El destino de los asesinos

El Destino de los Asesinos

Los Idus de Marzo provocaron una víctima mortal, una nueva guerra civil y el segundo triunvirato de Roma, que culminó con el desmoronamiento de la República, pero ¿qué ocurrió con los hombres que hundieron su daga en el cuerpo del dictator? ¿En un principio fueron héroes o villanos? Sabemos cómo los ha tratado la historia pero, ¿cómo los trató Roma? ¿Cuál fue su destino a partir del asesinato de Julio César?

El asesinato perpetrado el 15 de marzo del año 44 antes de nuestra era en la Curia de Pompeyo en Roma, sigue arrojando dos mil años después una importante cantidad de incógnitas.

Las motivaciones, los conspiradores, el propio complot o la intervención ya sea por acción o por omisión de Marco Antonio, han dejado fluir ríos de tinta y numerosas hipótesis en la imaginación de historiadores expertos y aficionados.

Como cualquier conspiración, su formación fue un secreto y sus reuniones no se recogieron en acta o escrito alguno. Sin embargo, los conspiradores obtuvieron cierta fama y en la mayoría de casos ha sido posible seguir el relato de sus vidas tras los Idus de Marzo.

Esta es la historia del destino de los asesinos de Julio César.¿Alguna vez te has preguntado quiénes fueron los asesinos de Julio César? Estas son sus identidades y motivaciones. Clic para tuitear

Según la fuente consultada, los asesinos fueron entre cuarenta y sesenta senadores. Eutropio y Suetonio incluso elevan esa cifra. Plutarco en “Vidas Paralelas” es el más comedido en sus cifras, aunque estás nunca bajan de los cuarenta hombres.

Entonces, ¿de dónde sale la clásica cifra de los veintitrés conspiradores?

Un día después del asesinato y sin haberse celebrado aún el funeral, Marco Antonio acudió al foro romano con los restos de la toga del difunto dictator. Posiblemente con el ánimo de enardecer a la ya de por si caldeada población. Dirigió un discurso al pueblo de Roma condenando el asesinato y como acto final, extendió y mostró a las masas aquella toga hecha jirones. La prenda, teñida de marcas de sangre, presentaba un total de veintitrés perforaciones fruto de los apuñalamientos.

Se hace difícil pensar que en medio del tumulto que hundió su daga en el cuerpo de Julio César, uno o varios de los conspiradores no coincidiesen en el mismo punto. Sobre todo en la zona del tórax. Incluso sabemos que algunos de los asesinos se habrían herido entre ellos involuntariamente en mitad de la agresión. Por todo ello tenemos la certeza que los asesinos fueron más de los veintitrés tradicionalmente señalados.

En cualquier caso, el impacto de la exhibición de aquella toga desgarrada y ensangrentada dio paso a la leyenda de los veintitrés asesinos. Posteriormente, las cartas de Bruto y Casio en las que se enorgullecían del acto y la crónica de Cicerón, en la que contaba que todos los conspiradores pactaron hundir su daga una vez en el cuerpo de asesinado para compartir la culpa —o la gloria— del acto, hicieron el resto.

Bien pudo ser la gloria lo que recibirían aquellos hombres, pues en uno de los giros más oscuros de la historia de Roma, Marco Antonio pasó de la condena rotunda a la amnistía incondicional en unas pocas horas. Probablemente medió algún soborno —cosa que nunca sabremos— pero el 17 de marzo, apenas dos días después del asesinato, el nuevo hombre fuerte de Roma decretaba una amnistía sobre los asesinos de Julio César y reconocía que los Idus de marzo habían sido un mal necesario para la República.

Cicerón en su discurso de aquel día en el senado habló por primera vez de los veintitrés conspiradores, que rápidamente se hacieron llamar “Los Libertadores” y, como culminación para aquella vergonzosa sesión senatorial, el propio Marco Antonio votó a favor de la completa amnistía de los asesinos.

Los asesinos

Por sorprendente que parezca y a pesar de lo relatado anteriormente, ni siquiera disponemos de veintitrés nombres. No llegan a veinte los senadores sobre los que no albergamos dudas acerca de su participación en los hechos.

Esta es su historia tras los Idus de marzo en rigoroso orden de fallecimiento:

-Cayo Trebonio.

Se considera que Trebonio fue unos de los principales instigadores de la conspiración a pesar de ser amigo íntimo de Julio César. Su súbita desaparición nos impidió conocer los motivos que le llevaron a tan alta traición. Además, algunas fuentes dicen que fue el encargado de entretener a Marco Antonio en el exterior de la Curia de Pompeyo para que no impidiese el asesinato.

Tras los Idus, el senador ocupó el cargo como gobernador de la provincia de Asia que el propio César le había concedido. Murió en Esmirna en el año 43 a.n.e. asesinado mientras dormía a manos de Publio Cornelio Dolabella.

El propio Dolabella se suicidaría poco tiempo después tras ser acusado por el senado controlado por Cicerón de éste y otros crímenes.

-Pontio Aquila.

Poco sabemos de su vida con anterioridad a los Idus de marzo, salvo que fue muy crítico con Julio César por atreverse a celebrar el Triunfo Hispánico. El Triunfo era una conmemoración militar otorgada cuando el ejército enemigo era extranjero.

La victoria de César en Hispania, culminada en la batalla de Munda, se produjo sobre las tropas de Cneo y Sexto Pompeyo, ambos romanos, y no fueron pocas las voces en Roma que criticaron aquel gesto. Pontio Aquila desató la ira de César con sus feroces críticas y fue ninguneado por el dictator.

Tras los Idus se unió como legado mayor al ejército de Marco Antonio. Murió en combate en la ignomiosa derrota que Agripa infligió al cónsul en la batalla de Módena, el 21 de abril del año 43 a. n. e.

El propio Agripa y Octavio ofrecieron una recompensa al legionario que hundiese su gladiumen el cuerpo de Pontio Aquila. Se desconoce quién lo logró, pues aquella recompensa fue repartida entre toda la tropa.

-Décimo Bruto.

Uno de los dos “Bruto” que participaron en la conspiración y probablemente al que peor ha tratado la historia.

Décimo era familiar de Julio César y tuvo un papel muy relevante en la guerra de las Galias. Permaneció siempre al lado del dictador y los motivos por los que decidió formar parte de la conspiración son espurios. Es posible que los celos hacia Marco Antonio tuviesen mucho que ver.

Décimo se consideraba mejor militar y desde luego era más fiel a César. Marco Antonio había provocado alguna rebelión entre las legiones y varios altercados y escándalos en Roma. Sin embargo, César le seguía teniendo más en cuenta que a Décimo que todas sus decisiones. En los nombramientos póstumos del dictator, Marco Antonio logró acceder al consulado, mientras que Décimo tan solo obtuvo un destino como gobernador de una provincia —eso sí, de las Galias—.

Si damos credibilidad a Suetonio sobre las últimas palabras de Julio César —ese “tu quoque, Brute, filii mei!!” que Shakespeare convertiría en “Tú también, Bruto?” y que se instalaría eternamente en el imaginario popular—, César se hubiese dirigido a este Bruto y no a Marco Junio Bruto, del que hablaremos más adelante.

En cualquier caso, y desde un punto de vista estrictamente médico, se hace difícil creer que un hombre apuñalado al menos dos docenas de veces, con serias heridas en los genitales y en la cara, fuese capaz de crear frases especialmente rebuscadas o ingeniosas en su lecho de muerte.

La versión de Plutarco, que nos relata que Julio César murió en silencio y tapándose la cabeza con su toga, se considera más cercana a la realidad.

Tras los Idus, Décimo Bruto ocupó la plaza como gobernador que le había concedido el hombre al que asesinó. Una vez más volvió a cruzarse en su camino Marco Antonio, que requirió la provincia para sí al acabar su consulado y acabó lanzando su ejército contra Décimo y sitiándole en Módena.

El senado dominado por Cicerón envió a Octavio en auxilio de Décimo Bruto pero una vez que le liberó del asedio, Octavio se negó a unir sus fuerzas a las de Décimo contra su enemigo común, Marco Antonio.

Décimo decidió salir en solitario en persecución de un debilitado Marco Antonio pero comenzó a sufrir continuas deserciones entre sus filas. Finalmente, el propio Décimo decidió también desertar de su propio ejército y huir a Macedonia, donde esperaba unirse a Bruto y Casio.

Décimo Bruto falleció asesinado en mitad de aquel viaje a manos de un líder tribal galo antiguo colaborador de Julio César. El galo le cortó la cabeza y se la envío como presente a Marco Antonio en algún momento del verano del año 43 a.n.e.

-Minucio Básilo.

Otro destacado colaborador de Julio César en la guerra de las Galias —en algunos pasajes de aquella larga campaña llegó a dirigir la caballería—, que se sintió ninguneado tras la guerra civil.

Cicerón cuenta en sus escritos, que el dictator recompensó a Básilo por sus servicios tan solo con una importante suma económica y no con una provincia como esperaba el senador.

Sin entrar a valorar las opiniones partidistas de Cicerón, lo cierto es que Básilo fue perdiendo posición e influencia en la tienda mando en favor de hombres como Labieno o el omnipresente Marco Antonio.

Tras los Idus, Básilo fue unos de los pocos conspiradores que no abandonó Roma. En septiembre del año 43 a.n.e. se produjo en su villa una rebelión de esclavos que acabaron salvajemente con su vida.

Ninguno de aquellos esclavos fue castigado por el asesinato. Consiguieron obtener la protección de Octavio, que ya estaba en plena ascensión y que se aseguraba de premiar cualquier acto contra los asesinos de Julio César.

Siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos que rodearon a los asesinos de Julio César tras los Idus de marzo, es importante hacer un inciso tras la muerte de Básilo. A finales del año 43 antes de nuestra era y con un Octavio Augusto convertido en el amo de Roma, se celebró un juicio contra los veintitrés asesinos —nuevamente aparece esta cifra a pesar de que cuatro de ellos ya habían muerto, pero tenemos constancia de que los fallecidos también fueron juzgados—.

Como fiscal actuó Agripa, quien consiguió veintitrés condenas en tan solo dos días de juicio. Los acusados fueron declarados enemicus y nefas, todas sus propiedades fueron confiscadas, sus cuentas embargadas, se ordenó derribar las estatuas que diferentes ciudades habían erigido en honor de algunos de ellos, se prohibió cualquier mención al acto que habían cometido diferente a la de «homicidio», y a muchos de sus descendientes se les negó asilo, alimento o fuego a dos mil millas de Roma. Octavio Augusto juró en público, al acabar el juicio, que no descansaría hasta ver muertos a todos y cada uno de los asesinos de Julio César.

Continuando con la rigurosa cronología de los acontecimientos, es necesario detenernos en la figura de Cicerón.

Marco Tulio Cicerón no estuvo entre los conspiradores. Plutarco dice de él: «lo que no relata en sus cartas, se lo cuenta a sus esclavos».

Y no es esta la única constancia que tenemos de su incontinencia verbal. Probablemente este hecho hizo que los conspiradores le dejasen fuera de un complot, que necesitaba del secretismo para tener éxito.

Sin embargo, tras los Idus de marzo, Cicerón se convirtió en el principal defensor del magnicidio y de los llamados “Libertadores”.

El filósofo se ocupó de domesticar al senado, de favorecer las causas de los conspiradores y dirigió durísimos ataques contra aquellos que les atacaban, entre ellos un Marco Antonio que protagonizó su enésimo cambio de bando al respecto.

Todo ello provocó que tras la unión del Segundo Triunvirato, el nombre de Marco Tulio Cicerón fuese el primero en la larga lista de proscritos que serían inmediatamente declarados enemigos de Roma.

El afamado filósofo murió en su villa de Formia el 7 de diciembre del año 43 a.n.e. asesinado por un caza recompensas.

La batalla de Filipos

Tras el ascenso de Octavio, la felonía de Marco Antonio y la repulsa de Roma, la práctica totalidad de los conspiradores que seguían vivos, se reunieron en Filipos para hacer frente a Roma.

La batalla —que en realidad se dirimió en dos contiendas en días diferentes— acabó con el enfrentamiento entre Libertadores y el Segundo Triunvirato. Con la victoria de estos últimos y la mayoría se asesinos de Julio César muertos.

-Casio Longino.

Probablemente el principal instigador del magnicidio. Longino era un férreo defensor de la República más clásica, vivía anclado en el pasado y en las tradiciones más conservadoras.

El carácter aperturista y las reformas de Julio César nunca fueron de su agrado y llegó a militar en el bando de Cneo Pompeyo durante la guerra civil.

Tras Farsalia recibió el perdón de César, que le restauró su fortuna y el resto de sus posesiones. Le consideraba un “pequeño Catón” y quería su oposición en el senado.

Tras los Idus, Casio Longino fue unos de los hombres que recibió un cargo póstumo del hombre al que asesinó. Se convirtió en pretor, aunque rápidamente el puesto se le quedo pequeño y reclamó para sí buena parte de las provincias orientales de Roma.

Curiosamente, llegó a acumular una cantidad de poder y cargos, francamente contrarios a las tradiciones de la República clásica que tanto defendía.

Longino era el principal estratega y estaba al mando de las fuerzas que se encontraron con el Segundo Triunvirato en Filipos.

En la primera de las dos contiendas, tras quedar aislado y sin perspectiva sobre el verdadero curso de la batalla debido a una gran polvareda, se quitó la vida arrojándose sobre su gladium, para evitar que le capturasen vivo.

Casio Longino se suicidó usando el método ceremonial romano el 3 de octubre del año 42 a.n.e. En realidad, estaba cerca de ganar aquella batalla y los hombres por los que se sintió amenazado eran de su propio ejército.

-Léntulo Spinter.

Uno de los grandes desconocidos de esta historia. Muy poco sabemos de él, salvo que su padre luchó junto a Cesar y que se vieron súbitamente distanciados por circunstancias que no han trascendido. Algunas fuentes sugieren que Julio César ordenó el asesinato de su padre en Rodas y que tras estos hechos, Spinter comenzó a frecuentar a las compañías de Bruto y Longino.

Falleció en combate en Filipos en la segunda de las contiendas, acaecida el 23 de octubre del año 42 antes de nuestra era.

-Hermanos Cayo y Publio Servilio Casca.

Al margen de los «Bruto» y  Casio Longino, los hermanos Casca son prácticamente los únicos asesinos citados por todas las fuentes. Probablemente esto se deba a que uno de ellos fue el que inició el ataque que culminó en magnicidio. Julio César consiguió zafarse de ese primer ataque y llegó a herir a uno de los Casca con un punzón de escritura. (No podemos asegurar a cuál de ellos).

Ambos eran importantes comerciantes que se habían visto perjudicados por el ascenso de Julio César. Es posible que mantuviesen cierta relación de amistad —interesada por parte de los Casca—.

Tras los Idus se vieron obligados a huir de Roma. Vivieron como prófugos durante un tiempo y estuvieron a punto de ser capturados en varias ocasiones, en las que debieron hacer uso de su fortuna para sobornar a sus captores.

Existe cierta constancia de que Cayo murió en combate y Publio se suicidó ese mismo día.

Se desconoce si su desaparición acaeció en el primer o en el segundo día de contienda.

-Quinto Ligario.

Otro de los grandes desconocidos del magnicidio.

Podría haber accedido al senado por méritos militares y ascendido en la vida pública romana bajo el ala de Cicerón. Con ello, su cercanía al grupo de Casio y Trebonio estaría garantizada.

Se pierde su pista entre los Idus de marzo y la batalla de Filipos.

Falleció en combate en la primera de las contiendas.

-Pacuvio Labeón.

Importante jurista romano firme defensor de la República tradicional, lo que le granjeó la enemistad con Julio César.

Se sabe que el algún momento el dictator le perdonó la vida como a tantos otros. Pudo ser tras la batalla de Farsalia.

Labeón regresó a Roma y nunca dejó de intentar legislar contra César.

Cuando se forjaba el complot, debió ser un claro candidato a formar parte de él.

Tras los Idus forjó una gran amistad con Marco Junio Bruto, lo que le llevó a seguirle a Macedonia y posteriormente a Filipos.

Sabemos que se suicidó para evitar que le capturasen vivo, aunque desconocemos en cuál de las dos contiendas.

-Sexto Quintilio Varo.

Si bien es cierto que no podemos garantizar su participación directa en el magnicidio, es muy probable que participase de forma activa en él, dada la relevancia que adquirió entre los «Libertadores» después de los Idus.

Es el padre de Publio Quinto Varo, que alcanzaría gran fama durante el posterior gobierno de Octavio.

Sabemos que se suicidó en Filipos aunque se desconoce la fecha y las circunstancias de su muerte.

-Marco Porcio Catón (hijo).

El hijo del mayor enemigo romano de Julio César debió necesitar poca insistencia para unirse a la conspiración. La relación entre su progenitor y dictator fue de mal en peor a lo largo de sus vidas y, tras el fallecimiento de Catón, César castigó duramente los intereses de la familia.

Tras los Idus huyó de Roma y permaneció al abrigo de Casio hasta llegar a Filipos.

Murió en combate en la primera contienda.

-Livio Druso Nerón.

Perteneciente a una de las más ricas e importantes familias senatoriales romanas, Druso Nerón se opuso firmemente al concepto de dictadura que estableció Julio César.

Tras los Idus fue uno de los conspiradores que se atrevió a permanecer en Roma, dada su alcurnia y el poder de su familia. Poco a poco, esa familia se fue fragmentando y acabó dividida y apoyando con alguno de sus miembros a uno u otro contendiente.

Justo antes de la batalla de Filipos, Druso consiguió casar a su hija Livia con su primo Tiberio Claudio, en un último intento por mantener la estabilidad y la unión de la familia. Años después, esta Livia se casaría con Octavio y se convertiría en emperatriz de Roma.

Varias fuentes hacen referencia a su valentía y ferocidad durante la batalla, lo que le valió durante un tiempo el apelativo de “El último romano”.

Druso Nerón se suicidó en la soledad de su tienda cuando supo que los «Libertadores» habían perdido la segunda contienda de Filipos y por tanto la guerra.

-Marco Junio Bruto.

El «otro Bruto» al que hemos nombrado anteriormente y principal beneficiado del error de Shakespeare.

Era hijo de Marco Junio Bruto (el viejo) —jamás ha existido la posibilidad de que fuese hijo de Julio César— y de Servilia Cepionis. Ella fue la amante pública del dictator durante años hasta la aparición de Cleopatra. Este hecho provocó la confusión (¿…?) del dramaturgo inglés.

Bruto fue un político con poca relevancia que consiguió convertirse en uno de los hombres más ricos de Roma gracias a su actividad como prestamista y sus negocios inmobiliarios. Muy joven se casó con la hija de Catón, el principal enemigo político de César y cuando se desató la guerra civil, se alineó en contra del dictator y de su propia madre.

Tras la batalla de Farsalia Julio César perdonó a Bruto personalmente y le aupó de nuevo junto con la alta sociedad romana, le concedió cargos públicos y le introdujo en su círculo de confianza.

A pesar de todo esto, Bruto no ocultó jamás su pensamiento Republicano. Los historiadores consideran que César le eligió como uno de los peones que deseaba tener en el senado haciéndole una suave oposición.

Marco Junio Bruto fue uno de los últimos conspiradores en unirse al complot y su reticencia a punto estuvo de acabar sacando a la luz la trama. Días antes de los Idus de marzo, aparecieron pintadas en Roma haciendo mención a su cobardía para “hacer lo que hay que hacer“.

Finalmente se unió al complot y probablemente fue su concurso fue lo que precipitó el magnicidio. Los conspiradores le veían como el tipo de persona poderosa, influyente y con contactos, que necesitaban para salir airosos del crimen.

Tras los Idus fue de los últimos en comprender que la plebe repudiaba el asesinato de Julio César y se negó a abandonar Roma hasta que temió gravemente por su seguridad y la de su familia.

Cuando al fin abandonó la ciudad, se permitió usar el cargo que le había concedido el hombre al que asesinó y se convirtió junto a Casio en la cabeza visible de los «Libertadores».

Bruto no estaba preparado para la vida castrense y mucho menos para dirigir un ejército. Función que recayó sobre sus hombros tras el suicidio de Casio.

A él le debemos los veinte días transcurridos entre las dos contiendas de Filipos, pues no se atrevía a salir a luchar contra los Triunviros a pesar de la delicada situación que atravesaban éstos.

Cuando al fin salió a combatir, prácticamente dio por perdida la contienda desde el primer momento. Se equivocó con la disposición táctica, ofreció órdenes contradictorias y acabó huyendo del campo de batalla.

Esa misma noche su historia acabó en una especie de suicidio deshonroso, pues tuvo que pedir ayuda a un esclavo para ensartase en su gladium, por faltarle valor para hacerlo él solo.

-Marco Favonio.

Ferviente defensor de Catón e incansable luchador contra la corrupción en Roma. Su enfrentamiento con César viene de antiguo, pues conspiró para negarle un triunfo cuando el dictator fue gobernador en Hispania.

Como no podía ser de otra manera, en la guerra civil tomó partido por Catón y los suyos. Volvió a Roma amnistiado y ejerció la política con un perfil bajo hasta el magnicidio.

Hay que decir que Plutarco, en la «Vida de Bruto», excluye a Favonio como uno de los conspiradores, aunque otras fuentes le incluyen en el complot.

Tras los Idus, abandonó Roma rápidamente, se instaló en Asia y esperó la llegada de Casio.

No murió directamente en la batalla de Filipos. Fue capturado y ejecutado por traición días después.

-Quinto Hortensio.

Otro de los desconocidos.

Probablemente será hijo de Quinto Hortensio Hórtalo, célebre orador y letrado, pero no podemos confirmarlo. Algunas fuentes le sitúan como gobernador de Macedonia —nombrado por Julio César—.

Resulta imposible confirmar su identidad debido a lo común de su nombre.

Tampoco disponemos de una constatación fiable sobre sus motivos para unirse a la conspiración.

Sin embargo, es citado por varias fuentes como uno de los conspiradores que fueron capturados vivos en Filipos e inmediatamente ejecutados después.

-Décimo Turulio.

Poco sabemos de Turulio antes de los Idus de marzo. No hay fuentes que le citen y su posterior actividad como pirata al servicio de Sexto Pompeyo, eclipsa cualquier labor anterior.

Sabemos que Turulio estuvo en Filipos y consiguió huir. Debía ser experto navegante porque se unió a Sexto Pompeyo, el hombre que puso en jaque a la Roma de Octavio, y se convirtió en uno de sus lugartenientes.

Tras la derrota de Sexto, fue reclutado por Marco Antonio cuando la ruptura de Triunvirato era más que evidente y luchó para éste último en Accio, donde fue derrotado. Turulio consiguió salir vivo también de esta batalla pero navegó a la deriva hasta quedarse sin víveres por miedo a arribar a puerto y ser detenido.

Finalmente demostró que aquellos temores eran ciertos, pues la primera vez que tocaron puerto, en Pérgamo, fue entregado por su propia tripulación a las autoridades de la ciudad.

Le ejecutaron inmediatamente para congraciarse con Octavio un día indeterminado de septiembre del año 31 a.n.e.

-Casio Parmensis.

Poeta y escritor del que desconocemos sus motivos para unirse a la conspiración. Casi toda su extensa obra se ha perdido debido a la proscripción que sufrió por parte de Octavio.

Tras los Idus, podría haber huido a Atenas donde publicó varias soflamas Republicanas de las que después se haría eco Cicerón.

Algunas fuentes le sitúan en Filipos. En cualquier caso, acabó siguiendo un camino paralelo al de Turulio: se unió a Sexto Pompeyo y acabó reclutado por Marco Antonio para su flota.

También consiguió salir vivo de Accio y se refugió en Atenas bajo un nombre falso.

Finalmente fue traicionado y denunciado por alguno de sus colaboradores. Octavio ordenó su asesinato en algún momento del año 30 antes de nuestra era.

-Cesenio Lento.

Lento había sido un prometedor militar que adquirió cierto prestigio durante la guerra civil en el bando de Julio César.

El dictator le llevó con él a Hispania como uno de los principales legados y suya fue la misión de capturar a los hermanos Cneo y Sexto Pompeyo tras la derrota de Munda.

Cesenio Lento nunca dio con el paradero de Sexto pero si con Cneo, al que ejecutó sumariamente en los alrededores de Córdoba. Después le cortó la cabeza para llevársela al dictator. Este acto impidió la proverbial clemencia de César —que hemos nombrado en varias ocasiones— y Lento fue expulsado del ejército y enviado a Roma a la espera de juicio por asesinato.

A su llegada a la ciudad del Tíber se unió inmediatamente a la causa de Bruto y Casio, y nunca llegó a ser juzgado.

Curiosamente, tras los Idus se pierde su historia y no sabemos qué fue de él, ni la fecha de su fallecimiento.

Hay más nombres, probablemente tantos como fuentes antiguas e intereses en desprestigiar a una u otra familia, pero solo éstos diecinueve atesoran el rigor histórico suficiente como para aparecer entre los asesinos de Julio César.
By | 2018-07-12T16:11:56+00:00 abril 28th, 2018|Artículos|0 Comments

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