Historia de una perla.

Historia de una perla.

Varias de las historias mejor arraigadas en el imaginario colectivo sobre Egipto y Roma tienen un denominador común accidental; una protagonista involuntaria que suele pasar desapercibida: una perla. ¿Puede una joya ser el hilo conductor de varias de las anécdotas más famosas de la antigüedad?

El encuentro:

Esta historia comienza en el año 75 antes de nuestra era. Un joven Julio César, que contaba entonces 25 años, fue secuestrado por piraras cilicios, que por el aquel entonces suponían una plaga y estaban asolando el comercio marítimo en el Mediterráneo. Su actividad llegaba a tal extremo, que existían tarifas ya pactadas para los rescates. Así, un senador sin rango «valía» 50 talentos de oro; un cónsul 250. La hija de un dignatario adinerado 20, lo mismo que un joven sin cargos públicos, pero de ascendencia noble, como era el caso de César. De ser cierta la versión de Plutarco ―el que mejor y con más detalle se ocupa de esta anécdota―, el futuro dictador de Roma habría exigido a sus captores que elevasen su propio rescate hasta los 50 talentos y durante los 38 días que permaneció retenido se dedicó a insultar, menospreciar y amenazar a sus captores, además de yacer con no pocas de sus mujeres. Los piratas, capitaneados por un tal Polígono, no solo aceptaron la actitud de su rehén, sino que le rieron continuamente las gracias y llegaron a considerarlo un invitado divertido debido a la altanería, simplicidad y el entusiasmo juvenil. Poco podían imaginar en aquellos momentos que, tras ser liberado, César regresó con una flota reclutada entre las potencias marítimas de la zona y capturó y ejecutó a sus secuestradores. Todos los piratas acabaron crucificados en Pérgamo.

Parece ser que el botín incautado a los cilicios fue fastuoso. Varias generaciones de piratería, acoso, secuestro y asaltos a localidades costeras habían conseguido reunir riquezas inimaginables. Cuando César accedió a las cámaras repletas de oro, joyas, ricos tejidos, muebles, obras de arte y un sinfín de objetos de valor, reparó en un objeto en particular; una perla rosada del tamaño de un huevo de codorniz. El romano la sopesó, comprobó su forma y la guardó bajo su coraza ante varios testigos que poco o nada se preocuparon por aquel gesto ante la ingente cantidad de riquezas que iban a repartirse.

 

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Naturalmente, la historia tuvo varias décadas para ser exagerada y engrandecida ―tanto en lo referente a las riquezas encontradas, como a la actitud de César ante sus captores―, pero sí sabemos que supuso un importante cambio en la delicada situación financiera de la familia de César, que comenzó a optar a cargos menores e inició su carrera política. Las campañas electorales en Roma no eran precisamente baratas y el futuro dictador se había criado en el barrio más pobre de la ciudad del Tíber, dónde su madre, viuda desde muy joven, subsistía alquilando un edificio de apartamentos. Por todo ello debemos suponer que las ganancias derivadas del encuentro con los piratas no debieron ser menores.

El bautismo:

Bien es sabido que César dilapidó varias fortunas a lo largo de su vida, contrajo importantes deudas ―sobre todo con su amigo Craso―, y a punto estuvo de ser expulsado del senado a causa de no poder acreditar la riqueza suficiente para pertenecer a la cámara; cifra que osciló entre los 400.000 y el millón de sestercios en el siglo I antes de nuestra era. Tan solo durante el consulado de Cicerón, unos 70 togados fueron expulsados del senado por esta causa. Habían transcurrido más de quince años desde el episodio de los piratas, César era un político de éxito con una carrera envidiable y se dieron dos circunstancias casuales y coincidentes en el tiempo: El romano repudió a su segunda esposa, Pompeya Sila, por adulterio tras el escándalo de la Bona Dea; y su amante de toda la vida, Servilia, quedó viuda de su segundo marido, Silano, que había fallecido en circunstancias más que sospechosas. Ambos hechos, aparentemente ocasionales, llevaron a Servilia a proponer a César unirse en matrimonio. Sin embargo, él rechazó la propuesta alegando su famosa sentencia «la mujer del César además de serlo, debe parecerlo», haciendo alusión a que no podía casarse con alguien cuyo adulterio era público y notorio para toda Roma.

Aquello supuso el fin de una relación que, con altibajos, se habría prolongado durante veinte años, aunque desconocemos en qué momento comenzaron a ser amantes. A modo de compensación, César no encontró otra forma de disculparse que regalar a Servilia un objeto que llevaba mucho tiempo consigo; la inmensa perla rosada que había encontrado en la guarida pirata. El futuro dictador se la hizo llegar con una nota de disculpa. Ella se quedó la joya, aunque nunca perdonó la afrenta y no volvieron a ser amantes. Lejos de ocultarla u olvidarla en un cajón, Servilia hizo engarzar la perla en un collar y la lucía con cierta frecuencia en las fiestas y actos oficiales de Roma. Fue entonces cuando adquirió su nombre: «la perla Servilia».

Caída en desgracia.

Según las fuentes antiguas, solo dos mujeres estaban al corriente de los acontecimientos que iban a tener lugar en los Idus de Marzo del año 44 antes de nuestra era. La primera de ellas era la esposa de Bruto, Porcia Catón, que según Suetonio ayudó a su marido a ocultar la daga que hundiría en el cuerpo del dictador horas después. La segunda era su madre; Servilia ―y merece la pena el inciso de que Bruto no era hijo de César; lo era de la que había sido su amante. Es más, ambos hombres se llevaban 11 años entre sí. La frase «tú también, Bruto», acuñada por Suetonio y malinterpretada por Shakespeare, probablemente jamás fue pronunciada por el moribundo dictador, y de haberlo hecho se hubiese referido al otro «Bruto» conspirador, Décimo Bruto, familiar cercano de César y uno de sus más importantes colaboradores en la guerra de las Galias. Existen cinco fuentes que relatan el asesinato de César; Suetonio, Plutarco, Tito Livio, Nicolás de Damasco y Cicerón, que estaba allí. De ellos, tan solo Suetonio atribuye unas últimas palabras al difunto. El resto asevera que murió en silencio―. Pero volvamos a Servilia y a su vástago. En un primer momento se intentó vender el magnicidio como un acto en nombre de Roma y la salvación de la república, pero el pueblo amaba a César y los conspiradores cayeron en desgracia rápidamente. Poco después fueron juzgados, condenados y se les desposeyó de sus bienes. Servilia no fue acusada pero, proscrito su hijo, ella vio como el estado embargaba sus cuentas bancarias y todos  los bienes inmuebles. A partir de ese momento, para subsistir, se vio obligada a ir vendiendo poco a poco los objetos personales que logró ocultar a los herederos de su ex amante. Y entre aquellos objetos había uno valiosísimo; la perla Servilia.

Cleopatra.

Con César muerto y Marco Antonio y Octavio a punto de entrar en guerra, había alguien con recursos ilimitados y un profundo vacío provocado por la desaparición del dictador: Cleopatra, que, a través de sus agentes en Roma, comenzó a hacerse con todo objeto que saliese a subasta y hubiese pertenecido a su amante. Entre estos objetos, más bien pronto que tarde, apareció la perla Servilia. Además del valor económico de la joya, Cleopatra lograba hacerse con una prueba de la humillación de Servilia al ser rechazada como esposa, de su caída en desgracia tras los Idus de Marzo y del valor del joven César durante su encuentro con los piratas. Todo ello sumado hizo que la perla rosada se tasase en millón y medio de denarios. Unos 4 millones de euros al cambio actual. La reina del Nilo no dudó en lucirla en numerosas ocasiones y relatar su controvertida historia.

El final del camino.

La estancia de Marco Antonio en Alejandría estuvo salpicada de escándalos, fiestas, orgías y derroche. Él y Octavio habían decidido repartirse el mundo antes de entrar en guerra y el ahora amante de Cleopatra se había quedado la zona con menos poder político, pero con inmensas riquezas. Plinio «el viejo» en su «Historia Natural» capítulo 58, se hace eco de una anécdota con muchos visos de ser cierta y que supondría el final de la perla rosada. En el año 41 antes de nuestra era, Cleopatra y su amante se habrían desafiado con una singular apuesta; se retaron a organizar el banquete más caro y suntuoso posible. Marco Antonio adquirió los productos y vinos más costosos a los que se podía acceder en la época, sin importar el origen ni, por supuesto, el coste. Incluso logró llevar nieve a Alejandría con la que los cocineros hicieron helados de frutas. Cleopatra, por su parte, se limitó a disfrutar de los esfuerzos del romano y asistió divertida al despliegue de viandas y caldos perpetrado por Marco Antonio. Cuando la noche tocaba a su fin y sin que ella hubiese mostrado aún un solo denario de gasto, él la conminó a superar su oferta. Siempre según la versión de Plinio, la reina del Nilo se desabrochó el collar que llevaba puesto y del que prendía la perla Servilia, la depositó en el fondo de una copa con vinagre, removió el recipiente ante el asombro de todos los presentes, e ingirió la mezcla una vez disuelta la perla. Marco Antonio, que intentó detenerla sabedor del valor de la joya, dio la apuesta por perdida y concedió a la reina que su gasto en «alimentos» había sido superior al suyo.

Es cierto que las perlas, compuestas principalmente de carbonato de calcio cristalizado ―llamado Nácar―, se disuelven en vinagre gracias a su naturaleza ácida. Por lo que la anécdota es químicamente posible. Si bien cabe señalar que una perla de un gramo necesitaría al menos una hora para disolverse totalmente en una concentración de vinagre especialmente intensa. Debemos pensar que el relato de Plinio exagera lo que ocurrió en realidad. Independientemente del tiempo transcurrido entre el vertido del vinagre y su ingesta, o de si fue previamente pulverizada, tras este episodio, nunca volvimos a oír hablar de la perla Servilia.

By | 2019-12-07T10:48:48+00:00 diciembre 6th, 2019|Perlas|0 Comments

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