar su origen latino.

Todos permanecían en silencio a la espera de que la vicepresidenta tomase la palabra. Dana Richardson retorcía sus manos en señal de evidente nerviosismo e incomodidad. Hilfiger le dio un par de golpecitos con la mano en la rodilla para indicarle que se calmase.

Al fin, la vicepresidenta se quitó las gafas y las depositó cuidadosamente sobre la mesa al tiempo que dirigía su mirada a Hilfiger y a la desconocida.

—Bien. Empecemos.

La vicepresidenta Anna Fain había cumplido los cincuenta y cinco años, era alta y delgada. Rubia con una melena algo ondulada y ojos azules. Pómulos marcados, tez clara y labios muy finos. Se notaba que había sufrido cierto nerviosismo a la hora de maquillarse aquel día. Vestía falda beige de lana y una camisa de seda lila que Dana pensó que debía costar más de lo que ella ganaba en un mes.

—Señora vicepresidenta, le presento a la agente Richardson. —Hilfiger obvió la presentación hacia el director Ramírez a pesar de saber que no se conocían.

Fain asintió brevemente como único saludo mientras reparaba en las transparencias de la chica.

—Tenemos una orden PS5, Hilfiger. El director Ramírez ha creído oportuno informar a la Casa Blanca, ¿de qué se trata? —dijo la vicepresidenta entrando en materia.

—Es uno de nuestros agentes infiltrados, señora. Ha solicitado la extracción y que le traigamos a Estados Unidos.

—Imagino que habrá algo más grave que eso si me han hecho venir aquí —dijo la vicepresidenta mirando al director Ramírez.

—Lo grave —comenzó Ramírez— es la identidad del agente.

El director Ramírez colocó las manos entrecruzadas bajo su barbilla y se acomodó sobre su escritorio con gesto preocupado evitando la mirada de Fain.

Dana Richardson cruzó las piernas mientras miraba al infinito.

Tan sólo Hilfiger mantenía la mirada a la vicepresidenta.

—Basta de tensión y silencios. ¿De quién se trata, Hilfiger? —dijo la vicepresidenta Fain más como una orden que como una pregunta.

Hilfiger tragó saliva con dificultad antes de contestar.

—Dimitri Dèverov, señora vicepresidenta.

—Dèverov… —dijo lentamente, pensativa e impactada—. ¿Dèverov es agente nuestro?

—Así es, señora vicepresidenta —intervino Ramírez.

—¿El Dimitri Dèverov presidente de la Asamblea Federal rusa? —insistió incrédula Fain.

—El mismo —confirmó Hilfiger.

—¿Me está diciendo que la CIA ha reclutado al hombre que preside el órgano que aprueba las leyes, declara la guerra a otros estados y tiene derecho de veto sobre las grandes decisiones económicas?

—Así es, señora vicepresidenta —repitió Ramírez—. Dios, nuestro señor, ha querido iluminar a Dèverov en el camino adecuado.

Hilfiger miró al techo para evitar la mirada del director Ramírez. Éste usaba continuamente referencias bíblicas en sus conversaciones y el veterano agente creía más en la habilidad y la astucia que en la intervención divina.

—No exactamente —intervino Hilfiger.

Todos le miraron intrigados.

—No le reclutamos, le infiltramos. Dèverov ha sido agente nuestro desde joven y en realidad es estadounidense —explicó Hilfiger con solemnidad.

—Un momento, un momento. El hombre que ha susurrado consejos al oído de todos los presidentes rusos desde Gorbachov ¿es agente nuestro? —La vicepresidenta Fain no podía estar más sorprendida e intentaba asimilar la información.

—Sí, señora vicepresidenta, pertenece a la CIA —confirmó una vez más Ramírez, aunque esta vez con un hilo de voz.

—¿Por qué no he sido informada de esto antes, Ramírez?

—Está bajo una orden PS5, señora vicepresidenta. Yo mismo no estaba informado hasta hoy.

—¿Quién estaba informado? —preguntó Fain.

—La Comisión de Secretos del Congreso, su agente de enlace en campo y el jefe de operaciones especiales de la CIA aquí presente —dijo Ramírez señalando a Hilfiger.

—La Comisión de Secretos del Congreso… —dijo la vicepresidenta lentamente, mostrando cierta indignación—, siete vejestorios.

De nuevo se hizo el silencio en el despacho de Ramírez.

—¿Nadie en la Casa Blanca sabe esto? —volvió a preguntar Fain.

—Las órdenes PS5 implican que solo tiene conocimiento el personal imprescindible. Nadie que no sea totalmente necesario es informado, y desde luego ningún cargo político —dijo Hilfiger.

—Pero ¿cómo no lo sabía usted, Ramírez?

De nuevo fue Hilfiger quien respondió a la pregunta.

—El director de la CIA es un cargo efímero no operativo. El director Ramírez hoy dirige la CIA, mañana Hacienda y el mes que viene es portavoz del partido en el Congreso. No tiene acceso a las PS5.

Ramírez confirmó con la cabeza con evidente gesto de molestia.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Fain señalando a la agente Richardson con la mirada.

—El protocolo exige que el agente encargado del expediente esté presente mientras se estudia el caso, señora vicepresidenta. La agente Richardson es quien ha evaluado los informes suministrados por Dèverov estos años. En esencia, es quien mejor conoce la información de que disponemos —informó Ramírez.

—¿Esta mosquita muerta con pinta de animadora recién salida del instituto tenía la información y la Casa Blanca no? —preguntó Fain dirigiéndose a Hilfiger.

—La agente Richardson procesaba la información sin conocer la identidad de su remitente, señora.

Dana aún no había podido digerir el repentino ataque de la vicepresidenta. Quiso abrir la boca, pero la mano de Hilfiger, de nuevo en su rodilla, la contuvo.

—Pues vamos a tener que cambiar estos protocolos de información, Hilfiger. En adelante se me informará a mí personalmente de cada agente infiltrado.

—Eso no está en su mano, señora vicepresidenta —dijo Hilfiger.

—¿Y en manos de quién está?

—De los siete vejestorios, señora.

Ramírez se echó las manos a la cabeza y se frotó los ojos con fuerza. Fain miró a Hilfiger con cierta furia mientras éste le devolvía una perfecta sonrisa y Richardson miraba al suelo.

—Bien. Calmémonos todos y empecemos con ese expediente —dijo Ramírez en tono conciliador.

La vicepresidenta Fain relajó su mirada de odio hacia Hilfiger y se concentró en la agente Richardson.

—¿Qué puede contarnos de ese hombre?

—En realidad —comenzó Richardson titubeante y nerviosa—, sus informes son bastante pobres. Se diría que no ha querido informar durante estos años.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Fain acomodándose en su silla.

—Llevo unos cincuenta expedientes y sin duda Dèverov es el agente que menos información suministra. Muchos de sus informes se limitan a decir que sigue vivo o un simple «Sin novedad».

—Que sigue vivo lo sabemos porque podemos verle en televisión regularmente —intervino Ramírez.

—¿Siempre ha sido así? —inquirió la vicepresidenta ignorando al director de la CIA.

—Desde que yo llevo el expediente sí, señora vicepresidenta —contestó Dana apocada y con un viso de culpabilidad en su tono de voz.

—Desde que usted lleva el expediente… —comenzó a decir Fain pausadamente—, es decir, dos años.

—Exacto, señora vicepresidenta —confirmó Dana.

Hilfiger estudiaba el legajo de documentación que habían impreso en el despacho de Richardson con toda la velocidad de la que era capaz, al tiempo que intentaba estar atento a la conversación.

—¿Sabemos si siempre ha sido tan escueto? —continuó la vicepresidenta Fain, pero dirigiéndose a Tom Ramírez.

El director de la CIA tragó saliva visiblemente incómodo, pero fue Hilfiger quien contestó.

—Lo hizo con bastante lujo de detalles y asiduidad durante veintisiete años. Por alguna razón apenas informó durante un periodo de treinta y seis meses. Después volvió a la normalidad hasta hace cuatro años. Volvió a dejar de informar diez meses. Cuando retomó el envío de informes, eran completamente… vacíos, por llamarlo de alguna manera —informó Hilfiger sin levantar la mirada de su legajo de documentos.

Se hizo el silencio en el despacho del director Ramírez y todo fueron cruces de miradas inquisitivas.

Al fin, la vicepresidenta tomó la palabra.

—¿Se dan cuenta de que extraer a Dèverov provocará un retroceso de treinta años en las relaciones bilaterales con Rusia? Volveremos a la Guerra Fría.

—No me parece que tengamos otra opción, señora vicepresidenta —contestó Hilfiger—, es nuestro hombre, no podemos dejarlo allí.

Anna Fain se recostó sobre su silla mirando fijamente a Alex Hilfiger, mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.

—¿No podemos? —dijo al fin la vicepresidenta dejando que su pregunta cayese como una de las piezas prefabricadas de hormigón de aquel despacho.

Hilfiger se puso de pie como con un resorte y se acercó a la vicepresidenta con un dedo en alto y tono amenazante.

—No podemos y no vamos a dejarlo allí si ha pedido la extracción.

—No me diga lo que podemos o no hacer y abandone esa actitud amenazante, ¿olvida con quién está hablando? Puedo sacarle de este despacho y de la CIA con una llamada —contestó Fain sin inmutarse.

—No, no puede. —Hilfiger había avanzado hasta la mesa de Fain y apoyaba sus puños en el borde mientras echaba su cuerpo hacia adelante y miraba a la vicepresidenta fijamente.

Fain bajó el mentón y sostuvo la mirada mientras apretaba su mandíbula hasta el límite.

El director Ramírez se levantó también, rodeó a la agente Richardson y llegó hasta Hilfiger para cogerle por los hombros y devolverle a su asiento.

—El jefe de operaciones especiales de la CIA es nombrado y destituido por la Comisión de Secretos del Congreso, señora vicepresidenta —informó Tom Ramírez cuando se reestableció mínimamente la calma—. No está bajo sus órdenes, ni tampoco bajo las mías. «No hay árbol bueno que pueda dar fruto malo, ni árbol malo que pueda dar fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto», Lucas 6, 43 —se apostilló Ramírez a sí mismo.

—Los siete vejestorios… —apuntó Hilfiger con un fingido tono divertido y pasando por alto el nuevo comentario bíblico de Tom Ramírez.

—A veces me pregunto qué hace usted aquí, Ramírez —dijo Fain como un pensamiento en voz alta.

—Intento velar por la imagen y la integridad de la CIA, señora vicepresidenta —contestó su director con evidente tono molesto.

La vicepresidenta Fain respiró hondo y recorrió de nuevo con su mirada a todos los asistentes a la reunión.

—No puedo tomar una decisión con estos datos, necesitamos saber más sobre ese hombre para saber qué hacer. Habría que leer ese expediente completo y conocer los motivos de Dèverov para pedir la extracción ahora —dijo al fin la vicepresidenta.

—No tenemos tiempo para eso, ese hombre puede estar en peligro. Ha solicitado la extracción y debemos llevarla a cabo inmediatamente. Haremos las preguntas después —dijo Hilfiger casi dando la orden.

—Hilfiger, por muy protegido que esté usted, no es su decisión. Tengo que saber más —contestó Fain con su ya habitual tono brusco.

Dana Richardson había aprovechado el pequeño incidente entre Fain y Hilfiger para hacerse con la totalidad del expediente Dèverov y pasaba hojas todo lo rápido que era capaz.

—Hay una importante cantidad de anotaciones e informes de un tal Howard Gordon y las primeras datan de sus primeros días infiltrado hasta hace pocos años —intervino la agente Richardson sin mucha confianza—, quizás sea la persona que pueda informar de forma más eficaz.

—Howard Gordon está jubilado —informó Ramírez.

—Fue mi antecesor como jefe de operaciones especiales de la CIA, se jubiló hace diez años —dijo Hilfiger.

—Eso significa que conoció a Dèverov y su situación como infiltrado durante más de treinta años —dijo con tono afirmativo la vicepresidenta Fain.

—Hizo mucho más que eso —informó Hilfiger sin necesidad de consultar ningún documento—. Él le infiltró.

—Debemos hacerle venir aquí —sentenció Anna Fain.

 

 

 

 

 

Complejo de ocio Pine Ridge Golf.

Lago Raven. Al norte de Baltimore.

38 minutos después.

 

El estruendoso motor de un helicóptero Black Hawk rompía el plácido silencio y la tranquilidad inherente al campo del golf.

Howard Gordon estaba a punto de golpear la bola con un palo cinco cuando el sonido característico del rotor le hizo girarse sobre sí mismo para buscar el aparato. No sólo estaba cerca, es que parecía que iba a tomar tierra sobre el cuidado césped a orillas del lago Raven.

Gordon depositó el palo de golf sobre su hombro y se quedó mirando al hombre que bajaba del helicóptero con atuendo militar. Sin duda, Howard pondría una queja ante la dirección del campo por aquella irrupción.

A sus setenta y ocho años, Howard Gordon estaba lejos de mantener una buena forma física. Presentaba algunos kilos de más, cojeaba de la pierna derecha y sus ojos amarillentos denotaban algún que otro abuso con el alcohol. Su cabello cano peinado hacia atrás, aún conservaba algún vestigio de que había sido pelirrojo. Vestía pantalón caqui, camisa de cuadros azulados y un chaleco verde que le confería más aspecto de cazador que de golfista. Completaba su atuendo con unas gafas de sol de cristal polarizado naranja, que no se quitaba nada más que para ir a dormir.

—¡¡Ou, ou, ou!! —gritó Gordon al tiempo que hacía señales con las manos pidiendo calma a una inexistente multitud compuesta únicamente por su caddie.

—¿Howard Gordon? —preguntó el imberbe militar que se había bajado del Black Hawk.

—El mismo. ¿Puedo saber qué ha hecho que irrumpáis aquí así? —contestó Howard con voz grave y desgastada.

—Lo desconozco, señor, pero debe acompañarme —dijo el soldado intentando elevar la voz por encima del sonido del rotor, que permanecía en marcha.

—¿A dónde debo acompañarte, hijo? —preguntó Gordon también gritando y con poca actitud de acatar aquella orden.

—A Langley, señor —volvió a gritar el soldado.

—Estoy jubilado, hijo. En Langley ya no se requieren mis servicios —contestó Howard Gordon dando la espalda a su interlocutor para buscar de nuevo la bola que debía golpear mientras sonreía con mirada cómplice a su caddie.

—Me dijeron que quizás no querría venir, señor.

—¿Y vas a detenerme? —preguntó el veterano agente sin volverse.

—No, señor. Me dijeron que debía decirle una palabra.

Gordon consintió en volverse hacia el soldado, intrigado y divertido.

—¿Y cuál es esa palabra mágica, muchacho?

—¡Dèverov! —gritó el soldado con poco convencimiento sobre el resultado de aquella maniobra.

Gordon cambió el gesto inmediatamente. Dejó caer su palo al suelo y puso sus manos sobre los hombros del joven soldado para poder oír bien lo que decía.

—¿Cómo has dicho?

—¡¡Dèverov!! —repitió el joven elevando más la voz, aunque con aún menos seguridad que la primera vez.

Howard Gordon adoptó una actitud marcial y seria al instante.

—Haz volar ese pájaro, hijo —dijo dejando atrás al soldado mientras se dirigía al helicóptero con toda la rapidez que le permitía su cojera.

El sorprendido caddie recogió los utensilios abandonados por el veterano jugador mientras miraba de reojo cómo se elevaba el helicóptero.

En apenas veinte minutos, el aparato tomaba tierra en el helipuerto de Langley, y Howard Gordon era conducido hasta el despacho del director Ramírez, ignorando buena parte de los protocolos de seguridad necesarios para acceder a aquellas instalaciones.

La vicepresidenta Fain había pasado aquella hora al teléfono, consultando la situación con sus asesores y con la Casa Blanca. La agente Richardson y Hilfiger se afanaban en buscar información relevante en el expediente HG307. Ramírez, por su parte, fingía estar ocupado mientras calculaba la repercusión que tendría para la CIA que se desvelase al público y a la prensa la información que estaban manejando en aquellos instantes.

Howard Gordon accedió al despacho del director Ramírez sin quitarse las gafas de sol y mirando a su alrededor para comprobar lo poco que había cambiado aquella estancia en diez años. Saludó cortésmente a la vicepresidenta Fain y a Hilfiger, y con un leve movimiento de cabeza a Ramírez y a la agente Richardson. Intuyó que la butaca que había colocada frente al director Ramírez, con Fain a su derecha y Hilfiger a su izquierda, era su lugar, y tomó asiento con cierta dificultad pero sin esperar a que le invitasen a hacerlo.

Hilfiger admiraba sinceramente a Howard Gordon, aunque esperaba ser capaz de superar sus éxitos como director de operaciones especiales de la agencia.

Fain no estaba para perder el tiempo, pero quería a Howard Gordon de su parte, por lo que no entró en materia directamente.

—Creo recordar que salió de forma abrupta de la CIA, Howard, ¿cómo fue?

—Llamé «talibanes» a los miembros del congreso, señora vicepresidenta —le contestó el veterano ex agente sin inmutarse.

—¿Y qué ocurrió? —insistió Fain.

—Que los talibanes afganos se sintieron ofendidos.

Hilfiger y Dana Richardson sonrieron al tiempo que agachaban la cabeza. La vicepresidenta Fain entendió que iba a tener que tratar con otro ex agente con aires de grandeza.

Ramírez quiso tomar las riendas de la situación.

—Bien, Gordon. Ya imaginará por qué le hemos hecho venir aquí. Para nuestra sorpresa, Dimitri Dèverov ha resultado ser uno de nuestros agentes y nos está pidiendo la extracción.

—Tenía que llegar este día —dijo Gordon sin inmutarse por la revelación.

—Estamos atascados entre órdenes de alto secreto y expedientes cortados —continuó Ramírez—, necesitamos que nos cuente quién es ese hombre.

—Un expediente PS5, si las cosas no han cambiado mucho por aquí —adivinó Howard Gordon mientras buscaba un mejor acomodo para su pierna derecha recostándose en su butaca.

—Exacto, y ni siquiera sé lo que significan esas iniciales —intervino Fain.

—«Protocolo de Seguridad nivel 5», sólo eso. Máxima restricción de las personas que están informadas sobre su existencia —informó Gordon.

—Desconocía que existía un protocolo cinco —dijo Fain.

—Su existencia es un secreto. Sólo se aplica a los agentes infiltrados de alto nivel como Dèverov —dijo Hilfiger mientras Gordon asentía confirmando la información.

—¿Cómo Dèverov?, ¿quiere decir que hay más? —inquirió la vicepresidenta Fain con un claro tono de enfado.

—No estoy autorizado a hablar de ellos con usted, señora vicepresidenta —contestó Hilfiger augurando tormenta y acabando la frase con una sonrisa.

—Exijo que se me informe de la ubicación y responsabilidad de esos agentes, director Ramírez —dijo Fain ignorando a Hilfiger.

—¿Qué sugiere, señora?, ¿chinchetas sobre un mapamundi en una pared de mi despacho? —preguntó Hilfiger con tono burlón—, el éxito de estas misiones depende de la absoluta confidencialidad acerca de su existencia.

La vicepresidenta volvió su mirada furiosa hacia Hilfiger mientras dibujaba una mueca de asco con la boca.

Ramírez, francamente incómodo ante la situación, casi no sabía cómo colocarse en su silla y optó por intentar que avanzase la reunión sin llegar a dar una respuesta a Fain ni interpelar a Hilfiger por su falta de tacto.

—Howard, ¿puede decirnos quién es en realidad ese hombre?, ¿por qué se le eligió a él?

Howard Gordon, encantado de ser el centro de atención y volver a tener protagonismo en el despacho más noble de Langley, se acomodó lentamente en su butaca y dejó pasar unos instantes de silencio antes de contestar.

—¿Saben quién es Claudette Colvin? —preguntó Howard Gordon girando su cabeza de lado a lado para poder mirar a todos sus interlocutores.

Todos permanecieron impasibles excepto Dana Richardson, que negó con la cabeza.

—El dos de marzo de 1955, Claudette Colvin, una chica afroamericana de apenas quince años y embarazada, se negó a ceder su asiento a un blanco en un autobús en la ciudad de Montgomery. La negativa suponía una violación de la ley de derechos civiles, que obligaba a los negros a ceder los asientos a los blancos.

Howard hizo una pausa en la que todos pudieron oír a la vicepresidenta Fain resoplar.

—Fue arrestada —continuó Gordon—, y la NAACP[1] se planteó seriamente iniciar una cruzada con Claudette como caballo de batalla, para derogar una ley que consideraban injusta y anacrónica. Pero había un problema: una chica negra de quince años embarazada no era el ejemplo perfecto a seguir. La NAACP estaba envuelta en discusiones sobre si usar a la chica o no como ejemplo, cuando Rosa Parks cometió exactamente el mismo delito.

Howard Gordon hizo otra teatral pausa.

—A Parks sí la conocen. Era una mujer culta y educada de treinta y siete años que fue encarcelada y acusada de desorden público por no ceder su asiento a un blanco en un autobús. Ese sí era un ejemplo a seguir. El resto de la historia ya la conocen.

Howard Gordon volvió a tomarse su tiempo para continuar.

—Claudette Colvin no era la persona adecuada. Rosa Parks era perfecta. Eso ocurrió con Dèverov: era perfecto.

—Howard, por favor, sin más rodeos —intervino Fain cansada de la clase de historia.

Howard Gordon miró a la vicepresidenta Fain algo molesto, pero continuó:

—Su verdadero nombre es Michael Adams, le recluté para la CIA cuando tenía diecisiete años y desde el primer momento supe que debía infiltrarle y que sería el espía perfecto —contestó Howard.

—Desde el primer momento. Eso es lo que necesitamos conocer, señor Gordon —dijo Fain indicando a Howard que se centrase en la historia.

El veterano ex agente sonrió a la vicepresidenta y se dispuso a iniciar su relato.

 

 

Continuará…

 

 

 

 

 

Expediente Dèverov es una novela por entregas de Jose Barroso.

Expediente Dèverov ©

Número de Registros de la Propiedad Intelectual: 201899900944593

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra en cualquier medio, formato o plataforma, sin el consentimiento expreso del autor.

Corrector y asesor lingüístico: Victor J. Sanz.

Diseño de portada: Jose Barroso.

 

 

[1] Asociación Nacional por los Derechos de las Personas de Color, en sus siglas en inglés.

By | 2019-10-06T11:19:51+00:00 octubre 2nd, 2019|Expediente Deverov|0 Comments

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